Tequila durante la actuación de anoche en el Wizink Center
Tequila durante la actuación de anoche en el Wizink Center - Ángel de Antonio

Tequila, una agridulce despedida

La actuación fue una pena. No por el hecho de la despedida, sino por el planteamiento de un concierto que, curiosamente, sólamente al principio pareció fluir como correspondía

Pablo Carrero
MadridActualizado:

Durante su relativamente corta trayectoria, Tequila hizo cosas verdaderamente notables para la escena musical y cultural del momento. En un tiempo todavía gris y ciertamente complicado, el quinteto hispano-argentino llenó de energía y colorines la banda sonora de una juventud ávida de un poco de alegría.

Recuperaron el sonido clásico del rock and roll (vía The Rolling Stones) y lo combinaron con certeras y sencillas melodías pop convirtiendo su propuesta en material para todos los públicos, y así, en fin, demostraron que no es irremediablemente incompatible hacer música de calidad y vender ingentes cantidades de discos, salir en las portadas de las revistas para quinceañeras, sonar en las emisoras más convencionales (y en las otras también) y aparecer constantemente en televisión.

Pero, sobre todo y con el paso del tiempo (nada menos que treinta y cinco años después de su separación), el gran legado de Tequila es un repertorio imbatible, lleno de espléndidas canciones tan efectivas como poco pretenciosas.

Por eso resultaba pertinente acercarse anoche al Palacio de los Deportes a rendir pleitesía a una banda legendaria en la hora de su despedida (aunque, eso de despedirse para volver a despedirse un par de años después y así sucesivamente parece haberse convertido en moneda corriente últimamente en el pop y rock español).

La promesa, pues, de darse un atracón de buenas canciones, rebosantes de jolgorioso espíritu juvenil, aún en manos de unos protagonistas que se acercan ya a las sesenta primaveras, parecía suficiente para que una nutrida legión de seguidores agotara las entradas del recinto, si bien es cierto que este presentaba su versión recortada, con la pista prácticamente abarrotada pero todo el graderío cerrado a cal y canto.

Pero fue una pena. No por el hecho de la despedida, sino por el planteamiento de un concierto que, curiosamente, sólamente al principio pareció fluir como correspondía. Comenzaron con un espléndido, sencillo e ingenuo «Rock and Roll en la plaza del pueblo», con el que enseguida conectaron con un público fácil y agradecido que disfrutó de una primera serie de clásicos encadenados, con una banda sólida y más que competente, pero también ágil y dinámica.

Estuvo bien que hicieran el «Sábado en la noche» de su compatriota Moris, una especie de pionero del éxodo de músicos argentinos que huían de la dictadura militar para instalarse en la jovencísima democracia española. Sin embargo, por ese hueco se empezaron a colar canciones que tal vez no deberían haber sido invitadas al festejo. Pase que tocaran la discreta «Yo quería ser normal» su primera canción nueva en 35 años, pero canciones del reciente disco en solitario de Stivel («Soy un animal») o de la formidable banda de Ariel Rot en los noventa, Los Rodríguez («Mucho mejor») podrían haber sido obviadas en favor de piezas originales de Tequila que quedaron fuera.

Además, el concierto sufrió del consabido desfile de celebridades que se apuntaban a la fiesta sin duda con las mejor de las intenciones, pero con resultados poco afortunados. La presencia de los miembros de Sidecars, Pereza, M-Clan o la de Fito Cabrales aportó bien poco y, en cambio, hizo que el concierto avanzara a trompicones, lento y pesado.