Reportaje | TOROS

El samurái del toreo

El hombre que forjó a José Tomás lee el ‘bushido’, el código de honor de los guerreros japoneses, rodeado de asnos y gallinas

MADRID Actualizado:

El país de las maravillas de Alicia queda entre Sevilla y Mérida, en la sierra de Aracena. Entre la espesura verde de encinas y jaras, el Castillo de las Guardas, y más allá, una pedanía: La Alcornocosa. Pasado el pueblo, tres perros en la cuneta y una casa en obras en la que hay casi de todo: ovejas escapistas, hermosas gallinas, gansos con mala leche, un burro grande, otro chico, dos potrancas alazanas, un erizo blanco que duerme debajo de una teja, un loro que habla por teléfono y un enano torero que te adivina la muerte. Solo en ese universo improbable podría habitar una personalidad tan críptica y a la vez tan clara, tan original, tan lógica, tan loca y tan cuerda como la de Antonio Corbacho (Madrid, 1951). Solamente en esa escena de realismo mágico aparece el personaje, con su naturalidad y su bañador rojo, flotando sonriente en una piscina de la que beben los vencejos sin posarse, mientras habla de samuráis y pases de pecho.

Un antiguo subalterno metido a forjador de toreros. Es el apoderado-gurú que supo ver y formar a José Tomás y después a Talavante y que ahora ha vuelto a la guerra de los ruedos con su nueva apuesta: Esaú Fernández, un chaval de Camas (Sevilla) que lleva dentro lo suficiente para cortar dos orejas en La Maestranza el día de su alternativa, la pasada Feria de Abril.

Antonio Corbacho tiene el pelo largo y blanco, la barba cárdena y viste pantaloneta y camiseta negra, o chilaba fresquita. «Nunca he querido ser como los demás». Evidente. Ahí está el éxito de una vida que arranca toreando de salón en un callejón de Chamberí y remata moldeando personajes de fábula como José Tomás. En el camino, no recuerda ni una fecha. Ahora lee ‘Analectas’ de Confucio, pero de chico le gustaba el rigor torero de El Viti. Cuando lo sacaron del colegio para trabajar, hizo de botones en una oficina, de pintor, de repartidor de lotería en el Madrid de los 60. En parvulitos le decían ‘El Torero’ y a los nueve años se puso delante de su primera vaca, una vieja que le doblaba la edad: «Llevaba pantalón corto. Me cogió y me quedé conmocionado, pero le pegué media verónica». Desde entonces, nunca le han gustado los niños toreros.

Después vinieron las capeas en el 'Valle de la Muerte’ (Valle de Tiétar)y en La Alcarria, y el debut con caballos en La Roda (Albacete), el día de su primera cornada. «Ahí empezó la guerra». Nunca quiso tomar la alternativa en un pueblo, ni torear sin caballos. «El toreo es un ejercicio de libertad. Nadie te obliga a ponerte ese traje ni a ir a la plaza a divertir a la gente. Es el todo y la nada, el cero del ruedo redondo, que es también el infinito». Libremente, se metió a subalterno «por razones económicas» y libremente se fue. «Un día vi el vestido de torear y me di cuenta de que aquello ya no me gustaba». Y lo dejó. En ese momento entró en su vida José Tomás, al que decidió apoderar. «José era todo cabeza y nada de cuerpo. ¡Qué cabeza! Parecía un cigüeño», ríe.

El camino del guerrero

Un día afortunado cayó en sus manos un libro de Vallejo-Nágera que hablaba del ‘bushido’, el código de honor de los samuráis. Corbacho se enganchó. Después vinieron escritores como Mishima y las historias de guerreros que le descubrieron otro mundo. Con su amigo el novillero y barón alemán Michael Von der Goltz se acercó al cine nipón. «Fue el mejor amigo que he tenido nunca. Nos íbamos a cenar a un japonés, bebíamos sake y entrábamos en el cine a las de Kurosawa con unas borracheras de órdago». Y se le encendió la luz: «El toreo tiene que ver mucho con aquel mundo de honor, de compromiso vital, de aceptación de la propia muerte». Y lo aplicó a cierta educación en el sacrificio torero, «algo incomprensible hoy en día, en una sociedad en la que la gente se cree con todos los derechos y ninguna obligación».

En su reflexión no hay sitio para la coba. Más bien, se cuelan historias de soldados que dan su vida por su honor, harakiris y samuráis que se introducen algodones en el culo para que no encuentren su cadáver manchado después de la batalla. «La estética del toreo es una consecuencia de la ética y el compromiso absoluto con lo que se hace». Llegar a ese convencimiento cuesta: «Tienen que estar muy preparados física y mentalmente para superar lo que se les viene. Tienen que ser guerreros. Y también unos cabrones».

Preparación física y espiritual. Alejandro Talavante, que también vivía en la casa de la Alcornocosa, hacía yoga debajo de un arbolito. Para el cerebro. «Consiste en que no se crean todo el jabón que les dan los que se acercan a ellos, esos que dicen que son sus amigos». Más recuerdos. José Tomás acababa de cortar un rabo en México. Sale de la plaza en volandas, se monta en el coche de cuadrillas. Es un héroe, El ídolo, pero...

–Tú vas corriendo a casa.

–Vale, pero te vienes tú conmigo.

Recorrieron diez kilómetros por la cuneta hasta la finca donde se alojaban. Uno de luces, el otro de calle. «José Tomás y yo teníamos una guerra psicológica constante». Un día le invitó a que brindara el toro a una mujer. Él no quería. «Se lo brindó por fin y se fue a los medios, por estatuarios. Yo le había dicho que no lo hiciera, porque lo iba a coger. El toro lo lanzó por los aires tres veces y después, con la cara llena de sangre, destrozado, me vino con la montera, riéndose. Lo hizo para fastidiarme. Él fue el más fiel a su filosofía, hasta convertirse en un auténtico genio, la representación más auténtica de la ‘andreia’ griega, la hombría sin género, la sublimación de lo humano». Después vino la tarde de San Isidro de 2001 en la que el torero se inmoló y se dejó un toro vivo en Las Ventas. José Tomás se retiró y rompieron las relaciones (desde 2006 le apodera el escritor Salvador Boix).

– ¿Son amigos?

– No. Nos dejamos de hablar.

– ¿Por qué?

– Por nada. Nos parecemos mucho, con la diferencia de que él tiene dos cojones y yo no. Es una reacción lógica en un discípulo que supera al maestro. Él es grandioso, yo no.

Nunca más volvieron a dirigirse la palabra, ni por teléfono. ¿Celos? Quién sabe. En aquellos días entraba en escena Alejandro Talavante, que también se entrenó con Corbacho en la casita de Alcornocosa. «Al principio, solo tenía en la cabeza a José Tomás, pero luego encontró su camino».

Bajo la escalera que sube a la casita donde se alojan los toreros riega las azucenas Antonio Manuel, 38 años, colega inseparable de Corbacho. «El enano va a su bola, pero si se enfada, el cabrón te dice cuándo te vas a morir». Llegó un buen día, hace muchos años (tampoco hay fechas). «Me pidió que le metiera en el Bombero Torero y yo le dije: ¿Pero tú no puedes hacer otra cosa? Le expliqué que nunca en su vida se libraría de ese cuerpo, pero que ya era hora de que fuese matando al enano que llevaba dentro». Lo puso a entrenar y a torear, y se quedó.

– ¿Trabaja aquí?

– No, él está aquí. Es su mundo. Tiene una casetita que, si entro, me mata. Y hace cosas. Tardó tres años en terminar ese empedrado de ahí. Va a su bola y yo también.

–¿Y qué hacía Antonio Manuel antes de entrar en el Universo Corbacho?

– Andaba en un espectáculo cómico que se llamaba Fantasía Taurina.

– ¿De qué iba?

Toma la palabra Antonio Manuel. «Mira, había un coche que andaba solo y pegaba unos petardazos que no veas», responde mirando desde unos ojos profundísimos.

– ¿Y cuál era tu papel?

– Hacía de militar loco.

– Hay quien dice que es una humillación para los ‘pequeños’.

– Se ríe–. ¡Humillación es cuando curras y no te pagan!

El niño del Sol Naciente

Corbacho podría ser una bestia que no conoce la compasión o más bien un filósofo de la mayéutica, ese método de los griegos por el que la idea está dentro de cada cual y cada cual debe parirla con ayuda de los demás. Los métodos del apoderado pueden ser chocantes, pero efectivos. Le ocurrió con Atsuhiro Shimoyama, El Niño del Sol Naciente, el japonés al que una mala cornada le dejó medio cuerpo muerto en 1995. Un día se encontraron y le habló de su mala suerte, sumido en una profunda depresión, cicatriz de aquel accidente. «Le dije que estaba hecho una mierda y que para vivir y arrastrarse así, que mejor se pegara un tiro». Funcionó. Está repuesto. Desde entonces, cada pocas semanas, Atsuhiro viaja a La Alcornocosa a entrenarse. «En breve le pondremos delante de un becerro y no me preguntes cómo lo vamos a hacer. No lo sé».

María, pareja de Corbacho y madre de su hija de 10 años, prepara tostadas con aceite. Esaú Rodríguez bromea con Antonio Manuel antes de tentar dos vacas en casa del ganadero Pedro Trapote. Le esperan una plaza de tientas vacía y dos vacas «muy bonitas» según Juan José, el mayoral.

– ¿Bonitas? Ni hablar... Sácale las más aparatosas que tengas, las más grandes y las más feas... ¿Qué se ha creído este?

Esaú, de 19 años, luce media sonrisa. Hasta su alternativa, lo apoderaban Chopera y Jesús Rodríguez de Moya, pero después de triunfar en Sevilla, buscó a Corbacho. «Es un buen chaval, aunque encuentra una foto en el fondo de un contenedor de basura y se tira una hora hablando con ella. ¡Siempre me los busco majarones! –bromea–. Este chaval tiene algo muy importante: el temple, además de un conocimiento extenso del toreo y mucha afición. Y el que tiene temple, tiene valor, que es lo que le hace falta a un torero: valor, valor, valor y, después, valor». Y mucha suerte. La primera vez que lo vio, Corbacho dijo: «Es imposible que sea torero con esas hechuras». Ha adelgazado 20 kilos y todos luchan para que siga siendo un crío normal, como ahora, que cuando se quita el traje de luces hace chapuzas para ayudar a su madre, limpiadora, y a su padre, de baja por incapacidad. Lo tiene difícil. Antes, triunfar en Sevilla significaba anunciarse en todas las ferias. «Ahora no tenemos nada cerrado. No quieren renovar el escalafón y están echando a la gente de las plazas». Esaú entrará por la puerta de las sustituciones.