«Sabía que me lo iban a dar, pero esperaba que no fuera póstumo»

Máximo, VII premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos

MADRID Actualizado:

Al otro lado del teléfono Máximo San Juan Arranz, Máximo para los lectores que durante décadas han disfrutado de sus dibujos —crónicas visuales de trazo austero pero cargadas de ironía—, no se inmuta un ápice cuando recibe la felicitación por haberle sido concedido el premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos, dotado con 30.000 euros. «Me imagino que es algo favorable —afirma con cierto desaliento—. Supongo que me habré alegrado». Y añade sin sombra de duda: «Sabía que tarde o temprano me iba a tocar pues somos diez los que nos dedicamos a esto. Lo único que esperaba es que no fuera póstumo. Supongo que no había prisa. Me alegro de que finalmente no lo sea». Y es que la ironía impregna cada una de esas palabras que dice «no manejar bien».

Artista y artesano del grafismo que ha destilado su humor en publicaciones como «Pueblo», «Mundo», «La Codorniz», «El País», y, desde 2008, en ABC, su nombre se suma ahora a los de Mingote, Quino, Chummy Chúmez, El Roto, Eduardo Ferro y Ziraldo Alves Pinto, premiados ya con este galardón. Único en su género, lo conceden los ministerios de Cultura y de Asuntos Exteriores para distinguir la trayectoria de aquellos humoristas gráficos españoles e iberoamericanos «cuya obra haya tenido un aespecial significación social y artística».

Cuando se le pregunta cuál ha sido esa contribución, se adivina a Máximo al otro lado del teléfono alzando los hombros como indicando que no conoce la respuesta: «No sé lo que he aportado porque todo el mundo decía que no entendía mis dibujos. Nunca estoy seguro del efecto que hacen las cosas». Reconoce que cuando se pone delante de un folio en blanco su intención es «la de hacer todo aquello que no había hecho antes, pero después me doy cuenta de que todo es prescindible». Aun así, cree que «cuando parece que todo se ha dicho ya, en el rinconcito del humor gráfico todavía queda por decir más, la ironía y el humor».

En cuanto a los pecados de los que se arman con un lápiz afilado, Máximo denuncia «la vanidad de aquellos que creen que pueden cambiar el orden del universo» con sus trazos. «Eso es algo que yo no comprendo, pero... lo comprendo —rectifica— porque soy un santo». ¿Un santo? «Es que ahora se ha puesto muy de moda decir la frase: “Yo no quiero ser buenísimo, pero quiero ser un santo”». Con modestia, afirma que el mensaje que puedan traslucir sus dibujos «es responsabilidad en parte mía y en parte del lector». Y remata que cada vez que acaba un trabajo «lo único que pido es que me dejen descansar».