Vladimir Putin saluda a la mítica bailarina Maya Plisetskaya en el patio de butacas
Vladimir Putin saluda a la mítica bailarina Maya Plisetskaya en el patio de butacas - REUTERS

¡Happy birthday Gergiev!

El nuevo teatro Mariinsky aprobó ayer con nota su gala de inauguración, un éxito al que contribuyeron la presencia de voces como Netrebko, Borodina y Domingo, y de los primeros bailarines de la compañía

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El Mariinsky escribió ayer una nueva página de su historia al levantar el telón de un nuevo teatro, vecino del legendario teatro Mariinsky, que se suma al auditorio inaugurado hace siete años. Con este nuevo espacio, la institución se convierte en uno de los complejos culturales más importantes no solo de Rusia sino también del mundo y se enfrenta a nuevos retos, sin dejar de lado su rica historia y su tradición. Así lo demostró anoche en una gala inaugural, que contó con la presencia de Vladimir Putin, amigo personal de Valery Gergiev, director artístico y general del Mariinsky.

Putin, en un breve discurso ofrecido desde el escenario, certificó que la cultura rusa vive un gran momento así como la importancia de tener un teatro moderno y contemporáneo. Y pidió que acabase la controversia suscitada por la construcción de este edificio. Por último, se dirigió a Gergiev, que ayer cumplía 60 años, para agradecerle su dedicación a esta institución, a la que lleva vinculado 25 años.

Tras sentarse en la platea (no hizo uso del palco de autoridades) y rodeado de sus colaboradores, dio comienzo la gala, dirigida desde el foso por Valery Gergiev al frente de la orquesta titular. Una velada que se inició con los compases de la suite de «Montescos y Capuletos» de «Romeo y Julieta» de Prokofiev, que acompañó la proyección de un vídeo que mostró un recorrido por el nuevo teatro. El diálogo entre el pasado y el futuro fue la idea que vertebró todo el espectáculo, en el que la tradición (se colocó sobre el escenario una reproducción exacta del interior de la sala del viejo teatro Mariinsky) tendió puentes con la modernidad.

Las nuevas generaciones –la gran preocupación de Gergiev- estuvieron muy presentes. Así el coro de niños cantó el «Ave María» de Bach, mientras jóvenes bailarines de la Academia Mariinsky seguían atentos las evoluciones de las primeras figuras de la compañía, como Ulyana Lopatkina, Víktor Baranov y Diana Visheneva, que abordaron fragmentos de «Pavlova y Cecchetti» o la «Habanera» de la suite del ballet de «Carmen».

La ópera también estuvo represenada en la celebración con la interpretación de páginas de «El barbero de Sevilla» de Rossini o y la escena de la coronación, en «Boris Godunov». Las actuaciones estelares se hicieron esperar, con René Pape, Olga Borodina –su aria de Dalila en la ópera de Saint-Saëns marcó el momento más emotivo-, Anna Netrebko –que se convirtió en la estrella de la noche, con varias intervenciones- y Plácido Domingo, que además de ofrecer un fragmento del acto I de «Las valquirias» se puso por sorpresa al frente de la Orquesta del Mariinsky en el dueto de Zerlina y Don Giovanni, protagonizado por la Netrebko, a la que intentaron seducir Abdrazakov, Markov, Pape, Petrenko y el propio Domingo desde el foso, lo que provocó la carcajada del público.

La velada concluyó con el final de la ópera de Chaikovski, «Iolanta», en un ejercicio por demostrar que el éxito del Mariinsky, una gran familia según Gergiev, reside en sus capacidades individuales pero también como compañía. Una compañía que ha alumbrado, y lo sigue haciendo, una larga lista de estrellas, la más reciente -y que ayer fue encumbrada-: Anna Netrebko.

Todos al final le cantaron a Gergiev el «Cumpleaños feliz», con Putin como testigo y cómplice del brillante futuro de la institución, que hoy es un poco más grande que ayer.