«Brokeback Mountain»: El amor que mueve montañas llega al Teatro Real
Tom Randle y Daniel Okulitch, en una escena de Brokeback Mountai en el Teatro Real - reuters

«Brokeback Mountain»: El amor que mueve montañas llega al Teatro Real

El estreno le ha proporcionado al Real una oportunidad de oro para alcanzar una visibilidad desmesurada

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El estreno de «Brokeback Mountain» le ha proporcionado al Teatro Real una oportunidad de oro para alcanzar una visibilidad desmesurada. Medios de comunicación de medio mundo se han ocupado del tema, incluyendo a los nacionales que han anunciado la nueva ópera en espacios informativos de toda condición.

La expectación es evidente por mucho que, ayer por la tarde, todavía quedaban por vender localidades en más de un veinte por ciento de media por función. Ocho hay previstas.

Todo ello suena paradójico, aunque tiene cierta explicación al tratarse de un espectáculo planteado desde la incertidumbre: tal y como él mismo ha reconocido, el veterano compositor americano Charles Wuorinen es poco conocido en Europa incluyendo España; la libretista Annie Proulx apenas cuenta con ediciones accesibles más allá de «Wyoming»; el director de escena Ivo van Hove se estrena en Madrid con esta producción, y el reparto no incluye a nadie de máxima relevancia en el escalafón vocal actual.

De momento, «Brokeback Mountain» ha atraído, hay que insistir, más fuera que dentro del espacio en el que se representa. Parece inevitable creer que el morbo generado por su argumento tiene que ver en todo ello.

La ópera toma como punto de referencia la muy elogiada película de Ang Lee en la que se narra la relación física y enamoramiento de dos vaqueros en el Wyoming de los sesenta. Una historia transgresora, un tema todavía espinoso, que el cine supo elevar a una dimensión trascendente gracias a la calidad artística con la que se abordó. Al menos esta fue la opinión unánime.

Por eso, en claro parangón, la cuestión no debería ser tanto el supuesto detalle escabroso de la narración sino dilucidar si la transcripción, ahora al formato operístico, tiene enjundia suficiente como para convertir el estreno de anoche en el Real en algo más que un chascarrillo. A tenor de lo visto, así es, pues se trata de un sólida propuesta, de un trabajo armado de oficio y solvencia.

Se trata de un sólida propuesta, de un trabajo armado de oficioColabora a ello la síntesis que la libretista Annie Proulx hace del texto original, eliminando cualquier elemento superfluo y atendiendo a un diálogo concentrado y sustancioso. Parece que ha mantenido una íntima relación con el compositor pues si el texto narra, la música describe, particularmente en los sucesivos interludios entre escenas en los que cabe encontrar lo mejor de la partitura.

Hay un detalle al margen que puede dar idea de su valor. Se deduce a partir del trabajo del director de escena Ivo van Hove quien arriesga con una propuesta esencial, particularmente en varios momentos en los que la acción se limita a la presencia de los protagonistas sobre un escenario vacío donde todo queda en manos de los intérpretes, del texto y la música.

Del realismo a la sugerencia

Es entonces cuando se hace indudable el sentido ambiental que propone la partitura de Wuorinen, evidente en la profunda y evocadora sonoridad con la que arranca la obra y sobre la que se volverá en otros momentos, así como en la intención dramática de muchos pasajes en los que la densidad sonora se relaciona con lo cantado.

Ayer, dio la sensación de que aún podría quedar margen para que la interpretación que surge desde el foso fuera más intensa, pues aunque la dirección musical de Titus Engel y el trabajo de la orquesta titular es muy riguroso y capaz, quizá quepa un punto de mayor contraste, de soltura expresiva.

En ese contexto, el trabajo de Van Hove se columpia entre dos espacios muy distintos. Uno es más realista, aunque no por ello menos ingenioso, pues simultanea sobre el escenario las casas familiares de los vaqueros, entre las que ambos circulan. El otro es más sugerente, con obvia influencia de la película de origen. Corresponde al escenario desnudo limitado al fondo con varias proyecciones con imágenes de Brokeback Mountain.

Es ahí donde se despide, en el final de la obra, el vaquero Ennis, encarnado por Daniel Okulitch, quien al igual que Tom Randle, Jack, hace una interpretación muy bien construida. Ambas son vocalmente notables, pese a la ligera tendencia a oscurecer la voz que tiene el primero y alguna falta de redondez del segundo en el registro agudo. Y los dos están a la cabeza de un reparto digno y bien preparado. Un circunstancia a tener en cuenta pues añade valor a una obra que ya es mucho más que una noticia anecdótica.