Mudda

Por JOSÉ MANUEL COSTA
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¿Ha oído hablar de la Mudda? No es probable, porque la «Magnificent Union of Digitally Downloading Artists» es algo todavía por nacer. Bajo un nombre que ya indica cierto sentido del humor, Peter Gabriel y Brian Eno pretenden formar esta nueva asociación porque «el entorno digital está cambiando la forma en que se hace música y los artistas necesitan tener una voz propia».

La iniciativa es interesante y llega justo cuando las ventas de CD´s vuelven a subir (en los países sin top-manta), pero cuando las industrias fonográfica y editorial siguen quejándose amargamente y prefieren la represión pura y dura que cambiar sus obsoletos y abusivos modos de actuación.

Según dice Gabriel desde Davos, donde asiste al Foro Económico Internacional, su iniciativa no se dirige contra la industria porque «los músicos son buenos haciendo música, pero no necesariamente en cuestiones de marketing». Por otro lado los músicos no pueden ser los «esclavos de las compañías».

Gabriel, que hace ya tres años inició su servicio OD2 para bajar música de la Red de manera legal, piensa que los músicos deben ser retribuidos por su trabajo pero que, en última instancia, «la industria tendrá que darle al consumidor lo que este pide».

Aunque yo esté en principio contra cualquier tipo de copyright, comprendo que ésta es una postura maximalista. Pero no más que las de quienes desean extender el copyright a minúsculas unidades de música; de quienes encuentran lógico que esos derechos duren ¡setenta! años; de quienes, apoyándose en el copyright, ejercen un monopolio de facto sobre precios y distribución; de quienes sólo entienden la represión contra ciudadanos bastante indefensos como forma de llevar adelante sus argumentos. Entre ambas visiones, hay un mundo por negociar.

Gabriel y Eno son dos artistas respetables y reflexivos. Por ello mismo su idea merece atención. Lo que no pueden hacer los músicos es limitarse a convertirse en corifeos de las proclamas que les dictan las corporaciones o a desentenderse del tema. Es imperioso que los vértices de este triángulo, creadores, distribuidores y consumidores, hablen con su propia voz, tanto en lo local como en lo global. Hasta el momento la política sólo ha escuchado una. No es difícil adivinar cuál.