Maurizio Pollini
Maurizio Pollini - ABC
CRÍTICA DE ÓPERA

Pollini y su alrededor

Su vuelta al madrileño ciclo de grandes de Scherzo ha sido un acontecimiento

Alberto González Lapuente
MadridActualizado:

Poco a poco, Maurizio Pollini va distanciando sus actuaciones, aunque se mantiene fiel a algunos lugares de referencia como Salzburgo y Lucerna donde este año interpretará a Schoenberg y Nono, además de Beethoven. Por eso, su vuelta al madrileño ciclo de grandes de Scherzo ha sido un acontecimiento. Se nota en el ambiente previo al concierto y en el rumor de opiniones que se escuchan una vez acabado, mientras se forma una larga cola de espectadores a la espera de una firma. Pollini significa expectación, pero también duda, incertidumbre. Sobre todo ahora que el resultado de sus actuaciones no solo depende de la inspiración del día (siempre imprevisible) sino de la calidad de una técnica que ha sido formidable e infalible.

Concluido el recital y como segunda propina se enfrentó al undécimo estudio del opus 25 chopiniano. No había necesidad de hacerlo, pues nada tenía que demostrar. Pero al hilo de los últimos aplausos, Pollini apareció dispuesto a luchar (y nunca mejor dicho) y sacar adelante la obra. Era fácil entender que ante el piano no estaba el intérprete que hizo fama hace casi cincuenta años con aquella grabación de los estudios completos que dejó a todos atónitos por su fuerza y rotundidad. Quizá, el abordar la obra era un gesto de orgullo, o simplemente una manera de explicar que su alarde interpretativo es ahora distinto.

El primer libro de preludios de Debussy había dejado un rastro importante, particularmente tras «De pas sur la neige» cuando todo se sucedió con sutil continuidad. Pocos como Pollini han sabido transmitir la capacidad abstracta de cualquier música; pocos han convertido el concierto en un ritual de exactitud, celo y severa contundencia. Paradójicamente, el exhibicionismo nunca fue su mejor arma. Más ahora, cuando Chopin suena tan enmascarado, cuando el gesto se ha vuelto tan prudente, cercano al teclado, lejano a todo riesgo, algo divagante, generador de un sonido denso y por momentos complejo. Extraño, incluso, ante los primeros nocturnos del opus 62; perezoso ante la polonesa, opus 44. Tan increíblemente milagroso frente a la «Berceuse», opus 57. que apenas sonaron unas pocas notas y ya se miraba al cielo. Todo un destello de maestría.