Rosalía, durante su actuación en los Goya - REUTERS | Vídeo: EP
OPINIÓN

Rosalía y el síndrome de Bertín Osborne

Aplaudida incluso por unos Chunguitos demediados y que hoy son carne de reality, la versión de «Me quedo contigo» en los Goya establece un nuevo paradigma en la involución que representa este subgénero

MadridActualizado:

Muy extendido y aún más llevadero, el síndrome de Bertín Osborne cursa entre una audiencia televisiva que solo tolera versiones descafeinadas de canciones pasadas de vuelta y subidas de tono. Tocar una pieza de los Pixies con una guitarra acústica y con voz de haberse levantado de la siesta es el modelo a seguir por quienes cultivan esta nueva modalidad de sintonía de ascensor y bajonazo, música maravillosa para gente maravillosa que se resume en las letras que caben el letrero de «no molestar» y que traslada al siglo XXI la teoría y práctica de recreadores como James Last, Fausto Papetti, Paul Mauriat o Ray Coniff.

Aplaudida incluso por los hermanos del autor de la copla, unos Chunguitos demediados y que hoy son carne de reality, como el Fortu de Obús, la versión del «Me quedo contigo» que interpretó Rosalía en la gala de los Goya establece un nuevo paradigma en la involución que representa este subgénero, paradójicamente en la voz y en las manos, bien de uñas postizas, tra-trá, de quien vino a señalar el camino hacia el futuro del pop, un porvenir que con artistas como la dizque cantaora da más miedo que el que vieron Leonard Cohen o más recientemente Nicolás Maduro. Malamente.

Cuando se cumplen veinticinco años de la universalización de la «Macarena» de Los del Río, gesta cultural y globalizadora que está a la altura de la circunnavegación de Elcano y poco más, a los asesores de Rosalía no se les ocurre otra cosa que ponerla a cantar el « Me quedo contigo», previamente flojeado por multitud de artistas agradaores, por rendir homenaje a la semántica de una ciudad, Sevilla, sede de la gala de los Goya, que tiene materia musical de sobra para experimentar y de la que nadie se acordó el pasado sábado. Antes de que Antonio Vega o María Rodés le quitaran hierro y quejío, fue Ana D la que, hace ya más de veinte años, sintetizó la balada de Enrique Salazar, y no precisamente con la intención de ablandarla, sino de incomodar al público con un fraseo difícil de digerir, en los antípodas de un flamenquito que la intérprete asturiana desrevolucionó para desafiar los umbrales rítmicos del aficionado y provocarle ansiedad.

Acompañada de Javier Corcobado, travestido y fluorescente en aquel FIB de finales de los años noventa que tenía dos plantas y cuyo escenario principal se cayó antes de que las borrascas tuvieran nombre de mujer, Ana D ya dijo, bajo y claro, todo lo que había que decir sobre un «Me quedo contigo» que desde entonces, como el banderillero que llegó a gobernador civil, no ha dejado de degenerar, aclimatado a la temperatura ambiente de un ascensor de bajada cuya orquesta dirigen por turnos Ray Coniff, Mantovani o Rosalía. Flamencas o no, hay tantas canciones que aún no se han contrahecho que recurrir al «Me quedo contigo» -ochomil ya coronado, doble desafío para quienes lo miran desde abajo; si subes, hazlo sin oxígeno y por la ruta norte- solo revela ausencia de riesgo, un cantazo aplatanado que confirma que el medio es el mensaje y que la gala de los Goya no solo predetermina el discurso de los premiados.

Marcarse a estas alturas un «Me quedo contigo» destensado y somnífero es como aplaudir -del tra-trá al trantrán- al coro de profesionalas del cine que desde la tribuna de los Goya exige inclusión laboral mientras un discapacitado de los que ni siquiera tienen derecho a la vida pide un poco de compasión y se acuerda del padre que no lo parió y lo quiso como es. El heteropatriarcado linda en Sevilla con la homogenización cultural y ética.

Mala elección del tema principal -conformista, muy de prime time, previsible como una serie de amplio espectro familiar- y aún más tibia ejecución vocal, de carácter coral, emplastado en una suavona reiteración de planos sin contraposición ni violencia. Ni el pinchadiscos del programa de Bertín Osborne lo hubiera hecho mejor. A Rosalía y a su multinacional de bienes de consumo nadie en su sano juicio les va a pedir que ensayen un trabajo coral con grupos como Cucina Povera o, algo menos transgresor, el Beacon Sound Choir que ha montado Peter Broderick, pero sí una mínima dosis de altibajos sonoros. Lo que no hay es huevos para domar a un coro rociero, o a la tuna de artríticos con pandereta que luego salió al escenario. Si vamos a reinventar el flamenco, que sea con seriedad y no con un postflamenquito que quita el sentido común y cuyo adanismo resulta sonrojante.

Voces Búlgaras

Antes que Rosalía, y de Enrique Morente a Arcángel, por las buenas o por las malas, que no siempre se acierta, la incorporación de las Voces Búlgaras al mundo del cante ya trató de poner los pelos de punta y de dar vértigo. Lo importante es participar y asomarse. Otro ochomil, y van dos, desmochado por los agentes de Rosalía como las máquinas que dejaron como una loma aquella triste montaña de Totalán.

El síndrome de Bertín Osborne se lleva por delante el presunto y dogmático potencial de Rosalía para añadir un nuevo episodio a la heterodoxia de un cante que lírica y músicalmente todavía tiene margen de maniobra para descarrilar y llevarse por delante cualquier señal de prohibido. Algo se le ocurrirá a los productores de Rosalía mientras Pull & Bear saca otra colección de sudaderas firmada por la cantaora, o de rebequitas, para ese gran público que se queda helado cuando pone la tele y ve una cosa tan grande como ese «Me quedo contigo» al trantrán y con tra-trá.