EFE  Don Hilarión, Casta y Susana, en la versión de Comediants

Una «Verbena de La Paloma» sin casticismo abrió el Festival de Perelada

Intentar quitarle el casticismo a «La verbena de La Paloma» resulta imposible, aunque si la idea es universalizarla no está nada mal vestirla de blanco

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PABLO MELÉNDEZ-HADDAD

PERELADA (Gerona). La verdad que el sólo hecho de que sea una zarzuela -«La verbena de La Paloma», de Tomás Bretón y Ricardo de la Vega- la que inaugurara el pasado Festival de Granada y que la misma producción levantara el viernes el telón de la XIX edición del Festival de Perelada, el más importante del verano catalán, es un magnífico síntoma, resultado del esfuerzo que algunos programadores están realizando por darle al género lírico español un gran impulso, ahora en el medio catalán, una tierra con una gran tradición, con escuela propia y que vivió los estrenos de títulos que continúan dando la vuelta al mundo. Esta herencia cultural debe revalorizarse, aunque parece que continúa siendo blanco de discursos que la censuran basándose en una tradición escénica lamentable.

Joan Font, director de Comediants, ha traspasado una frontera al limpiar de referentes teatrales una obra que encuentra su alma en el madrileño barrio de La Latina y llenar de modernidad mediterránea su «Verbena», imponiéndole una dulzura cosmopolita que se introduce con algún «¡agur!» y algún «adéu!» en el libreto. Homenaje a un género y homenaje al teatro que se apoya de manera decisiva en esa iluminación simplemente espectacular de Albert Faura y en una escenografía que muestra las entrañas de este espectáculo y que en Perelada funcionó mejor que en Granada, allí condicionado por una arquitectura palaciega: aquí sólo aparecían esos andamios desnudos que, poco a poco, se van vistiendo de luces y de colores para acercarse a la zarzuela sin tapujos, con ojos actuales y que acaba disfrazando de neutralidad una atmósfera tan madrileña como es la de esta obra de Tomás Bretón. Esto es lo más atrevido de la propuesta, y funciona en medio de ese abaniqueo y de esos mantones de «la China, na na». Pero la magia del teatro todo lo puede y, si se quiere, un Madrid eterno también puede sentirse en la propuesta: un barrio de La Latina «fashion», que mira con nostalgia hacia un pasado poco concreto y que se planta en el siglo XXI para cantar zarzuela.

En todo caso, la dirección de escena toma y transforma a su antojo ese mundo sonoro que presenta una música popular, de la calle, mezclada con toques flamencos, con el piano de cafetín, con la habanera, decorándola de una galería de deliciosos personajes -medio Comediants medio La Cubana- en los que uno se perdía intentando seguirles los pasos. El mal conseguido cuadro final de esta obra maestra del género chico siempre ha sido su gran lastre, y Joan Font intentó hacerlo olvidar con una verbena auténtica una vez finalizada la obra.

Entregados intérpretes

Por qué se escogió a intérpretes jóvenes para papeles de tanto peso específico y con un físico tan delineado como Don Hilarión y Don Sebastián es un misterio, aunque las caracterizaciones continuaron unidas a ese intrínseco homenaje al teatro que inunda la propuesta y que salvaron los entregados intérpretes, especialmente Manel Esteve, que se cantó unas coplas como Dios manda y que construyó su caricatura con dominio corporal. Las chulapas, Isabel Monar y Mireia Casas, estuvieron ricas y en su punto: Monar algo incómoda, aunque superó cada estrofa con talento sobrado, lo mismo que Casas, una Casta desenfadada. A Itxaro Mentxaka, sobrada de medios, el papel le iba perfecto, mientras que José Antonio López apostaba por un Julián más bien llorica. La cantaora de Marina Pardo fue una delicia, discreto el Don Sebastián de José Requena y la Tía Antonia de la popular Lloll Bertran apareció como un homenaje a La Cubana. El coro de la Generalitat Valenciana demostró tablas, y cada intérprete representó a su propio personaje, mientras que la flamante Simfonieta Portaferrada-Peralada, bajo el mando de Álvaro Albiach, defendió con cariño una partitura que posee algunos de los momentos más emblemáticos de la historia del género chico.

Tras el arranque del festival y el concierto, ayer, de Lorin Maazel, el Festival de Perelada ofrecerá un programa variado -como es su costumbre- que se desarrollará hasta el 20 de agosto. En el cartel destacan nombres como los de la Martha Graham Dance Company, Maria Guleghina, Jaume Aragall, Joan Pons, el Orfeón Donostiarra, Daniel Barenboim y su West-Esatern Divan Orchestra, José Van Dam, Jesús López Cobos, Miguel Bosé, Comediants, Goran Bregovic o Salvador Távora, que cerrará el certamen con su «Yerma mater».