¿UN MUNDO FELIZ?

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ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

Con buena intención, el Festival de Granada de este año había propuesto entre los argumentos de su programación un homenaje a los principios inspiradores de la Constitución europea. Por ello, nada mejor para clausurar el festival que la audición de la «Novena sinfonía» de Beethoven, germen del himno de un continente que aspira a un espíritu común. Luego, las circunstancias han obligado a que los nobles ideales humanísticos que representa este símbolo musical caminen en solitario. Aun así conviene tenerlos presentes, incluso aunque alguien como Daniel Barenboim, paradójicamente tan cercano a la fraternidad, proponga, con motivo de su tercera y última cita granadina, no penetrar demasiado en su mensaje.

Como es de rigor, Barenboim ha triunfado en Granada, pero habría que matizar que lo ha hecho sin convencer, sirviéndose de la música antes que atendiéndola. En su interpretación dejó detalles de poca fortuna, nacidos todos de una inicial amabilidad sonora y de una agradable sucesión de «acontecimientos» musicales que, sin acabar de asentarse, acabaron por desembocar en un final más grandilocuente que sentido. No es buen síntoma ver al maestro desperdiciarse en gestos exhibicionistas, pues al margen de provocar con ellos algunos desajustes en nada contribuyen a una verdadera concentración. Así, la poca sustancia en el juego contrapuntístico del primer movimiento, el «tempo» acelerado en el segundo y el inmediato galope, tan alejado de un verdadero impulso rítmico, la simplicidad con la que se dijeron los largos temas del tercero en un movimiento con poca alma, la forzada manera en la que se propusieron algunos clímax, especialmente el cuarto y el galope de su marcha ayudaron poco a matizar un discurso asentado.

Sobresalió la categoría del cuarteto vocal (Angela Denoke, Michelle DeYoung, Thomas Moser y René Pape), el correcto coro de la Staatsoper berlinesa y la muy dispuesta Staatskapelle de Berlín. Pero es difícil creer que Barenboim no pueda sentir esta obra con mayor profundidad, incluso que dejara perder la oportunidad de dedicar su interpretación, difundida a tantos lugares a través de la radio, a quienes acaban de sufrir las consecuencias de vivir en este mundo que parece feliz. Hubo pocas razones en juego y escasa coherencia musical. También a los grandes hay veces que se les escapa la música por entre los dedos.