Un once de fábula

Vargas Llosa es el undécimo escritor en lengua española en conseguir el preciado galardón sueco. Once nombres propios, auténticos galácticos de la literatura

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Diez veces habían repicado las campanas del español en Estocolmo, la catedral ya centenaria del Premio Nobel de Literatura. Diez veces a lo largo de un siglo, nuestro idioma nos supo a gloria. Y diez veces nuestras sílabas milenarias dieron la vuelta al mundo y resonaron mucho más allá de aquel lugar de La Mancha del que los académicos suecos sí quisieron acordarse. Diez veces un apellido hispano de pura cepa (Echegaray, Benavente, Mistral, Jiménez, Asturias, Neruda, Aleixandre, García Márquez, Cela, Paz) se ha desparramado en los teletipos, en las portadas y en las linotipias.

Ese equipo maravilloso se ha convertido ayer en un once de fábula, porque otra vez, un nombre y dos apellidos hispanos, Mario Vargas Llosa, han llamado a las puertas de las redacciones y se encaramaron desde el mediodía a las web y las redes sociales de Internet.

Esta fiesta («para todas las letras hispanas», como ayer nada más conocer su premio destacaba el escritor hispano-peruano), comenzó hace más de un siglo, en el año 1904, cuando a don José de Echegaray, ilustre matemático además de literato de gran popularidad en su época, le cuadraron las cuentas del Nobel. Cainitas como somos, no todos sus compatriotas (los del 98 echaron pestes, sapos y culebras ante la decisión de la Academia) se sintieron felices con el galardón.

Catorce años después (1922), Jacinto Benavente se hacía con el premio. Intereses creados aparte, para muchos, el paso del tiempo ha oxidado el peso de su obra, que en su tiempo gozó del cálido fervor del público, aunque no tanto de la crítica teatral de la farándula de los Madriles, casi siempre muy afilada.

A la tercera (1945) fue la vencida de que el Nobel cruzara el Charco para cantar de nuevo en español en la voz de aquella voz de mujer universalnacida de la alargadísima tierra chilena, Gabriela Mistral: «Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca».

Del éxodo y el llanto Debieron desde entonces,cogerle gustillo los suecos a nuestra métrica, porque nueve años después, en 1956, premiaban a otro español jigantesco: Juan Ramón Jiménez (otro profundo español del éxodo y del llanto, que dejó escrito León Felipe),con el alma despiadadamente malherida por la cuchillada del exilio, y el corazón en parihuelas por el dolor de su Zenobia, que ya se le iba para siempre tres días después de la concesión del ansiado premio.

Once años tardó el Nobel en volver al continente hermano, a Guatemala, y a comprometerse con aquellos hombres de maíz, que a duras penas sobrevivían bajo la bota de «El Señor Presidente», aquel tirano grotesco y superlativamente cruel a quien puso en pie Miguel Ángel Asturias, otro coloso de las letras que cantan y bailan en español. Y de Guatemala, de nuevo a Chile, en 1971. En pleno fervor allendista y el gobierno de la Unidad Popular (y el pueblo unido a punto de ser vencido) de la que era embajador en Francia un poeta descomunal, de canto general y mineral, Pablo Neruda, un estajanovista del verso, un creador hercúleo, obtenía el galardón.

El premio justo

Aunque a veces no lo parezca, el Comité del Nobel no suele premiar por premiar. Muchas se veces se reconoce en un solo nombre toda una literatura, toda una cultura, toda una historia, todo un compromiso, toda una generación. Así fue en 1977, cuando los suecos reconocían en Vicente Aleixandre no sólo su portentosa obra poética («Cuando contemplo tu cuerpo extendido / como un río que nunca acaba de pasar, / como un claro espejo donde cantan las aves, / donde es un gozo sentir el día cómo amanece»), sino también la de sus compañeros de Generación del 27 y la de su país, nuestra España que se asomaba a la democracia.

Poco tardó el Premio en regresar a la lengua de Cervantes. En 1982, Estocolmo se calzaba un liqui-liqui y bailaba al son del vallenato y de la cumbia. Gabriel García Márquez, recién llegadito de Macondo, por fin conocía de veras el hielo, allí, en Estocolmo, donde recibía, al ritmo del tambor de Totó la Momposina, el Nobel de ese año. Mientra, en su casa, un señorón llamado Camilo José Cela volvía a mosquearse: ¿qué hay de lo mío? El enfado duró poco, en 1989, el carpetavetónico Don Camilo ya tenía su merecidísimo galardón y podía darse de baja en su oficio de tinieblas.

Era un día de octubre de de 1990 cuando el dios de la lluvia lloró, de alegría, sobre México. Uno de sus hijos era distinguido con el Nobel de Literatura. Aquel que puso los signos en rotación y escribió el destino del hombre sobre una piedra de sol, aquel hombre, aquel poeta, Octavio Paz que nos dejó dicho: «... y un largo quejido cubre con sus dos alas grises / la noche de los cuerpos, /como la sombra del águila la soledad del páramo».

Ayer, a Mario Vargas Llosa, la noticia no le pilló de cháchara en la catedral, le pilló en un piso 47 en la ciudad de Nueva York. Acariciando con las yemas de los dedos el cielo del Nobel. A los suecos, acostumbrados algunos años a buscarse chivos expiatorios, por una vez no les quedó otra que acertar de pleno con su decisión.