El actor Rafael Álvarez «El Brujo», durante su actuación
El actor Rafael Álvarez «El Brujo», durante su actuación
TEATRO

«El Brujo» hace el burro en Mérida

El actor y director Rafael Álvarez triunfa en el festival de teatro clásico con «El asno de oro», de Lucio Apuleyo

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Aunque el título pueda parecer una exageración, la verdad es que resulta bastante literal, pues ese bululú prodigioso que atiende por Rafael Álvarez –«El Brujo» para el siglo– se ha sumergido en «El asno de oro» de Apuleyo para poner en pie su último espectáculo teatral, que estrenó el pasado miércoles en el 59 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, con el teatro romano emeritense lleno hasta la bandera de un público fervorosamente entregado al arte del fabuloso fabulador.

«El asno de oro» es una novela de cuando ese género aún no existía como tal en las clasificaciones de la preceptiva literaria, una historia que lleva dentro historias diversas que se van desarrollando como excursos de la principal al modo de los relatos orientales o mismamente de nuestro «Quijote».

Apuleyo, norteafricano de nacimiento, pues era natural de Madaura, ciudad romana de la provincia de Numidia, hoy Argelia, pudo llamarse Lucio como el protagonista de la más famosa de sus obras que se conservan. Nacido en torno al año 123 de nuestra era y fallecido en fechas próximas al 180, fue el más destacado de los grandes escritores latinos del siglo II, amén de gran devoto de los cultos mistéricos.

Hombre convertido en pollino

«El Brujo» lleva a su universo la historia de Lucio, joven transformado en burro merced a un hechizo fallido, aunque conservando entendimiento y sentimientos humanos, lo que da lugar a escenas muy divertidas. El espectáculo se centra especialmente en los libros I y II de los once de que se compone la obra y se explaya en las peripecias de los personajes llamados Aristómenes y Sócrates, muerto viviente «avant la lettre», antes de entrar en materia con el hombre convertido en pollino, lo que quizás desequilibra un poco la primera parte de las dos en que se divide la función.

Este hombre orquesta de la interpretación, también director de sus montajes, se encuentra en Mérida a sus anchas y de ahí que lo que debió durar unas dos horas se prolongara casi hasta tres entre las risas del respetable, encantado con lo que se le estaba ofreciendo.

«La magia del teatro es la celebración del presente que se va», subrayaba «El Brujo» tras la representación, a la que se entregó en cuerpo y alma. Da gusto ver cómo entra y sale de la obra, cómo une con una hábil y sutil lazada sucesos de la actualidad inmediata y el relato de lo que interpreta. Así, nos resulta claro que Zeus hacía turismo sexual entre los mortales o que los gladiadores, que ganaban muchísimo dinero, vendrían a ser unos Rolling de la época romana, por no hablar de los mil y un pellizcos que lanza sobre los avatares políticos y judiciales que ocupan en estos días las páginas de los periódicos.

Hay momentos de extraordinaria comicidad subida de tono, en onda con la procacidad que gastaban los clásicos, como la escena en la que el actor narra los encuentros nocturnos del humano borrico con una dama de alcurnia, mucho menos recatada de modales en el lecho que el cuitado rucio.

Acompañado por el percusionista Daniel Suárez «Sena», el saxo Julián Martínez y el teclista y violinista Javier Alejano, y con una formidable iluminación de Miguel Ángel Camacho, El Brujo ha vuelto a convocar en el monumental escenario el sortilegio único de una fiesta teatral, gozosa, completa, que el público premió con varios minutos de aplausos.