Cultura

Teatro

«Julio César»: Matar o no matar, he ahí el dilema

Día 24/01/2014 - 09.03h

El teatro Bellas Artes estrena la versión de la obra de Shakespeare dirigida por Paco Azorín

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A Julio César le advirtieron: «Cuidado con los idus de marzo» (el decimoquinto día del mes, según el calendario romano). Aquel día, en el año 44 antes de Cristo, un grupo de conspiradores encabezados por Casio y Bruto, le acorraló en el Senado y acabó con la vida del emperador. William Shakespeare tomó esta historia y las crónicas de Plutarco para una de sus tragedias, estrenada en Londres en 1599, y que acaba de llegar al teatro Bellas Artes de Madrid en una producción que vio la luz en el pasado Festival de Mérida, con dirección de Paco Azorín y un elenco encabezado por Mario Gas, Tristán Ulloa, Sergio Peris-Mencheta y José Luis Alcobendas.

Unas sillas, símbolo del pueblo romano, y un obelisco, símbolo del poder y la masculinidad, son los únicos elementos de la escenografía de un montaje, asegura Azorín, sustentada en el texto y la interpretación de los actores. «Es un montaje de cámara, y en cierto modo un espectáculo isabelino. El escenario del Globe Theatre, donde Shakespeare presentaba sus obras, era pequeño; no tenía espacio para puestas en escena épicas y con decenas de figurantes. Y nuestro montaje debe de ser similar a la manera que tenían entonces de representar “Julio César” es una obra de interiores y de cámara, salvo en los dos parlamentos».

¿Asesinato justificado?

¿Es lícito el asesinato del tirano? ¿Es reprobable éticamente o no la eliminación selectiva de una persona? Esas son las cuestiones sobre las que cimenta Paco Azorín su puesta en escena. «Todos recordamos la reciente muerte de Bin Laden -dice- y la imagen del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, siguiendo la operación desde la Casa Blanca. ¿Estaba justificada ese muerte? ¿Estaba justificado el asesinato de Julio César? Yo tenía claro que iba a ser un montaje de ideas, de plantear conflictos y de discutir en escena... Y de prolongar esa discusión en el patio de butacas».

Los cerca de cuarenta personajes que tiene el texto original de «Julio César» han quedado reducidos en este montaje (basado en una traducción de Ángel-Luis Pujante) a ocho actores; Azorín ha eliminado los personajes femeninos. «Tienen un papel subsidiario -explica el director-; además, yo quería criticar el mundo masculino, y poner a los hombres en la diana. No se puede gestionar lo que es de todos peor de lo que lo hemos hecho los hombres históricamente».

Masculino y castrense

Ese mundo masculino lo enmarca Azorín en un entorno militar, «porque “Julio César” habla también del poder». Y lo ha situado, siguiendo la estela de otros montajes, en un indeterminado tiempo contemporáneo a través fundamentalmente del vestuario. «Según los estudios, Shakespeare no vestía a sus actores de romanos; llevaban trajes de su propia época. Nosotros acercamos este vestuario al siglo XX y a un ambiente castrense, sin precisar tampoco un lugar ni un tiempo determinado; y le añadidos algunos detalles historicistas, como las togas».

En la puesta en escena de este texto se corre el riesgo de ser maniqueo. «Evitarlo ha sido el primer mandamiento, y he querido seguirlo a rajatabla. Esta obra es una balanza; en el momento en el que te decantas hacia Marco Antonio o hacia Bruto se acaba “Julio César”... Te cargas la obra y deja de tener interés. Para mí, en ese equilibrio pendular entre las razones de uno y de otro bando radica el interés de la obra. Yo he tratado de tomar partido por todos los personajes. Defiendo y entiendo a Bruto; defiendo y entiendo a Marco Antonio, y defiendo y entiendo a Casio. ¿Quién no ha pensado en algún momento en la oportunidad que tendría si no estuviera su jefe ahí arriba. Eso es tan humano como el respirar».

Paco Azorín se confiesa enamorado y fascinado por William Shakespeare, y exhibe también sin recato su admiración por el grupo de actores que ha tenido a sus órdenes. Para dos de ellos, esta producción ha significado su regreso como actores a los escenarios. Uno de ellos es Sergio Peris-Mencheta: «He tenido malas experiencias en el teatro, quizás por eso me hice director, y este “Julio César” (donde encarna a Marco Antonio, con la sombra de Marlon Brando en la película de Joseph L. Mankiewicz tras él) ha significado reencontrarme con el actor que soy y hacer las paces con él».

Mario Gas

Mario Gas llevaba años sin ejercer de actor (con la salvedad del pequeño papel que se reservó en «Follies»), y ha vuelto con este papel «fascinante». «Es como montar en bicicleta, nunca se olvida», bromea Gas. «Yo lo paso muy bien, me gusta actuar». Pero advierte. «De todos modos, me pasa como aquel bebé que se pasaba el día llorando sin que sus padres puedan hacerle callar, hasta que un día para, pero no porque haya dejado de llorar... Sino porque está descansando. Yo igual». Ya en serio, Mario Gas explica que «he aprendido con los años que es muy bueno escuchar al otro y trabajar en equipo. Y en este montaje nos hemos esforzado todos por encontrar un camino común y hemos creado un tejido escénico que nos pertenece a todos. Y la esencia de la dirección también está ahí, lo he ido aprendiendo con el tiempo. Cuando uno es joven, cree que dirige, lo sabe todo y está por encima de todos, y con el tiempo aprende que hay que escuchar a todos, porque éste es un trabajo colectivo».

Shakespeare, añade Mario Gas, es un autor tan grande que cada época escoge su Shakespeare y cada montaje escoge su parcela. «Aquí se ha dejado la esencia, su discurso político y su discurso humano, las contradicciones de los personajes y su reflexión sobre el poder y su perversión, la manipulación, el magnicidio, el tiranicidio, gobierno con el pueblo o sin él...» Y todo ello, con el hermosísimo lenguaje de Shakespeare: «es una responsabilidad pero al mismo tiempo una gozada».

El imperio romano y el fascismo

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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