El cantautor Joaquín Sabina, durante su concierto en el WiZink Center - EFE
Concierto en Madrid

Sabina decide quitarse años

El cantautor mostró sus nuevas canciones y bordó el repertorio sin tirar de invitados

MadridActualizado:

Con un retraso notable pero cortés, y sobre un escenario desnudo y minimalista, Joaquín Sabina desprecintó en Madrid las canciones de su último disco y barnizó lo mejor de su repertorio. El de Úbeda dio un concierto elegante, fresco y rejuvenecido, con el que confirmó que podrá dedicarse a esto hasta que le dé la gana.

Sabina entró al Palacio de los Deportes con el bombín por montera, agradecido por verse entre amigos. «No miro las fechas de las giras porque me agobio -dijo-, pero teníamos grabadas a fuego las fechas de Madrid. ¡Siempre es emocionante volver a casa!». Y con esas se cantó la mitad de su último disco sin apenas tomar aire. Empezó con «Lo niego todo», como una declaración de intenciones por lo que pudiera venir, y a la quinta canción ya había descorchado el reggae con «¿Qué estoy haciendo aquí?», el tema que evidencia que Sabina sigue ambicionando nuevos sonidos y nuevas formas de llegar.

Para producir «Lo niego todo», Sabina tiró de Leiva, con quien ya había intercambiado letras, favores y acordes. De un telefonazo le sacó de una tumbona en la playa, donde el «ex» de Pereza estiraba las piernas tras la publicación de su tercer disco, pero, al contrario que en el concierto que dio en Londres, Sabina no tuvo al rockero como artista invitado.

El público le perdió el respeto a las buenas formas con «Lágrimas de mármol», que es un canto al que me quiten lo «bailao». Sabina se tomó un descanso y, como si el jefe hubiese abandonado la oficina, Pancho Varona tocó «La del pirata cojo» para llevar la rebeldía y el rock canalla al WiZink Center, donde empezaron a sobrar las sillas. Aún quedaban casi dos horas de concierto, pero los himnos no entienden de fatigas.

Voces aliadas

El público empezó a perder el respeto por las butacas con «Lágrimas de mármol», de lo mejor de su último disco

Uno de los grandes aciertos de Sabina, y el que le permite poner a cantar al talludo y al adolescente, es saberse rodear. Tiene la humildad de pedir consejo y el talento para conservar una banda por la que no parece pasar el tiempo. La voz de Mara Barros hizo un cameo en el descanso del maestro, pero se destapó de manera definitiva y rotunda con «Y sin embargo te quiero», que fue el anticipo de la fase más acústica del concierto. Es ahí cuando le sale a Sabina la vena flamenca, porque uno es de Úbeda y no tiene por qué esconderlo. Él se define como un hombre de provincias y termina las canciones agarrándose el brazo izquierdo, como si el aplauso le infartara.

Hubo tiempo para el «Ruido», para dejarse caer «Por el boulevard de los sueños rotos» y para gritar una vez más «19 días y 500 noches», un tema al que no le arrugan ni los días, ni las noches, ni «la voz de lija» que dijo tener Sabina antes de ceder el testigo a Antonio García de Diego, su guitarrista de cabecera. Esa fue la penúltima pausa del maestro antes de redondear un concierto en el que pareció quitarse años. Se le vio sudar como un debutante y aturdirse mirando al fondo del Palacio de los Deportes, donde están las entradas más baratas y los seguidores más gritones.

«Es jodido cantar después de Jaime (Asúa)», reconoció Sabina tras la actuación de su guitarrista. Dice el de Úbeda en «Lo niego todo» que no es «ni cantante de orquesta ni el Dylan español». Y es verdad. Lo que diferencia a Sabina y su banda de una orquesta cualquiera es que todos lo hacen bien. Hizo amago de despedirse con «Y nos dieron las diez» y «Princesa», pero el público le advirtió: «Eh, Sabina, así no se termina».

Acabó con «Pastillas para no soñar» cuando todavía resonaba el «Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos». Hoy, sin ir más lejos, tienen una segunda oportunidad.