Montserrat Caballé, ante las cenizas del Liceo barcelonés tras su incendio en 1994
Montserrat Caballé, ante las cenizas del Liceo barcelonés tras su incendio en 1994 - Efe

Montserrat Caballé, la diva que cantó y lloró ante las cenizas del Liceo

La soprano mantuvo toda su vida una estrecha relación con el teatro de su ciudad y donde comenzó sus estudios

BarcelonaActualizado:

En 1941, Montserrat Caballé entró por vez primera en el Conservatorio del Liceo. Tenía tan solo ocho años y ahí estudió hasta cumplir los veintiuno. Entonces, el Conservatorio se comunicaba directamente con el Teatro a través de un pasadizo que los alumnos aprovechaban para colarse en las funciones. La actual directora del centro, María Serrat, recordaba ayer que «Caballé decía que, al escuchar desde el Conservatorio a los grandes cantando en el Teatro, solía repetirse a sí misma: “¡Estudia, Montserrat, estudia, que algún día estarás ahí abajo!”».

Ese fue el inicio de una relación estrecha con el coliseo barcelonés. «El Liceo no sería lo que ha llegado a ser sin la figura de la Caballé», afirmaba ayer el presidente de la Fundación del Gran Teatro del Liceo, Salvador Alemany. El teatro descubrió a la diva el 7 de enero de 1962, cuando estrenó la «Arabella» de Strauss. A finales de los 60 y durante los 70 su agenda de estrella no le dejaba demasiados huecos libres, y el teatro adaptaba a ella su calendario. Entre Navidad y Reyes -días que pasaba con su familia en Barcelona- el Liceo aprovechaba para programar las óperas con sus roles más icónicos.

Fueron años felicísimos para los aficionados a la lírica en Barcelona, ya que podían escoger entre Caballé y Victoria de los Ángeles. Helena Mora, directora de la Fundación Victoria de los Ángeles explicaba ayer que, a pesar de la «leyenda urbana» sobre la mala relación entre ambas artistas, la realidad es que «lo único que había entre ellas era un amor incondicional por la música». «Victoria decía siempre que admiraba el fiato y los pianísimos de Montserrat, y que su Arabella era insuperable», asegura Mora.

En el Liceo, Caballé cantó casi todos sus roles: Aida, la Violetta de «La Traviata», Arabella, Lucrezia Borgia, Rusalka, la Mimì de «La Bohème» y un largó etcérera. Desavenencias artísticas en una producción de «La Walkiria» en 1990 llevaron a un distanciamiento que duró poco: el incendio de 1994 volvió a acercar a la cantante a la institución y su imagen llorando al contemplar las cenizas del que consideraba «su» teatro dio la vuelta al mundo. La reconciliación culminó tras la reconstrucción con la que sería la última ópera escenificada que protagonizaría en el Liceo, en el año 2002: «Henry VIII» de Camille Saint-Saëns.

En aquella producción permanecía a su lado la soprano Begoña Alberdi, que recuerda: «En los ensayos y las representaciones impactaba ver que su nivel de exigencia seguía siendo tan alto como siempre, y antes del estreno incluso se la veía temblar de nervios». La diva sabía que corrían rumores sobre su estado vocal, que aquella noche quedaron disipados. Flores y octavillas donde se leía «Gracias por 40 años de fidelidad» llovieron sobre el escenario al acabar la primera función.

La capilla ardiente de Montserrat Caballé no se instalará en el Liceo por expreso deseo de la cantante de no ser exhibida al morir. Con todo, el teatro ha habilitado un libro de condolencias en el que todos los melómanos que lo deseen podrán dejar un recuerdo para la diva.