¡Que viene el tenor!

Por Alberto GONZÁLEZ LAPUENTE
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Desconozco cual era el verdadero carácter y el trato de uno de los padres de la música española como fue Felipe Pedrell, muerto hace ochenta años, aunque si hemos de concluir que la obra acaba por ser la persona, la del sabio músico español resulta apasionante. Mordaz, claro, contundente y orgulloso, sus artículos de crítica musical («Musicalerías») son un retrato de los primeros años del siglo XX y la demostración de que cualquier asomo a lo políticamente correcto estaba por inventar.

Encabeza uno de sus escritos con la vieja exclamación que titula estas líneas: «un grito, que un día fue de alarma y de terror, pero ante el que ahora ni la música huye azarada, ni el aficionado frunce el entrecejo, ni pasa nada en el mundo de las semicorcheas», en referencia a la (in)cultura de los cantantes de su tiempo. No cabe soñar con tiempos pasados de mayor gloria que el presente: ese es un defecto con el que se consuela el inconformismo de Pedrell y que convierte sus argumentos en algo fácilmente rebatible.

Degustemos el nuestro aunque podamos recordar las contradicciones de un escenario como el operístico en el momento en el que Pavarotti ha amagado (un pequeñito susto para la afición) con su retirada de los escenarios; lo que habría de concretarse en Europa con las representaciones de «Tosca» que tienen lugar en el Convent Garden londinense. Es decir que el gran tenor de Módena cuyas excelencias están de más recordar se manifiesta dispuesto a permanecer al pié del cañón. Y esto sucede mientras Domingo acaba de «apretar» en Milán tratando de sacar adelante un «Otello» que ha sido fetiche de su arte y ya es recuerdo, y Caballé reinventa en Barcelona un «Henry VIII» que sólo su nombre sostiene, pero donde se han querido reconocer (tal debe ser nuestro ansía por un segundo de magia) la presencia de quien ha sido un moro sin rival o la depuración de un fraseo que llegó a cortar el aire de los teatros con la precisión de un micrótomo.

Al menos habrá que agradecer que la ópera no sea en este momento un negocio rentable para los teatros, que no para sus protagonistas, permitiendo así disfrutar degustar de placeres como el del «Pelleas y Melisande» que se exhibe en el Teatro Real y que ha provocado una huída de buena parte del público pese a la abrumadora sucesión de datos objetivos que convierten la obra y representaciones en algo de consideración.

Y mientras Pavarotti triunfa en Londres, como lo haría aquí o allá, recortado en sus facultades, apuntando detalles de lo que ha sido inmenso, emocionando con un segundo de vida, apurando el «mientras paguen» que estuvo en boca de otro gran tenor español. Por algo sería que frente al grito de Rossini: «voz, voz y voz», que no es poco, Pedrell, más concienciado, contraponía el de «voz... y sentido común».