Los Rolling Stones desplegaron ayer toda su energía en Bilbao, en su primer concierto en España de la gira 2003 BERNARDO CORRA

El mito de los Rolling Stones se hizo carne y con ellos vibraron 40.000 personas en San Mamés

BILBAO. ÓSCAR CUBILLO
Actualizado:

La tan cacareada variedad del repertorio y la diversidad escenográfica de la gira «Forty Licks» quedaron, al final, en más de lo mismo. De acuerdo en que algunas canciones cambian de lugar en el «set list» de cada recital, y que algunos éxitos se sustituyen por otros al albur del satánico capricho en cada cita, pero es que un concierto de los Stones es lo que es desde hace más de treinta años: electricidad «filonegra» y movimientos olímpicos en estadios de dimensiones imperiales.Así, en San Mamés cayó el grueso de éxitos ansiados; Jagger se mostró como un incansable Peter Pan del blues; Keith Richards arrastró su leyenda crápula con las poses conocidas; Ron Wood y Charlie Watts ejercieron de convidados de piedra, siempre necesarios para que los Stones den sensación de grupo; y los mercenarios sin derecho a salir en las fotos, lejos de ser relegados, obtuvieron especial protagonismo. Fue el caso del teclista Chuck Leavell y de la corista Lisa Fisher, la típica afroamericana de garganta huracanada que con sus baladas puso en éxtasis a los impresionables. Ayer, los casi 40.000 espectadores, la mayoría mucho más jóvenes de lo que cabía esperar. En «la Catedral» se respiraba el ambiente de las ocasiones únicas. Después de tanta propaganda y más que mitificación, deificación, el respetable llegó a la cita con ganas. Los aledaños del estadio estaban más animados que antes de un partido de la máxima rivalidad y reinaba el buen rollo. Los «reventas» especuladores veían hundirse su negocio por culpa de la inesperada salida, a última hora, de gruesos tacos de entradas, y los numerosos mercachifles de «merchandising» pirata, falso y más barato, hacían su agosto.Los Pretenders, de Chrissie Hynde, ofrecieron un set profesional respetado por la afición stoniana. Chrissie, una mujer de armas tomar, se hizo tanto la chula como Keith Richards y brilló con clásicos propios como «Learning To Crawl», coreados por parte del aforo. ¡Lástima que el sonido estuviera corrompido por el eco! En su condición de teloneros, los Pretenders tocaron sin efectos luminosos ni digitales.Luego, las filas se apretaron, las respiraciones se entrecortaron y los cuerpos se estiraron. Aún clareaba el día, con la consiguiente merma de los focos de luz, cuando los Rolling Stones aparecieron en el inmenso tablado. Cerrando la entrada triunfal, el siempre hipercomunicativo «morritos» Jagger, que no se cansa de dar la nota.Los Stones abrieron fuego con el clásico «Brown Sugar», al que siguió el sincopado «Start Me Up», hito que provocó una ebullición inmediata en la caldera de San Mamés. La acústica poseía una limpieza inusual en los colosales conciertos de estadio, y sus «satánicas majestades» cumplieron su papel con un dinamismo que trascendió del geriátrico -actitud propia del que tuvo y retuvo- y una resolución instrumental notable. Bien asesorado, Mick se ganó una cerrada ovación con su «¡Gabon, Bilbao!». La peña coreó como loca la balada «Angie», con el estadio iluminado por miles de mecheros. El vanidoso Jagger cambiaba cada dos por tres un vestuario colorista y brillante, «pret a portet», que escogía de un largo perchero bien disimulado.El vendaval se frenó cuando Mick Jagger hizo mutis por el foro cediendo el micro a Keith Richards. Éste reveló su alma rota con un par de temas de soul cazalloso con garganta frágil. Después, volvió Jagger, hicieron un «Simpatía por el Diablo» con lenguas de fuego que salían del escenario al cielo. A continuación cruzaron la pasarela hasta el pequeño escenario central. Allí los más afortunados les pudieron observar desde muy cerca, y ellos se rindieron a sus raíces blues, recreadas con un sonido más sucio. El broche de oro llegaría con el mítico «Satisfaction», entre el delirio de la multitud, que no tardó en ser impactada con la traca final, el momento más circense del histórico recital.