José María Pou y Lluís Homar, duelo interpretativo en «Tierra de nadie»
José María Pou y Lluís Homar, en una imagen de la función - ABC

José María Pou y Lluís Homar, duelo interpretativo en «Tierra de nadie»

La obra maestra del Nobel Harold Pinter llega al Matadero bajo la dirección de Xavier Albertí

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El 24 de diciembre de 2008 murió Harold Pinter en Londres, la ciudad en la que había nacido setenta y ocho antes. Poco antes de morir, le preguntó a Michael Gambon, uno de los más grandes actores británicos de hoy, si le importaría leer en su funeral un fragmento de su obra «Tierra de nadie» («No man’s land»), que se estaba representando en Londres. De algún modo, el premio Nobel había dejado escrito en este texto, estrenado en 1975, buena parte de su testamento.

«Tierra de nadie» llega el miércoles a las Naves del Español, en Matadero, en una producción procedente del Teatro Nacional de Cataluña y que dirige Xavier Albertí. Dos auténticos pesos pesados de nuestra escena, José María Pou y Lluis Homar, protagonizan la función, flanqueados por David Selvas y Ramón Pujol. Albertí califica «Tierra de nadie» como la obra maestra de Pinter: «Es el viaje ideológico más fascinante que ha dado el teatro contemporáneo respecto a la capacidad de vivir con una fortaleza que solo se consigue desde la autenticidad de uno mismo. La tierra de nadie es un terreno de ambigüedad e indefinición donde las identidades se ponen en peligro y, al mismo tiempo, se construyen».

Triunfador y fracasado

John Gielgud y Ralph Richardson estrenaron «Tierra de nadie» en Londres en abril de 1975 (actualmente está en cartel en Nueva York, con Ian McKellen y Patrick Stewart). Narra la reunión entre dos viejos amigos, Hirst y Spooner, que se han reencontrado tras muchos años. Les unen viejos lazos, ya olvidados, desde la II Guerra Mundial, y esta noche envuelta en alcohol servirá para reabrir viejas heridas. «Uno de ellos –cuenta Lluís Homar- es un triunfador y el otro un fracasado, y una situación tiene que ver con la otra. Podría parecer que viene a rendir cuentas, pero en realidad viene a darle la posibilidad de que encuentre de nuevo la creatividad perdida».

Con numerosos guiños al teatro británico más convencional, y cargada de humor y de ironía, Albertí advierte de que «Tierra de nadie» exige una participación activa por parte del espectador. «No es una obra sencilla de entender, pero es una función que atrapa». «Es una experiencia teatral de primer orden –acota Pou-, se entienda o no la obra y a sus personajes. Cuando la vi por primera vez, no entendí nada, pero me quedé aturdido. Es una función mágica, que conmociona al público más que le emociona; que le deja descolocado. No se puede ser un espectador pasivo, la obra te absorbe y te lleva hacia el escenario». Añade Homar: «Por la experiencia que hemos vivido con esta función en Barcelona, el público sale tocado». Y completa David Selvas: «No salen del teatro diciendo si les ha gustado o no… Es toda una experiencia para nosotros y para ellos».

Reflexión

«Es un teatro para la reflexión –interviene Albertí-, pero es una función divertidísima. Se ha llegado a comparar a los personajes centrales, Hirst y Spooner, como los nuevos Laurel & Hardy. Está llena de elementos cómicos, pero que quieren trascender». «En los carteles de la actual producción de Broadway –explica Pou-, se anuncia con la palabra “Hilarante”».

La fascinación que Harold Pinter sentía por el poeta T.S.Eliot está reflejada en «Tierra de nadie». Según Albertí; obras como «Tierra baldía», «La canción de amor de J. Alfred Prufrock», «Cuatro cuartetos» y la obra de teatro «El viejo estadista» -de ahí toma prestada Pinter la estructura de su texto- son claros referentes, asegura el director, y les han servido como carta de navegación para lo que califica como «un viaje fascinante que no tendría sentido sin dos grandes actores».

Una conversación que Harold Pinter escuchó en la calle («¿Tal cual?» «Absolutamente tal cual») fue el detonante para la escritura de «Tierra de nadie». Con estas dos frases, con las que arranca la obra, elaboró una historia que Homar califica de «partitura inconmensurable», en la que una vez más el autor introduce el leit motiv de su obra: la relatividad del tiempo. «Cuando se tiene heridas abiertas del pasado –dice Albertí-, no se puede tener un presente activo, y sin él no se tiene una vida plena; sobre esto trata la obra, que es un texto moral, que habla acerca de la conciencia. Pinter la escribió en un momento de crisis personal, y tomó la mano de Eliot para realizar su viaje de vuelta al equilibrio».