Teodor Currentzis, durante la interpretación de una de las sinfonías
Teodor Currentzis, durante la interpretación de una de las sinfonías - Marco Borrelli

Teodor Currentzis, el músico indignado

El director greco-ruso interpretó junto a musicAeterna la integral de las sinfonías de Beethoven

SalzburgoActualizado:

Aquel que crea que la música es un mero adorno, una compañía complaciente y placentera, debería escuchar a musicAeterna y a su director Teodor Currentzis. Comprobará que la insurrección, la marea inconformista y comprometida también es posible en el arte. Este año, Currentzis visita el Festival de Salzburgo con la integral de las sinfonías de Beethoven. Le precede el éxito de anteriores actuaciones. En la última edición dirigió una producción de «La clemenza di Tito» con escenificación esencial y también concienciada de Peter Sellars. Fue un hito y, ante todo, un tregua en la compleja relación de Salzburgo con la música de Mozart, tanto tiempo divagante y, por fin, gracias a Currentzis y los suyos, recuperada con esplendor, modernidad y un calado extraordinario.

El ciclo Beethoven da fe, incluso mucho mejor que las grandes propuestas operísticas, del ideario de un festival que bajo la actual dirección de Markus Hinterhäuser promete llamar la atención, revolver la pasividad del respetable y negarse a la pereza intelectual en la que se refugian tantos programadores. Para entenderlo basta un repaso a muchos de los festivales musicales españoles. Hinterhäuser ya tiene en Currentzis un aliado incondicional. Al menos así pareció entreverse en el encuentro con el trompa Christian Binde y varios informadores acreditados en las horas previas al tercer concierto del ciclo: el dedicado a las sinfonías segunda y quinta.

Fue un momento de relax, de conversación esencialmente musical, de risas y también de flashes. Currentzis se crece en el divismo, busca el plano y modula la gravedad de la voz con extremada sutileza. Pero superada la primera impresión es fácil descubrir a un músico reflexivo, analítico y preciso. Habló de estética negándose a reconocer una tradición interpretativa y obligándose a encontrar soluciones que dimanen de la partitura, como testigo de una ruina que permanece. ¿Cuál es el verdadero Partenón?, habría que preguntarse. ¿El blanco e impoluto cuyos restos ahora se reconstruyen; aquel manchado por el tiempo que los viajeros románticos recrearon en historias imposibles, o el policromado de la Grecia clásica que hoy se edifica desde la inmaterialidad digital? La duda es el primer argumento para enfrentarse a Beethoven pues estamos ante un compositor mal interpretado en su propio tiempo (al menos las sinfonías) pues su pensamiento musical superaba con mucho al de sus contemporáneos.

Semejante certidumbre, viene a proclamar que solo es posible saturarse de Beethoven/Currentzis limpio de recuerdos y asumiendo que incluso el concierto apenas será una sombra de un ideal sonoro. Es curioso que, en este momento, Currentzis este grabando las sinfonías de Beethoven y para ello recurre a la tecnología analógica en el registro, en la producción y en la edición (AAA). Mientras llega la primera entrega, la interpretación, tal y como se escuchó en el Mozarteum salzburgués, se decanta por la acidez y lo abarrotado. La amable acústica de la sala no parece la más adecuada para unos músicos que tocan de pie, que se desviven y desangran consiguiendo proyectarse con una intensidad inusitada. También ficticia si se observan los cajones sobre los que se colocan violonchelos y contrabajos con el fin de amplificar los graves. Por contradictorio que parezca en un representante de la interpretación históricamente informada, la pureza no es un término que pertenezca al diccionario de Currentzis.

La propuesta beethoveniana de Currentzis viene cargada de polémica y críticas adversas pues entraña un radicalismo limítrofe. Pero tiene a un público que aplaude y ovaciona. Conviene recordar que pese a su origen griego, Currentzis es hijo musical de una Rusia sólida y contundente. El carácter afirmativo de la interpretación, la obsesión yámbica, los «tempi» agitados, el fraseo delineado a través de potentes acentos, el discurso rotundo y siempre en crecimiento, el restallado de los acordes... Inquietante, nervioso, hasta agobiante y profundamente dramático. Es imposible olvidar la coda del primer movimiento de la segunda sinfonía, el sentido operístico del segundo, la seca propuesta del tercero, la grandiosa agilidad instrumental en el cuarto.

Todo es especialmente significativo ante una sinfonía temprana y algo más previsible frente a la quinta en donde lo exacerbado suena a golpe sobre la mesa y la expresividad a flor de piel se convierte en una realidad difícilmente desdeñable. Los impresionantes pianísimos del tercer movimiento o los silencios del cuarto sirven también para comprender que nada de lo escuchado es posible sin un trabajo de fondo inusitado y la voluntad de unos músicos que lo creen de verdad. Una especie de adormidera de la que el público se desengancha en un clima de absoluta exaltación. Por eso, la repetición fuera de programa del primer movimiento de la quinta no fue un mero regalo sino una obligación a pesar de la dureza del combate que había tenido lugar. Currentzis rendido y bañado en sudor, sus músicos sin aire y, pese a ello, la repetición fue todavía más exacta y turbulenta.

En un mundo entregado a la nostalgia, desengañado en tantas ocasiones; ante una civilización a la que le pesa la historia; frente al reino de los veteranos anclados en convicciones que se defienden como si fueran eternas, alguien como Currentzis explica que existe otro futuro. Tal y como él lo plantea en este momento puede parecer excesivo. Intelectualmente lo es. Pero hay que asistir al concierto, hacer el esfuerzo por convertirse en observador y no engancharse. Admirar el prodigio. Al público hipnotizado e inmóvil ante lo que ve, escucha. Aplaudir. Defender que hay música con capacidad transformadora. Intérpretes que saben comunicarlo. Por supuesto, cualquiera entiende que la percepción siempre es engañosa y, por tanto, carente de verosimilitud. Pero merece la pena creer en el milagro.