Muere el pianista Cecil Taylor, el mago del free jazz

El irrepetible pianista que llevó las fronteras del jazz hasta donde muy pocos músicos han llegado ha fallecido a los 89 años en Nueva York

MADRIDActualizado:

Allá por 1956, Cecil Taylor ya tenía claro que «el jazz no se puede describir exactamente». «Se trata de magia, de capturar espíritus», le comentaba a Nat Hentoff, el respetado crítico de cabeceras como «The Washington Post», «The New Yorker», «Down Beat», «The Village Voice» o «The New York Times». El pianista tenía entonces 27 años y acababa de publicar su primer disco: « Jazz Advance». Desde entonces y hasta su muerte este viernes en Nueva York, a los 89 años, el músico estadounidense dedicó toda su vida a llevar el lenguaje de esta música tan lejos como pudo… hasta un lugar donde pocos han llegado.

Con la marcha de este irrepetible pianista, poeta e intelectual —cuya fama mundial no alcanzó el nivel de su legado—, el jazz dice adiós al último de los «padres» que quedaba vivo de aquello que, a mediados de los 60, se bautizó como «free jazz». Un movimiento que trató de convertir la improvisación más extrema en el motor de la creación del estilo que popularizaron leyendas como Louis Armstrong o Charlie Parker décadas atrás. Y aunque figuras como Charles Mingus y John Coltrane ya habían hecho de las suyas para apartarse de la tradición (y de qué manera), ellos centraron su empeño en echar abajo cualquier estructura o convencionalismo que se hubiera dado.

Ahí estaban Lennie Tristano, Sun Ra y el gran Ornette Coleman, fallecido en 2015, queriendo llevar las cosas más allá, hasta la última y desconocida frontera del jazz. Músicos, aficionados y críticos convinieron en señalar a este último como el mascarón de proa de esta revolución que sacudió la galaxia jazzística en las décadas de 1950 y 1960. Se olvidaban en ocasiones de la importancia de Taylor en esta cruzada, que él comenzó en 1956 con el mencionado debut de título premonitorio («El progreso del jazz», en español), grabado en un sello de nombre no menos profético: Transition.

Con su novedoso lenguaje, el fallecido pianista de Queens (Nueva York) se convirtió en una figura única en la historia del jazz, ya que, a diferencia de sus compañeros de generación, procedía del mundo académico más que de las bandas de blues o be bop. En sus años de aprendizaje estuvo en contacto tanto con la música clásica europea de principios del siglo XX (Stravinsky, Ravel, Debussy), como con la tradición del jazz que encarnaban figuras como Duke Ellington o Fats Waller. Eso fue lo que hizo que sus composiciones fueran tan controvertidas al principio, por su original mezcla de las técnicas del viejo continente con las afroamericanas.

Un estilo en ocasiones inclasificable que el pianista Craig Taborn definió hace poco, en « The New York Times», como aquel que se produciría «si pusiéramos un disco solo de piano de Duke Ellington y soltáramos la aguja del tocadiscos en diferentes lugares». El crítico LeRoi Jones, por su parte, llegó a escribir en su icónico libro «Black Music» (1967): «Hay algunas personas que dicen últimamente que no pueden chasquear los dedos con la música de Cecil. A esas personas solo les puedo decir: tienen algún problema en los dedos»

Pero Taylor no estuvo solo en la batalla. Otros coetáneos buscaron también los límites del jazz a finales de los 50. Ahí estaban Sonny Rollins escapando de los ritmos convencionales, Coltrane dejando volar su imaginación hasta límites insospechados, Thelonious Monk componiendo piezas escuetas y asimétricas y Miles Davis comenzando a marcar el camino que otros muchos seguirían después. Y mientras, nuestro pianista caminando en paralelo, haciendo su propio camino mediante improvisaciones sobre música atonal.

En 1957 actuó en el Newport Jazz Festival (1957) y, un año después, colaboró con el mismísimo Coltrane en «Stereo Drive». Durante los años siguientes experimentó a conciencia. Trataba de capturar a sus espíritus, encontrar la mágica en grabaciones como «Looking Ahead!» (1959), «Unit Structures» (1966) o el considerado unánimemente como uno de los hitos de la historia del free jazz: « Nefertiti, The Beautiful One Has Come» (1962). En estos discos aparecía con algunos músicos que formaron su formación más habitual, la Cecil Taylor Unit: Jimmy Lyons al saxo alto, Buell Niedlinger al contrabajo y Andrew Cyrille a la batería.

A medida que pasaban los años y su prestigio crecía en Europa y Japón, más incluso que en Estados Unidos, Taylor fue optando cada vez más por tocar en solitario. Eso le dio todavía más libertad para estrujar su instrumento y convertir sus actuaciones en algo así como rituales con los que entrar en trance. Lo reflejó bien José Manuel Gómez Gufi en su libro « Tribulaciones de un Dj Flamenco», donde cuenta la actuación del pianista en el homenaje a su amiga Carmen Amaya, en Begur, allá por 1989: «Saltó al escenario vestido de blanco y poseído por el recuerdo de la bailaora. Tras unos minutos de una danza-trance indescriptible, cayó sobre el piano convocando los pies y la furia de Carmen, como un volcán abrasador que lo engullía todo».

Con una técnica única que mezclaba ortodoxia y heterodoxia, tan sofisticada y suave, como brutal, virtuosa y salvaje, Taylor agotó hace tiempo los calificativos de pionero, genio, conquistador, innovador o leyenda. Y hoy ya le rinden homenaje en las redes genios de muy diferente procedencia: desde Dave Holland («Gracias a Cecil Taylor por tu coraje creativo y tu visión inflexible de lo que puede ser la música. Lloramos tu muerte, pero celebramos tu vida»), hasta rockeros contemporáneos como Brian Eno o los miembros de Sonic Youth.