Tres culturas, un credo: la música

SUSANA GAVIÑA
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Treinta y cinco calurosos kilómetros separan la capital hispalense del pueblo sevillano de Pilas, que ha acogido durante tres semanas al West-Eastern-Divan, una orquesta-taller fundada por el director de orquesta y pianista argentino-israelí Daniel Barenboim y el intelectual y escritor palestino Edward Said, y que reúne a músicos judíos y árabes procedentes de diversos países de Oriente Medio.

Tras celebrar sus tres primeras ediciones en Weimar (Alemania) y Chicago, Andalucía ha tomado ahora el relevo, gracias al ofrecimiento del presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, y a la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, institución promovida por el Reino de Marruecos. Esta cuarta edición, que ha contado con un presupuesto de 600.000 euros, incluye como novedad la incorporación de músicos españoles y marroquíes.

A las afueras de Pilas, se encuentra la Residencia Lantana donde se alojan los casi ochenta músicos árabes y judíos, y los catorce intérpretes españoles -procedentes en su mayoría de la Joven Orquesta Nacional de España (Jonde) o de la Orquesta Joven de Andalucía (OJA)-, que participarán activamente en los diferentes conciertos programados como el de hoy en el Teatro de la Maestranza, el próximo lunes en los Reales Alcázares, para después viajar hasta Lübeck (30 de agosto) y Berlín (1 de septiembre), y concluir el próximo día 2 de septiembre en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. También residen aquí casi una treintena de oyentes -que incluye a músicos españoles- y que atienden a las diferentes clases de música, impartidas por diez profesores pertecientes a las dos formaciones orquestales de las que Daniel Barenboim es director titular, la Sinfónica de Chicago y la Staatskapelle de Berlín.

Diez horas de ensayos

Es mediodía y el sol amenaza ya a los termómetros de la Residencia Lantana. Una piscina sirve para sofocar las altas temperaturas en los pocos momentos de ocio de los que disfrutan estos jóvenes con edades comprendidas entre los 13 y los 26 años. Nada más traspasar la puerta de entrada se puede escuchar un amasijo de sonidos que proceden de distintas estancias de este antiguo seminario. Los chavales están trabajando con sus respectivos profesores. En su tercera semana de convivencia, con ensayos que se prolongan durante diez horas diarias, el estado físico de los chicos comienza resentirse. Algunos recurren a Ali, un monitor marroquí, aficando en España desde hace 14 años, que se ocupa de supervisar todas las necesidades de los jóvenes árabes. «Hago un poco de todo», asegura tras haber atendido a uno de los chicos que se queja de una molestia muscular, lo que confirma que «los chavales están cansados». En las filas de esta orquesta-taller el trato es igual para todos, no hay excepciones. Se puede ver al hijo menor de Barenboim, Michael, de 16 años y que toca el violín, mitigar su dolor con un poco de hielo que desliza sobre su brazo derecho mientras bromea con un grupo de amigos. Aunque el trabajo es duro, el ambiente es distendido y las bromas y sonrisas afloran constantemente.

Aunque está iniciativa nació como respuesta al conflicto entre judíos y árabes, Ali asegura que en las conversaciones y relaciones que mantienen judíos y musulmanes, apenas se habla de política, «sino sobre cosas de chicos y, sobre todo, de música». Sin embargo, el conflicto existente, y la política de algunos países árabes con respecto a otros judíos, se deja traslucir aquí también. Algunos prefieren no hablar con los medios de comunicación por miedo y la organización se encarga de manera escrupulosa de defender la intimidad de algunos de los participantes en este taller.

Fabiola de Santisteban es profesora de Historia y está escribiendo su tesis sobre Israel. Sus conocimientos de hebreo, inglés y francés le han permitido incorporarse a este proyecto y convertirse en la persona que vela para que todos los jóvenes judíos se sientan como en casa y bien atendidos. En su opinión la mezcla entre ambas culturas no ha sido espontánea y «ha llevado su tiempo» pero, retomando palabras del propio Barenboim, afirma que «el objetivo es crear una armonía con el contrapunto». A estas alturas del encuentro, tanto judíos como árabes y españoles han mezclado ya, en sus ratos de ocio, sus tres culturas musicales. «Una de las noches, después de los ensayos, se pusieron a tocar flamenco acompañado por música judía y musulmana», recuerda Fabiola.

La mayoría de los participantes en esta orquesta-taller está aquí por razones musicales, y sobre todo han venido atraídos por el gran magnetismo personal y el prestigio internacional de uno de sus fundadores, Daniel Barenboim. Ese es el caso del joven israelí Sahi Feldfoge, de 19 años, quien toca el trombón y participa por vez primera en la West-Eastern-Divan. «Me invitaron para participar y me pareció una gran oportunidad tocar con Barenboim»; sin la presencia del director israelí, asegura que no estaría aquí. Entre bromas, confiesa, que esta experiencia le ha aportado importantes cosas sobre todo en el ámbito «personal», y en lo musical subraya «los conocimientos del maestro y su pasión por la música», como las dos principales aportaciones de este encuentro en Sevilla.

Un granito de arena

Más veterano en estas lides es el también israelí Maoz Asat, de 23 años, que toca el violín. Esta es su tercera participación. «Para mí supuso una gran decisión unirme al Divan, primero por Barenboim y después porque hay grandes profesores y músicos». Aunque afirma que para él la mejor edición fue la primera en Weimar «porque es donde aprendí más», reconoce que ahora saca más provecho porque «soy más maduro y me concentro mejor en lo que quiero». Asegura que no está aquí por razones políticas y que su mejor amigo en este taller es un árabe, Mohamed. «Vengo a tocar buena música con buenos músicos». Califica la situación de Israel y Palestina como «estúpida». «Cada uno defiende una postura y no escucha al otro», a lo que añade que ambos pueblos «necesitan la paz por razones económicas. Se necesitan mutuamente».

El egipcio Mohamed Saleh, un oboe de 26 años, es uno de los más veteranos ya que ésta es la cuarta vez que acude al Divan. Recuerda como llegó a Weimar tras ser seleccionado en la Orquesta del Mediterráneo, una formación donde también conviven numerosas culturas pero que se diferencia de la liderada por Barenboim en que en ésta se aprecia un «ambiente más sensible». «La gente llega con más respeto por convivir en ella dos culturas enfrentadas, pero una vez que empezamos a tocar nos gusta y repetimos». Recuerda que conoció a Maoz Asat en un concierto en Moscú, que volvió a coincidir con él en Bostón y más tarde en Weimar, y que ahora les une «una profunda amistad». Mohamed, que reside en Chicago, decidió unirse al Divan por dos razones, «por el nivel de los músicos y del director», pero también por la parte humana, «hay que poner un granito de arena en este proyecto» e intentar que este oasis dentro del árido desierto de las relaciones entre árabes y judíos «sea mucho más grande».

El eco de esta sensibilidad se deja escuchar en las conversaciones que al caer la noche propicia el propio director y pianista. Tras el «tutti» (el ensayo con toda la orquesta) y la cena, Barenboim se sienta en uno de los bancos del jardín, enciende un gran cohiba y se somete a las preguntas que quieran lanzarle los estudiantes. Durante hora y media, judíos y árabes se alternarán la palabra para expresar -unos de una manera más vehemente que otros- su opinión sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Barenboim procura poner la historia en su lugar y justifica las causas en la ignorancia entre ambos pueblos. Los jóvenes sacan a la palestra nombres y buscan responsables, unos por su activa participación y otros por su falta de compromiso. Aunque el director y pianista siempre ha mantenido que este taller es apolítico, no puede evitar que la política a