La ópera cumple cuatrocientos años

El 24 de febrero de 1607, se estrenaba en el palacio del duque de Mantua, en Italia, «La favola d´Orfeo», una pieza musical escrita por Claudio Monteverdi sobre libreto de Alessandro Striggio. Aquel

J. B. MADRID.
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El 24 de febrero de 1607, se estrenaba en el palacio del duque de Mantua, en Italia, «La favola d´Orfeo», una pieza musical escrita por Claudio Monteverdi sobre libreto de Alessandro Striggio. Aquel día, según la mayoría de los historiadores musicales, nació la ópera. Unos años antes ya habían visto la luz obras que pueden denominarse como la prehistoria del género, pero la «favola in musica» de Monteverdi es, por grandeza y trascendencia artística, la primera gran ópera de la historia.

Pocos años antes del estreno de «Orfeo», un grupo de poetas y músicos de Florencia se reunían habitualmente en casa de Jacopi Corsi y Giovanni di Bardi; en estas reuniones nació la Camerata Florentina; entre ellos se encontraban Vincenzo Galilei (padre de Galileo), Jacopo Peri, Giulio Caccini, Emilio de Cavalieri u Ottavio Rinuccini. En estas reuniones se hablaba de arte, de música, de teatro... Y uno de sus propósitos era revitalizar el teatro clásico griego y romano. La idea era dotar de música a los dramas, pero dando a las palabras su importancia, y no forzándolas como hacía a menudo la música contrapuntística. «Basándose en la monodia -ha escrito José María Martín Triana-, crean el stile rappresentativo, cuya esencia la constituye el recitativo: línea vocal entonada de modo declamatorio y libre, y apoyada en un sencillo acompañamiento instrumental (recitativo secco)».

«Principios fundacionales»

Tras estos «principios fundacionales» -esencialmente, ponía el acento en el drama por encima de la música, y establecía que el canto era una forma de dar rienda suelta a los sentimientos-, nacieron las primeras obras que los ponían en práctica. «Dafne», de Jacopo Peri y libreto de Ottavio Rinuccini, se estrenó en Florencia en 1597, aunque no se conserva el original. Los mismos autores escribirían tres años después, para las bodas de Maria de Medicis y Enrique IV, «Euridice», y en 1602 Giulio Caccini pondría también música (algunos fragmentos de la obra de Peri ya eran suyos) al libreto de Rinuccini sobre «Euridice».

A la boda de Maria de Medicis y Enrique IV y al estreno de la obra de Peri asistió el duque de Mantua, que no quiso quedarse atrás y encargó a Claudio Monteverdi, que entonces era músico de la Corte del duque. El libreto lo escribió Alessandro Striggio, que era diplomático y músico.

Fanfarria

«Orfeo» cuenta con cinco actos y un prólogo. Una de las novedades de la obra de Monteverdi está ya en su obertura, una fanfarria en Do mayor de quince compases que se interpretaba tres veces para llamar a los espectadores (Monteverdi la usaría después en sus Vísperas, en 1610). La obra, en la que la Música se convertirá en narradora, arranca con la boda de Orfeo y Euridice, con ninfas y pastores como testigos; en el segundo acto, y mientras canta a la Naturaleza, Orfeo es interrumpido por la Mensajera, que le trae la noticia de la muerte de Euridice, provocada por una mordedura de una serpiente. Orfeo, entonces, acompañado por Esperanza, decide descender a los infiernos en busca de Euridice. Adormeciéndole con su canto, Orfeo sortea a Caronte, que quiere impedirle la entrada en los infiernos. Allí, logra que Plutón y Proserpina permitan la vuelta de Euridice a la tierra, con la condición de que Orfeo no vuelva a mirarla. Sin embargo, éste no consigue dominar su ansiedad y se gira para asegurarse de que Euridice le sigue, con lo que ella regresa a los infiernos. Desolado, Orfeo canta su soledad y su desesperación, pero recibe el consuelo de Apolo, que le promete la inmortalidad junto a Euridice.

Una de las claves para el éxito de Monteverdi fue la adaptación a la ópera, un género nuevo, de las formas tradicionales; así, hay en «Orfeo» mucho de sus madrigales, que ya le habían concedido notoriedad. Sus melodías son extraordinarias -y siempre están al servicio de la palabra-, incluye danzas y hay incluso un anticipo (aunque lejano) del «leit motiv» que posteriormente emplearía Richard Wagner. «Sus personajes -dice Martín Triana- se ven caracterizados musicalmente hasta el punto de poder ser reconocidos por estas mismas expresiones, rasgo éste que, por desgracia, sus seguidores en el género no volverían a incorporar hasta pasado bastante tiempo. En sus óperas se anuncian ya los estilos bufo y belcantista del siglo XVIII. Lo más admirable de Claudio Monteverdi, sin embargo, es la economía de medios con que, con unos cuantos compases, es capaz de caracterizar a sus personajes, pintar un ambiente o encarnar un estado de ánimo determinado».

También la nutrida orquestación -cuarenta músicos- es una de las características más significativas de la obra, que cumplía además los requisitos obligatorios de la época, entre ellos el final feliz («lieto fine»). El crítico británico Robin May escribió que «Orfeo» «hizo por la ópera lo que el «Tamburlaine the Great» (Tamburlán el grande) hizo por el drama isabelino, por más que Marlowe careciese de la apasionada humanidad de Shakespeare y de Monteverdi».

Años más tarde, ya compuestas otras óperas, y en contestación a una sugerencia de Alessandro Striggio, que le proponía un libreto titulado «Le nozze di Tetide», escribía Monteverdi: «¿Cómo podría yo imitar el lenguaje de los vientos, si no hablan? Y en esas condiciones, ¿cómo podría mover los afectos? «Ariadna» me conducía a un justo lamento y «Orfeo» a un justo ruego, pero esta fábula, ¿a qué puede llevar?». Con estas palabras explicó Monteverdi la finalidad del nuevo arte del canto, donde éste sirve únicamente como transmisor de emociones.

De Florencia y Mantua, la recién nacida ópera se trasladaría a Venecia. Allí se inauguró en 1637 la primera sala pública dedicada al género, el teatro San Cassiano. El público, cuenta May, «solían componerlo grupos selectos de la nobleza y del clero». La ópera caló pronto en los venecianos, y a comienzos del siglo XVIII ya había en la ciudad dieciséis salas. Antes, en 1651, ya había llegado a Nápoles, y enseguida se trasladó a toda Italia y, desde allí, se extendió por toda Europa, especialmente Francia, Alemania e Inglaterra.

La historia es ya más conocida a partir de entonces. Compositores como Lully, Rameau, Haendel, Purcell, Pergolesi o Gluck, anticiparon el trabajo de Wolfgang Amadeus Mozart, el genio que revolucionaría la historia no sólo de la ópera sino de la música. Tras el compositor salzburgués, que abre las puertas a una nueva era de la ópera, destacan en el género en el siglo XIV, una época de esplendor, músicos como Rossini, Bellini, Donizetti o Verdi, en Italia; Wagner, en Alemania, Meyerbeer, Gounod, Berlioz, Bizet o Massenet, en Francia; y Chaikovski o Musorgski, en Rusia. Ya en el siglo XX, sobresalen los nombres de Puccini, Strauss, Berg, Janacek, Britten, Henze o el recientemente desaparecido Menotti. Todos ellos son herederos de un arte que cumple estos días cuatrocientos años.

Sin alcanzar la popularidad que tuvo durante el siglo XIX en Italia, la ópera cuenta hoy en día con unpúblico muy numeroso y está lejos de ser el espectáculo elitista que fue a mediados del siglo pasado (aunque, no nos engañemos, nunca conseguirá llegar a ser «popular»). La aparición, primero, del disco, que ayudó a llevar a las casas las grandes obras, servidas por grandes batutas y grandes voces (la colección que ABC inicia el próximo domingo es un ejemplo de ello); y la posterior llegada de la televisión y el vídeo, han servido para que el público más «profano» conozca las principales obras a través de magníficos espectáculos y de grandes producciones -ése es uno de los signos de la ópera hoy en día, la magnificencia de las puestas en escena-. La creciente teatralidad de las propuestas ha ayudado también a una mayor comunicación con el público aunque, a pesar de todo, la voz siga siendo la reina de la ópera.