La trama como revelación

Crítica de la ópera de Pilar Jurado «La página en blanco», con O. Katzameier (Ricardo Estapé), N. Schukoff (Xavi Novarro), P. Jurado (Aisha Djarou), N. Petrinsky (Marta Stewart), H. Iturralde (Gérard Musy), A. Watts (Kobayashi), J. L. Sola (Ramón Delgado)

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Los amigos de la anécdota saben que ayer fue un día para inscribir con letras de oro en los anales del Teatro Real. Se ha dicho y repetido que, por primera vez, una compositora española estrenaba una ópera en aquel teatro y que, además, la protagonizaba. También que Pilar Jurado conocía bien este escenario después de que alguna de sus obras se oyera en la antigua sala de conciertos, y tras actuar en varios títulos, el primero en la inauguración del moderno coliseo. Todo ello se ha explicado con detalle, amplificado y puesto en colores porque Jurado tiene entusiasmo, sonrisa, encanto y cercanía.

Sólo hace falta ahora que el caudal de información se convierta en gusanillo y que este invite a los informados a acercarse hasta la plaza de Oriente para que comprendan que tras la imagen también hay experiencia, inteligencia y laboriosidad. Incluso, una obra de buena intención, «La página en blanco» que ayer fue aplaudida en reconocimiento al esfuerzo de quien ha puesto lo mejor de sí misma en el proyecto.

Para comprender cómo es y en qué terreno musical se mueve nada mejor que hacer referencia al artículo que el director musical Titus Engel publica en el endeble opúsculo que el Real ha editado con motivo del estreno. Se comprenderá entonces el concienzudo trabajo de fondo y la razón de ser de un estilo de sustancia ecléctica y voluntad condescendiente lo cual, como dice Engel, puede entenderse como vía intermedia entre lo tradicional y lo experimental.

En cualquier caso, nada ha de asustar pues ya se sabe que para la composición de hoy en día el problema ya no está en el estilo o, mejor dicho, en la imposición de uno concreto sobre otro. Por eso, lo que interesa es la aplicación que Jurado hace de todo ello. Por ejemplo a través de una orquesta que tiene un buen protagonismo en varios interludios y que suena cuidada, proporcionada a la escena, afín a lo narrado y minuciosa en varios momentos, ya sea la sutil introducción en la buhardilla del compositor, ya el final afirmado en el castigo a los infames.

Por cierto que «La página en blanco» narra la desventura del compositor Ricardo Estapé mientras escribe una ópera obligado por quienes estimulan su cerebro dormido en un coma irreversible, lo que no es óbice para que enamore a la soprano que termina declarando la fuerza del amor. Desde luego, hay ingenio en todo ello y también algunas ideas triviales que dan puntos de apoyo a la narratividad de la trama que, como principio aristotélico de la tragedia, se estructura hacia un desenlace ribeteado con momentos de tensión.

Musicalmente todo ello pivota sobre varias «arias» (de compleja ejecución la del robot Kobayashi y deleitosa la de la soprano Aisha), insertas en un «arioso» de línea quebrada que genera un continuo que tiene en su contra el sonar a territorio estereotipado, demasiado transitado por la música vocal española de los últimos años. Es aquí, sobre todo, donde se echa de menos el riesgo en la escritura, una apuesta más personal, aun reconociendo el buen idiomatismo en el que se soporta.

Una referencia por último a quienes han hecho posible este estreno. Primero el director de escena David Hermann ideólogo de la recoleta capilla en la transcurre la acción: arriba la buhardilla del compositor plagada de pájaros tan disecados como su cuerpo, abajo el laboratorio de ensayos. A él se debe también un movimiento escénico a veces demasiado encorsetado. En el foso, Titus Engel buen traductor de la partitura, meticuloso en las dinámicas y adecuado acompañante al frente de una orquesta y coro que aún pueden alcanzar mayores cotas de refinamiento.

Y protagonizando «La página en blanco» el barítono Otto Katzameier quien, al igual que el barítono Nikolai Schukoff, hace encomiables esfuerzos por limar el acento y dotar a la obra de credibilidad. Andrew Watts resuelve con arrestos la difícil aria de Kobayashi y canta notablemente el tenor José Luis Sola. Con suficiencia actúan Natascha Petrinsky y Hernán Iturralde. Y al lado de todos ellos la autora, Pilar Jurado. Sin duda alguna, un gran activo de nuestra música. Alguien sin miedo al vacío. Aquí se demuestra.