Los Pet Shop Boys resultaron muy inofensivos. Maties Carreras

Unos Pet Shop Boys bajo mínimos dejan el listón por los suelos

Las relaciones del Sónar con las vacas sagradas de la música popular siempre son contradictorias: si a Kraftwerk le falló el público y a Sonic Youth el concepto, a Pet Shop Boys les falló casi todo. Una voz del público definió ayer su actuación como «lo más lamentable desde los Rolling Stones en el Estadi Olímpic».

DAVID MORÁN
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BARCELONA. La visita de Neil Tennant y Chris Lowe a la primera velada nocturna de Sónar 2002 sirvió para presentar a una formación desenfocada, acomodada en su plácida madurez e incapaz de defender con la pasión de antaño su brioso pop electrónico. Es cierto que un disco tan inofensivo como «Release» ya hacía temer lo peor, pero los autores de «Suburbia» lo confirmaron cuando se presentaron como «Pet Shop Boys, los nuevos Pet Shop Boys» (Tennant dixit). De ahí que cuando echaban mano de clásicos como «Go West», «West End Girls» -mutada aquí en una versión tan sonrojante como la de «New York City Boys»-, el maquillaje apenas conseguía disimular un sonido a un paso de convertirse en autoparódico. Pet Shop Boys protagizaron la primer desilusión del Sónar de Noche.

Con una asistencia de público muy fluida -la organización esperaba recibir a unas 13.000 personas; muchas de ellas desaparecieron tras la actuación de los británicos- y un cartel que no prometía demasiadas alegrías artísticas, el retraso de la actuación de Lowe y Tennant hizo que Arto Lindsay tuviese que defender su topicalismo de vanguardia ante un reducido pelotón de público. Más suerte tuvo Herbert. Camuflado bajo el álias de Radio Boy, el artista antiglobalización se enzarzó en una suerte de «perfomance» de filosofía «no logo» en la que destroza un televisor, lanza una hamburguesa al público, arremete contra Adidas o destripa una camisa de GAP. Todo ello con una sugerente base de techno minimalista lo suficientemente interesante como para medio llenar el segundo escenario del recinto.

Convertido en un búnquer industrial de dimensiones mastodónticas, la estética futurista del polígono Can Pedrosa impactaba a quien lo visitaba por primera vez. Desde los autos de choque instalados en la parte trasera del Sonarclub a la completa falta de pericia de Arthur Baker a la hora de engarzar sus ritmos electrosos, todo en el Sónar está llamado a sorprender. Lo que no sorprendió fue la sesión «pa´l pueblo» de Slam -ya se les había visto el plumero en el último BAM-. Los escoceses optaron por el tech-house y el omnipresente bombo y comenzaron a desatar la euforia en el escenario central. El contrapunto estaba en el Sonarpark, con DJ Krush ejerciendo de habilidoso rastreador del hip hop instrumental en su versión más ruda y arisca. A falta de pan...

El cierre de la primera jornada de Sónar de Día se saldó con un lleno abrumador -el escenario Hall se vio desbordado durante la actuación de Tuxedomoon y fue cerrado al público- y la pericia de Christian Marclay como principal atractivo artístico. Genio y figura del turntabilismo, el neoyorquino dio una lección práctica y abrió la vía hacia una alternativa de discjockey. Lo de The Cinematic Orchestra, en cambio, no pasa de arrebato nu jazz con alto poder decorativo. Aún y así, la versión orgánica y sosa de Us3 fue la actuación más concurrida del día.