Música para oír y ver

El autor repasa la historia de la música clásica siguiendo los pasos de la colección definitiva de ABC y Deutsche Grammophon

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TEXTO: ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE FOTOS: ABC

MADRID. «La historia de la música a través del ojo y el oído». El reclamo publicitario se puso de moda a finales de los 50, en una época en la que tomaba un auge espectacular la promoción discográfica. También se consolidaba el siempre rentable espíritu comercial del aprendizaje sin esfuerzo que, desde entonces, no ha dejado de animar muchas campañas de ventas de propósito cultural. Y pese a esto último, hay que decir que era una publicidad sin trampa o, al menos, con la mínima. La perfección de la técnica de grabación y la contratación de unos intérpretes de muy primera fila fueron entonces un aval que al cabo de los años se ha convertido en una herencia sonora de primer orden.

Por todo ello hay que reconocer que los años dorados de la discografía, que como los del cine siempre se tiñen de una entrañable añoranza, nos dejaron el testimonio de muchas interpretaciones musicales que aún hoy siguen sorprendiendo por su perfección estilística y finura técnica. Inevitablemente, un buen puñado de ellas quedaron rubricadas por el sello amarillo de la Deutsche Grammophon, y no pocas están presentes en esta colección en la que se recoge el trabajo de muchos grandes de la interpretación musical, desde aquellos años de entusiasmo y seguridad hasta estos días de insatisfechas indagaciones.

De Vivaldi, Bach y Haendel a Bartók, Stravinski y Shostakovich, o lo que es lo mismo, del barroco italiano a las primeras convulsiones musicales del siglo XX, modernidad rusa incluida. Todo ello está contemplado en las cuarenta entregas de dos discos cada una, ochenta en total, ordenadas de manera cronológica y en las que no han de faltar la música de cámara, el género sinfónico y la ópera. Esta última con la singularidad de ofrecer cinco títulos en versión íntegra, algunos de ellos verdaderos hitos de la discografía: «La flauta mágica» dirigida por Karl Böhm, «El barbero de Sevilla» de Berganza y Abbado, «La Traviata» a cargo de Studer, Pavarotti y Levine, «Carmen» con Berganza de nuevo y Domingo, y la «Tosca» de Ricciarelli, Carreras y Karajan, además de fragmentos de «Tannhäuser» con Domingo, Studer, Baltsa y Sinopoli. Muchas de ellas lucen los abundantes premios que adornan a varios discos de la colección, y que van desde el Grammophone Award al Peguin Rosette, el Orphée d´Or, el Grammy, el Grand Prix du Disque, el Cannes Classical Award y otros más cercanos, como los instituidos por las revistas españolas Ritmo o CD Compact.

Interpretación clásica e historicista

Pero, como ya se ha dicho, antes de la ópera está el barroco en interesantes propuestas que miran tanto a la interpretación clásica (Vivaldi/Karajan; Bach/Gavrilov) como a la realizada según presupuestos historicistas (Vivaldi/Pinnock; Bach/Gardiner). Y tras él, el clasicismo con inevitables ejemplos camerísticos (Cuarteto Amadeus) y sinfónicos, de Haydn (Bernstein) y de Mozart (Böhm, Abbado). El siglo XIX se atraviesa con una buena dosis de Beethoven, con varias sinfonías (Karajan) y el estrictamente instrumental de las sonatas para piano y violín (Pollini, Mintz, Menuhin). Schubert, a quien también hay que escuchar desde muchos puntos de vista para comprenderlo en su integridad, asoma con dos sinfonías (Bernstein), alguna obra de cámara (Cuarteto Amadeus), impromptus pianísticos (Barenboim) y los «lieder» de «La bella molinera» (Fischer-Dieskau/Moore). La música orquestal de Berlioz, Mendelssohn y Schumann (Boulez, Chung, Karajan y Richter/Rowicki) y el piano de Chopin y Liszt (Pires, Argerich con Previn y Abbado) son el prólogo para el último romanticismo de Brahms, Bruckner y Mahler (Jochum, Giulini, Karajan y Kubelik).

El guiño a las escuelas nacionales, y por supuesto la música rusa de Chaikovski, Mussorgski y Rimski Korsakov (Maazel, Rostropovich, Pletnev, Järvi), además de los nórdicos Grieg y Sibelius (Karajan), desembocan en el siglo XX. Primero, atendiendo al dulce impresionismo orquestal y pianístico de Debussy (Benedetti Michelangeli), luego al más rectilíneo de Ravel (Argerich, Béroff, Abbado), y por último, con el brillante sinfonismo de Bartók, Stravinski, Prokofiev y Shostakovich (Boulez, Abbado, Rostropovich). Y aún la guinda española, con Falla y Rodrigo (García Navarro) dominados por la intervención solista de varias «referencias» en este repertorio (Berganza, Yepes).