DON QUIJOTE A PIE

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE/
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Casi doscientas obras se han escrito en España a partir del Quijote: desde «Las bodas de Camacho» de Pablo Esteve, que descubre el valor «musical» de Cervantes en el tardío año de 1784, hasta las más recientes partituras de Igoa, Marco, Zárate, De la Cruz, Fernández Guerra, Sotelo o Yagüe, entre otros, que en aluvión se están añadiendo a la conmemoración del 400º aniversario de la primera edición de la obra. Al hilo de esta misma celebración, la Orquesta Nacional ha organizado dos conciertos extraordinarios que se amplían con otras incursiones quijotescas incluidas en temporada. Plato fuerte de estos programas han sido las selecciones sobre las óperas de Cristóbal Halffter y José Luis Turina, interpretadas respectivamente en cada una de las jornadas del ciclo.

Don Quijote ha salido del foso, de manera que al «D.Q. (Don Quijote en Barcelona)» de Turina se ha querido unir un resumen del famoso «Don Quichotte» de Massenet. Pero, claro, no todo es poner voluntad para juntar, por mucho que sea entre iguales. El programa resultó largo y grueso, demasiado brillante y tenaz, quizá elevado de volumen por acción del dinámico ejercicio de nerviosa inquietud demostrada por el maestro José Ramón Encinar, capaz, eso sí, de mantener a la Orquesta Nacional despierta durante las dos horas en las que, pletórica, se desenvolvió entusiasta cual desfacedor de entuertos. Porque el interés del concierto había de centrarse en la obra de Turina, pues era la primera vez que se escuchaba en Madrid algo de esta partitura estrenada en el Liceo de Barcelona con realización visual de La Fura dels Baus. Y, así, se adivinó la bondad de una obra que juguetea con la realización de Cervantes; que parodia género, argumento y acción con una música de inquebrantable solidez, y que puesta en concierto abruma por su dimensión orquestal. Pero, ¿es deseo del autor que las voces se subsuman en la vorágine instrumental como si de un remedo del gran Strauss se tratase? El caso es que, tal y como se ha presentado, «D. Q.» clama por volver al foso, librarse de innecesarios compañeros, y hacerse entender con el solo alarde de su ingeniosa inteligencia.