Bryan Adams, durante su actuación el domingo en Madrid. ÁNGEL DE ANTONIO

El regreso del niño bueno del rock

Por DAVID MORÁN
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Bryan Adams lleva tanto tiempo chapoteando en las apasionantes aguas de los duetos irreales y las bandas sonoras descafeinadas que parece que le cueste horrores ponerse el mono de faena y encarnar su faceta de rockero para todos los públicos. Aparece en el escenario envuelto de griterío adolescente -y no tanto; la gran baza del canadiense es su capacidad para masajear los oídos de varias generaciones- y lo primero que suena en «Here I am», medio tiempo con triple ración de azúcar repescado de la banda sonora de «Spirit».

Despistado por el atractivo aroma del rock adulto más higiénico y convencional, el de Ontario ha hecho de su carrera un camino tan serpenteante como inverosímil: de las faldas de Springsteen a las colaboraciones con Pavarotti; del poso rural a lo Steve Earle a las cubetas de los hipermercados. Todo esto quedó convenientemente retratado en el concierto inaugural de esta gira de grandes éxitos en el que, ante unas 16.000 personas, Adams hizo todo lo posible por reforzar su imagen de artista aseado, sensible y enrollado.

Siendo este un encuentro retrospectivo del canadiense con su propia «leyenda», lo primero que queda claro es que hace años que no se topa con temas como «Summer of `69», «Can´t stop this thing we started» o «Cuts like a knife». Será por eso que no sólo son los primeros en sonar, sino que, además, parecen tener la misión de contagiar de vitalidad a un repertorio guadianesco y renqueante.

Afectado por el síndrome de Peter Pan, Adams canta en «18´ til die» que le gustaría tener 18 años eternamente. Y viendo la jovialidad con la que aborda medianías como «When you´re gone», uno casi se lo cree. Incluso invita a dos chicas del público a subir a cantar con él -muy Springsteen, sí, sólo que el canadiense les da la letra escrita en un papel, más que nada por si las moscas- para vigorizar el efecto. Pero, de repente, se suelta una gincana de baladas -«(Everything I do) I do it for you», «Straight from the heart»- y envejece treinta años de golpe. En menos de un minuto, Adams pasa de intérprete desnatado a baladista legañoso. Y eso sólo puede conducir a un bostezo perpétuo.

Sin saber muy bien si ejercer de rebelde electrificado o de mozo sensible y amable, se toma un respiro y traslada la actuación a un pequeño escenario situado en medio del Sant Jordi. Versiones de Elvis Presley para liberar tensión y, de vuelta al entablado principal, nueva tanda de medios tiempos. Revelador. Mientras que casi todos los habitantes del planeta «stadium rock» acumulan la pirotecnia y los fuegos de artificio en los bises, el canadiense sigue flotando en almíbar, no vaya a ser que se le descoyunte algún seguidor entradito en años.

Y así, entre cucharadas de azúcar («Have You Ever Really Loved A Woman») y disparos con la mirilla desenfocada («Run To You»), Adams puede presumir de haber plantado bandera en la cima del rock más inofensivo. Y ahí seguirá hasta que ya no le queden amigos con los que cantar.