Imagen de un concierto de 091 en la discoteca Joy Eslava
Imagen de un concierto de 091 en la discoteca Joy Eslava - Óscar del Pozo

Músicos contra salas: la batalla «imposible» por vivir de los conciertos

Por primera vez la recaudación de los macrofestivales supera a la de los locales de toda la vida. ABC charla con los protagonistas de una red imprescindible para que surjan y se desarrollen nuevos talentos

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Josele Santiago, líder de Los Enemigos, en noviembre del año pasado: «Tocar es muy complicado, y no solo para los chavales que empiezan. También para mí. Yo les digo a los garitos: "Oye, quédate con la barra y yo me quedo con la taquilla, como se ha hecho toda la vida". Pero no». David Novaes, dueño de la salas Siroco y El Sol de Madrid: «Es que ahora es imposible que vivamos solo de programar. Los conciertos por sí solos no son lo suficientemente rentables como para mantener los locales abiertos. No conozco a ninguno que lo haga». Entretanto, la cultura de festivales se robustece como si fuera un arrollador Hulk de tonos Heineken, una opción de mercado que actualmente está «más fuerte y sana que nunca», en palabras del director del Madcool, Javier Arnáiz.

Ángel Viejo, propietario de Galileo Galilei
Ángel Viejo, propietario de Galileo Galilei- ÓSCAR DEL POZO

«A nivel de creatividad estamos en un buen momento. Hay más bandas que nunca, pero el sector no ha crecido tanto como los festivales. Uno de los retos que tenemos las salas es renovar al público, puesto que la gente más joven se está educando musicalmente en esos festivales», añade Novaes. Según el Anuario de las Artes Escénicas, Musicales y Audiovisuales presentado el pasado jueves por la SGAE, el número de asistentes a los conciertos ha crecido un 4,9% y la recaudación un 10,5% en 2017. Estas cifras, sin embargo, incluyen a los macrofestivales, que el año pasado recaudaron 173,1 millones de euros, un 854% más que hace una década, cuando ingresaron poco más de 20 millones. De hecho, si atendemos a la cifra de conciertos, observamos que estos han descendido un 36,6% desde 2008, y la de espectadores en salas, un 38,1%. ¿Qué ha ocurrido entonces? ¿Ya no son las salas el pilar fundamental de la música popular en España? «Si queremos que haya un tejido musical de grupos que no mueran en el intento, hay que cuidar a los pequeños locales y facilitar que los grupos se muevan, crezcan y maduren en ellas», advierte Miren Iza, líder de Tulsa, convencida de que este sector no ha sabido reaccionar al auge de estos macroeventos repletos de estrellas y marcas publicitarias: «Y eso nos mata, tanto a las salas como a los músicos».

El papel de las pequeñas y medianas salas como activo cultural hace tiempo que se encuentra en una contraproducente encrucijada, y nadie parece ponerse de acuerdo a la hora de tejer e impulsar unas pautas en las que todos los implicados puedan desarrollarse artística y económicamente sin morir en el intento. Por un lado, los dueños y programadores, que reclaman desde hace años un mayor apoyo institucional para poder seguir ofreciendo actuaciones sin arruinarse. Por otro, los artistas, que se quejan de las cada vez peores condiciones que se les imponen para poder actuar. «El problema no son los grupos de éxito, esa escena se cuida sola. Las salas de medio aforo, de 100 a 500 personas, son las que quieren hacernos creer que programan y no es así. Lo que hacen es alquilar, porque sino deberían pagar un caché y encargarse de todo para que la actuación salga adelante. La mayoría de la veces las salas convierten a los grupos en empresarios y estos pierden cientos de euros cada vez que se suben a un escenario. Mucha gente dirá, “¡pues no te subas!”, pero no se trata de eso, porque si no, al final, no haríamos nada. Se trata de construir una escena con más propuestas viables. El modelo de negocio de las salas no tiene nada que ver con la cultura. Ellos la utilizan para hacer pasta, porque en la música hay dinero. Lo que tenemos que hacer es reclamar nuestra parte», defiende el líder de The Secret Society, Pepo Márquez, tras veinte años de carrera y más de una decena de discos, además de haber trabajado para discográficas multinacionales (Universal Music), distribuidoras independientes (PIAS) y haber fundado su propio sello (Gran Derby Records).

Menos conciertos y más caros

Según la SGAE, en la actualidad hay menos conciertos pero son más caros y se recauda más que nunca en los últimos diez años. Hay un factor que lo explica. Este es el primer año que los macrofestivales ingresan más (177 millones) que las actuaciones en locales comerciales (155 millones), aunque no hay que obviar que en estos últimos ha crecido un 4,4% con respecto al año pasado (a pesar del profundo descenso desde 2008). Todas las salas consultadas por ABC insisten en que es «imposible» para ellas vivir de los conciertos. «Mi beneficio no está en las entradas, sino en la bebida. Sin ella habría tenido que cerrar, como le ocurriría a todas las salas. Y con la crisis, solo un 20% de las personas que viene a una actuación consume alguna bebida», reconoce Ángel Viejo, dueño y programador de Galileo Galilei y, hasta hace un año, también de Clamores. Desde hace 30 años tiene las mismas condiciones para los artistas que se suben a su escenario: un 70% de la taquilla para ellos sin pagar alquiler y el 30% para él, además de lo que recauda por las consumiciones. Y recalca que él pone el equipo de sonido, las luces, un técnico, un taquillero, los camareros, etc. «Es normal que una sala quiera cubrir sus gastos para no tener que cerrar. Yo mismo he pensado en dejarlo muchas veces», justifica.

Miren Iza, líder de Tulsa, durante una visita a ABC en 2015
Miren Iza, líder de Tulsa, durante una visita a ABC en 2015- Juan Piedra

David G. Arístegui, portavoz de la Sección de Música de la CNT Artes Gráficas, Comunicación y Espectáculos, cree que el dueño de Galileo «no debería ponerse medallas» por esas condiciones. «Aunque no es tan leonino, en mi mundo el que tiene que hacer la promoción es el dueño de la sala. ¡Por eso la tiene! Es como si me comparas el esclavismo con los latigazos. Hemos perdido la medida. No hay, por ejemplo, ningún tipo de cobertura. Imagínate que un artista tiene un accidente con el coche cuando va su concierto y resulta que no la tiene, porque la sala solo cobra el alquiler o dan el 70% de la taquilla. Es importante evidenciar que no hay ningún tipo de profesionalización en España. Incluso bandas como Toundra, que tienen muchísimo prestigio cuando salen fuera, tienen un segundo trabajo. O Pony Bravo… ¡es alucinante! Esto debe llevarnos a algún tipo de reflexión. Creo que las salas son las que tienen que asumir todo el riesgo como empresas que son, pero ahora se deja todo el peso en las bandas».

Miren Iza, la guipuzcoana al frente de Tulsa —cinco discos y la banda sonora de «Los exiliados románticos», de Jonás Trueba— conoce bien la dificultad de cuadrar gastos e ingresos: «Si vienes desde País Vasco a tocar a Madrid en una sala, tienes que pagar unos 400 euros de alquiler. A veces llega a 1.000 y otras baja hasta 200, pero a eso súmale los gastos de la furgoneta, el peaje de la autopista, la comida y el alojamiento. Si van 50 personas al concierto y cobras 10 euros de entrada, sacas 500 euros. Te da lo justo para pagar el alquiler y alguno de los gastos. eso lo haces una o dos veces, pero a la tercera decides dejar de hacer el idiota».

¿Compartir riesgos por tocar?

«Lo que proponemos es compartir el riesgo», sugiere Armando Ruah, coordinador de la Asociación Estatal de Salas de Música en Directo ( ACCES), que solicita: «Nos gustaría que se reconociera la labor imprescindible que hacen las salas para el desarrollo de nuevos artistas. Esta actividad debería recibir el apoyo de ayuntamientos, comunidades autónomas y entidades de gestión, porque un grupo que empieza no genera ningún ingreso». Xabier Mera, compositor de jazz y vicepresidente de la asociación gallega Músicos Ao Vivo, está en desacuerdo: «Se ha pasado el riesgo a la banda, al más débil de la cadena. Lo que no puede ser es que la precarización vaya de arriba a abajo, que alguien tenga que pagar para trabajar. El alquiler de sala no es el modelo ideal, porque queda muy poco espacio para que una banda pueda desarrollarse de forma autónoma». Y el rapero zaragozano Lone, que lleva subiéndose a los escenarios desde los 13 años, asegura que «lo complicado es encontrar una sala que tenga el equilibrio correcto entre el precio del alquiler y los servicios que ofrece. Yo he tocado en antros que valen 50 euros (para el técnico) y en salas que valen 1500 euros la noche».

Herminia Martínez, coordinadora de « Girando por salas», una iniciativa del INAEM para apoyar a los artistas emergentes montando conciertos, se suma a la propuesta de ACCES: «¿Por qué el riesgo debe correrlo solo la sala y no en común con el grupo? No todas las salas alquilan. Y tampoco debemos olvidar que son negocios privados que cargan con una responsabilidad a nivel cultural demasiado grande. Los propios festivales tienen más ingresos en barra o patrocinadores que en los abonos de los conciertos», reitera. Niko del Hierro, bajista de Saratoga, banda de heavy metal con más de veinte años de exitosa trayectoria, considera que «para los grupos noveles es muy difícil comenzar, hay unos gastos que no puedes cubrir y, por eso, cada vez hay menos músicos. El sistema está raro porque las salas tienen trabajando a gente y si van diez personas de público...», reflexiona. «Lo que yo no veo bien tampoco es pagar por tocar», añade.

Para explicar la problemática a la que se enfrentan los programadores de las pequeñas y medianas salas de España, Martínez plantea otro escenario hipotético: «Un grupo congrega a quince personas, de los cuales se toman como mucho dos tercios cada una en todo el concierto. Si el grupo es poco conocido, la entrada no debería superar los 5 euros, lo que suma 75 euros. Con ese dinero no se paga ni a la persona de taquilla ni al técnico de sonido. Y con lo que se saca de la bebida casi no da ni para pagar al camarero ni la luz que consumes para que estén fresquitas. A eso suma el sueldo del programador y la comunicación. Descaradamente no salen las cuentas. ¿Debe perder dinero la sala para que un grupo poco conocido toque? Por eso existe el modelo de “paga algo por usar la sala” y, a partir de cierta taquilla, vamos a porcentaje. Eso sí es justo, porque después de cubrir los gastos ganamos todos». Mera, representante de los músicos gallegos, habla de «involución» en los últimos diez o quince años, puesto que se ha pasado de tener un caché a pagar un alquiler. Y plantea otro escenario: «Hay cosas absurdas, imagina que tienes a camareros en la barra y, si no va gente, les toca pagar a ellos. Hay que repensar esta relación entre promotor y artista».

Escasa unión entre los músicos

Albert Guardia, batería de Nueva Vulcano y fundador del sello y promotora de conciertos La Castanya, que celebra este mes su décimo aniversario, encuentra un gran vacío en el hecho de que «nunca haya habido un gremio de músicos, todo el mundo haya ido a lo suyo. Es un sector muy informal. Si le pides al músico que te haga una factura, le da un patatús. Toda esa informalidad es también un problema, porque genera mucha precariedad y hace que sea muy difícil seguir adelante. No puedo negar que Nueva Vulcano haya tenido que pagar a una sala comercial después de tocar», dice.

Sergi Egea, por su parte, pone en valor los «ricos» espacios autogestionados que han ido surgiendo a lo ancho y largo del país, como el El Pumarejo de Barcelona. Lo hace, incluso, siendo uno de los gerentes y fundadores de la sala Vol, antigua BeGood, en la Ciudad Condal. «Estos espacios surgen más allá del posible beneficio económico y sin ánimo de lucro. Nacen por la necesidad de que las bandas toquen y por la carencia de espacios comerciales o el hecho de que la banda tenga que asumir las tareas de los programadores. Si voy a hacer eso igualmente, mejor hacerlo sin pagar un alquiler». Pero inmediatamente después reconoce que sus socios y él tienen que cobrar, en algunas ocasiones, un alquiler de alrededor de 200 euros, ya que el local en sí, subraya, es deficitario. «Con ese alquiler no cubrimos los gastos de la noche: solamente un técnico de sonido, la taquilla y la seguridad ya cuesta eso. Tendríamos que cobrar el doble, pero decidimos esa cantidad mínima para promover el tejido local de bandas. Y la tarea de promoción nos la repartimos entre nosotros. Abrir un día nos cuesta más de 500 euros, a lo que hay que sumar los gastos de la SGAE. Nuestras entradas cuestan entre 6 y 15 euros y vienen una media de 95 personas por concierto. A partir de esa cifra de espectadores es cuando empezamos a ganar algo dinero y, lo cierto, es que los socios no podemos vivir solo de eso. Hacemos otras actividades también relacionadas con la música, como talleres en escuelas».

Maireke Philipp, bajista de Rizoma y programadora de conciertos, hace mención a la «escena sumergente», es decir «a gente que no quiere emerger a ningún sitio o que hace música muy marciana y que no tienen un público másivo ni son muy conocidos. Según mi opinión ese mundillo es el que realmente da la vida al paisaje cultural de una ciudad y los que menos dinero ganan con lo que hacen. Tenemos nuestras cuatro o cinco salas que nos caen bien, que tienen un sonido decente y un alquiler más o menos razonable. Vamos, el DIY de toda la vida. Pero faltan sitios en Madrid para montar conciertos en condiciones decentes, es decir con buen sonido que permite volumen y un alquiler que no te quite toda la taquilla», aporta y coincide esta agitadora cultural.

(In)Seguridad social

En Santiago de Compostela, el pasado mayo, la confusa situación legal de este sector desencadenó titulares con tintes de otra época: « La música en directo, prohibida», decían. «Aquí se aprobó una nueva ley de carácter autonómico. Había tal desconocimiento sobre lo que implicaba que los programadores, incluso, dejaron de programar», cuenta el vicepresidente de Músicos ao vivo. Y es que cada comunidad tiene sus leyes y ayudas, algo que es «bizarro», en opinión de la coordinadora de «Girando por salas». Mera y su institución denuncian con enfasis otro aspecto siempre reivindicado: «La baja seguridad y escasa regularización con la que trabajamos. La ley es muy clara, el promotor es el responsable de dar el alta en la Seguridad Social». Desde la parte de las salas, Ruah reconoce que «es el tema que más preocupa de a toda la cadena del sector. El sistema actual de la Seguridad Social con respecto a este tema está obsoleto ya que se rige por una ley que nunca fue desarrollada de 1985. Hay que tener en cuenta muchos factores: la intermitencia en el trabajo de los músicos, valorar qué músicos son profesionales o amateurs… Insistimos en que las nuevas bandas no generan ventas en taquilla y que las salas, que no reciben ningún tipo de ayudas, no pueden soportar este gasto tal y como está estipulado en estos momentos».

El aumento del IVA cultural del 10% al 21%, la ley de tabaco (al terminar un concierto la gente sale a fumar y no vuelve), la prohibición de que los menores vayan a los conciertos y la crisis que bajó el consumo de ocio son, además, otros de los problemas a los que se han enfrentado y se enfrentan las salas de pequeño y mediano aforo y que, con todo, lograron ofrecer miles de conciertos sin casi ayudas públicas. Según el informe de ACESS, en 2015, la tarta de sus ingresos se dividía así: 39% de venta de entradas, 59% de barra y cáterin, 1% de subvenciones y un 1% de otros recursos. En las 2000 salas de conciertos europeos bajo el paraguas de Live DMA los porcentajes fueron: 27% de venta de entradas, 18% de barras y cáterin, 35% de subvenciones y 20% de otros recursos. En Francia, por ejemplo, los locales reciben un 58% de ayudas públicas para fomentar la música en directo, en Bélgica un 39%, en Dinamarca un 35% o en Alemania un 8%.

«En Francia si demuestras que eres músico a tiempo completo te pagan un subsidio para que puedas sostenerte en las épocas en las que no puedes tocar, ya que estás generando un disco», dice Iza. Martínez, antes que nada, apunta que analizar el sector hay que saber que partimos de un país «donde las ayudas públicas a grupos emergentes son pocas o puntuales» y, por eso, recalca que «no se puede volcar en negocios privados toda la responsabilidad de crecimiento». Iza apunta otro modelo: «En Nueva York, en bares y salas pequeñas, están preparados y abiertos de manera constante para los músicos. No te cobran nada, tampoco te pagan, pero tienen un equipo y un técnico siempre preparado, por tanto puedes formarte como espectadora y como músico. Puedes tocar todo el año si quieres. Y la gente suele dar generosas propinas».

¿McDonald's o restaurante de barrio?

El descenso de asistencia a los conciertos de los últimos diez años es el aspecto más preocupante, evidentemente. La crisis ha hecho mella y el personal se está decantando cada vez más por los festivales. Por otro lado, los grupos emergentes están casi naturalmente obligados a tirar de familiares y conocidos en sus conciertos por la falta de hábito y circuito. «La sobreprogramación también. Y falta un público que sea consciente de lo que valen las cosas. En Galicia hay un modelo de política cultural nefasta que tiene que ver con la gratuidad de la cultura. Es muy perjudicial porque genera una idea en la población de que pagar una entrada no merece la pena», suma Mera. La líder de Tulsa considera que también es «un tema de educación y cultura» al señalar que «las salas que funcionan tienen a alguien con gusto al frente, como Torgal, en Ourense, y El 21 de Huesca». El frontman de Los Manlys, el joven Miguel Canal, cree que «falta cultura de sala. La gente no se asoma a ver qué ponen en un garito y menos pagando. Y luego las salas quieren asegurar una caja (normal) y muchas veces las condiciones son difícilmente asequibles». Lone apunta a otro flanco: «El problema radica más en la masificación de festivales con carteles que se repiten hasta la saciedad, que no ofrecen nada nuevo ni aportan algo alternativo culturalmente hablando. Eso mata mucho al concierto en sala, porque por 30 euros puedes ver 20 grupos. Yo lo comparo con el Mcdonalds y un restaurante de barrio».

Una de los aspectos que más lamenta Pepo Márquez y la mayoría de los músicos implicados en este reportaje, es que «en España haya muy poca gente que apoye la música por la música. Que tenga la conciencia de que es importante para el funcionamiento del organismo cultural de una sociedad. La música tiene que existir a pesar de la hojas de excel donde aparecen los beneficios y las pérdidas». Pero eso, en este sector que se resquebraja, parece complicado: «Una de las experiencias más humillantes de mi carrera musical la viví en una sala de madrid, en 2015, cuando después del concierto vino el dueño diciendo que le teníamos que dar 50 euros porque solo habían venido veinte personas. Tuve que apoquinar y me pareció horrible», comenta el exbajista de Insanity Wave, Colman Gota, que se encuentra estos días grabando su cuarto disco en solitario en Estados Unidos a las órdenes de Mitch Easter (REM, Pavement, The Posies).