Bob Dylan en Forest Hills
Bob Dylan en Forest Hills - ABC

Newport y Forest Hills, mito y realidad del abucheo al Dylan eléctrico

La crónica sesgada que Greil Marcus escribió sobre su actuación en el festival folkie desató un clima hostil hacia el artista de Duluth, pero el 28 de agosto de 1965 saboreó la venganza con uno de los mejores conciertos de su carrera

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La historia oficial es bien conocida: el 25 de julio de 1965 Bob Dylan subió al escenario del festival de Newport, y por primera vez en su carrera tocó con guitarra eléctrica en lugar de acústica, desatando la ira de una hinchada folkie que abucheó su actuación sin compasión. Aquella pitada tuvo consecuencias virales, ya que se repitió durante todo un año en muchos de sus conciertos y se extendió hasta el extranjero (en un disco en directo grabado en su gira inglesa quedó registrado un grito de «¡Judas!» lanzado desde el público del Free Trade Hall de Manchester), hasta que los «haters» finalmente asumieron el cambio. O se aburrieron de abuchear.

Queda claro qué sucedió después de Newport. Pero habría que revisar qué sucedió en Newport. Porque quizá se trate de un caso de fake-new analógica que trajo a Dylan por la calle de la amargura durante toda una gira.

En el festival de Newport de 1965 actuaba más de medio centenar de artistas incluyendo a Joan Baez, Maybelle Carter, Mississippi John Hurt, Peter, Paul & Mary, Son House, Lightining Hopkins, el Reverendo Gary Davis, Bill Monroe o Pete Seeger. El cuarto día de conciertos, al llegar el turno del autor de «Blowin' in the wind», la organización del festival se dio cuenta de que no se habían seguido bien los horarios y pidió a Peter Yarrow (de Peter, Paul & Mary) que presentase a Dylan anunciando que su recital tenía que ser un visto y no visto. Cuando Yarrow subió a las tablas y dijo al público que Dylan tenía «un tiempo muy limitado», comenzaron los pitos y abucheos. Instantes después, Dylan y su banda arrancaron su concierto y el sonido no pudo ser peor. Los amplificadores emitían notas excesivamente reverberadas y a un volumen ensordecedor que hacía poco inteligible lo que se ejecutaba desde el escenario, lo cual terminó de enfurecer a la audiencia. Los abucheos fueron en aumento durante el breve repertorio, y a los quince minutos de empezar, Dylan ordenó a los suyos recoger y marcharse.

¿Fue realmente la guitarra eléctrica lo que molestó al público de Newport? Varios testigos presenciales aseguran que no. El teclista Al Kooper, por entonces recién reclutado por Dylan, aseguró años más tarde que «la razón por la que nos abuchearon fue porque tocamos solo quince minutos, cuando el resto de artistas tocó cuarenta y cinco, o una hora. La gente se sintió estafada. ¿No se sentiría así cualquiera? Les importaba una mierda que tocáramos enchufados, sólo querían más». Efectivamente, querían más. Cuando terminó el recital, Peter Yarrow trató de apaciguar a la multitud y pidió a Dylan que volviera al escenario para hacer un par de bises en solitario. Él accedió, y cuando se dio cuenta de que no tenía armónica pidió una al público, que respondió arrojando una docena a las tablas. Unos minutos más tarde, era despedido con aplausos.

«Lo del abucheo por tocar guitarra eléctrica es un mito», aseguró en su momento Bruce Jackson, uno de los organizadores del festival, que lógicamente estuvo presente la noche de autos. «El público se sintió frustrado por la escasa duración del show y por la mala calidad del sonido. No tuvo nada que ver con estar electrificado o no». Lo mismo apuntó Pete Seeger, que fue protagonista de otro mito nacido aquella velada, según el cual estuvo a punto de cortar con un hacha los cables de la banda de Dylan por su deslealtad al folk. Él mismo lo desmintió, asegurando que lo que hizo en realidad fue intentar bajar el volumen para reducir la distorsión.

Si otorgamos credibilidad a todos estos testimonios, la conclusión es que el causante del bulo fue otro personaje esencial de la escena musical de los años sesenta, que también estuvo allí ese fin de semana: el crítico Greil Marcus. En su crónica describió la situación de la siguiente manera: «Había enfado, furia, había aplausos y silencio, pero había una gran sensación de traición. Como si algo precioso y delicado fuera zarandeado y estampado contra el suelo. Como si la delicada flor del folk, el incalculable legado de los empobrecidos granjeros negros y los desamparados mineros blancos, estuviese siendo parodiado por un dandy con una estridente guitarra eléctrica para ganar una pasta como estrella del pop explotando lo que descubrió gracias a los pobres». Sin duda un relato sesgado e impostado, motivado quizá por inquina personal, y que ni siquiera recoge manifestaciones o declaraciones del público que lo corroboren (sólo el periodista Paul Nelson aseguró haber escuchado gritos de «¡tira esa guitarra!», que igualmente podían deberse a su mal sonido). Probablemente Marcus se sumergió en una charca de pedantería indignada, y de forma ególatra asumió que el resto de ranas croaban por lo mismo que él. En cualquier caso, su crónica creó opinión y generó un clima terriblemente hostil hacia Dylan.

Así, el odio folkie atizado por Marcus se manifestó en todo su esplendor en su siguiente concierto, el 28 de agosto de 1965 en el pabellón de tenis Forest Hills de Nueva York. Allí estaba el periodista Robert Shelton, que sí reportó gritos del público con un mensaje muy concreto en su crónica para el New York Times. «Dylan comenzó con un set de siete canciones de folk, y después volvió con un cuarteto de rock'n'roll excelente. Fue entonces cuando algunos jóvenes empezaron a abuchear y a protestar repitiendo una y otra vez, '¡queremos al antiguo Dylan! ¡queremos al antiguo Dylan!».

Dylan se revolvió, dio un par de órdenes a su banda e imprimieron más y más fuerza a su música de forma que el concierto se convirtió en una lucha por ver quién se hacía oír más alto. Poco a poco, el griterío de los manipulados talibanes del folk fue remitiendo y Dylan tuvo su venganza: según los estudiosos de su trayectoria, aquel concierto fue uno de los mejores de toda su carrera. Y afortunadamente, Shelton supo verlo en ese preciso instante: «La actitud infantil de esa parte del público fue cediendo y cediendo, hasta que se vieron a sí mismos coreando 'Like a Rolling Stone' como posesos. Queda demostrado que la hostilidad a veces brota simplemente porque algo no nos es familiar».