«Merlín», noche histórica para Albéniz

Anoche el Teatro Real de Madrid vivió una noche histórica. Después de casi un siglo de estar escondida, la partitura de la ópera «Merlín», de Isaac Albéniz, ha subido, por vez primera, a un escenario lírico con un acompañamiento de lujo -cantantes, director de escena y musical- . En todo su esplendor. Las expectativas vertidas en este estreno anoche no fueron defraudadas

Por ANTONIO IGLESIAS
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Gran ópera, cuyo estreno mundial ocurre en nuestro Teatro Real hacia el centenario de su escritura... Noche brillante en el coliseo de la Plaza de Oriente, restricción de los pases, por la afluencia extraordinaria de colegas críticos anunciada y, al final de la memorable jornada operística española, admitiríamos que el autor era ni más ni menos que todo un Isaac Albéniz; éxito merecido que, en primer lugar se tributa a José de Eusebio, por su arduo trabajo restaurador, al que debemos y rendimos testimonio de muy sincera gratitud y admiración. Me corre prisa suscribir que las tantas veces proclamadas influencias wagnerianas en «Merlín» no hube de observarlas en modo alguno; los «leitmotiv» son una cosa y muy distinto que los abundantes temas, quizá sobrepasando la media docena, aparezcan con oportunidad y sabiduría en aras de la unidad conceptual.

A Arbós, nuestro famoso director de orquesta y tanta veces violinista en dúo con Albéniz, pianista, «le sorprendía verle enfrascado años y años, en una trilogía del libretista inglés: un texto que recordaba los de Wagner, con personajes como Merlín, Lancelote y los Caballeros de la Tabla Redonda». Antes de admitir finalmente que  «había supuesto una pérdida de tiempo», él, defensor de un nacionalismo tan convencido como para hacer cambiar la actitud estética de un Joaquín Turina, gracias a la función de anoche, hemos de inclinarnos, rotundamente, hacia la posible influencia de cuanto hacían los compositores franceses sus amigos (los d´ Indy, Chausson y sobre todo, Paul Dukas, al que tanto debe la música española) y nada más lógico que, entre ellos, examinaran sus partituras... Es aquí donde me parece ver la razón del lenguaje admirado a lo largo del primer acto de «Merlín», porque, ya a partir del segundo, aparece un neto Albéniz, brillando con su sentido nacionalismo español que, pronto, cristalizaría en la monumental Suite «Iberia».

Ofrecida la ópera grande (hubieron de retirarse dos filas de butacas para el soporte de la gran orquesta), el estreno de «Merlín» resultó todo un cúmulo de grandiosidades: por una inteligente disposición escénica, bien pensada por John Dew, resuelta y movida, sabia iluminación y figurines que, no por atrevidos, menguaron una excelente adecuación; el ballet de diez parejas, oportuno en sus evoluciones; hemos de detenernos en el admirable resultado de los coros y la orquesta, bajo la naturalmente conocedora y eficaz batuta de José de Eusebio. El reparto de sus figuras, con sultura y presencia en el palco admirable, resultó más encomiable por las voces excelentes del tenor australiano, Stuart Skelton, viviendo un perfecto «Artur», muy seguido por el «Merlín» del barítono inglés, David Wilson-Johnson, sin olvidar el buen «Gawain» de Ángel Rodríguez, tenor madrileño, completándose el lucido elenco con los nombres del bajo norteamericano Stephen Morscheck (templado «Arzobispo de Canterbury»), Víctor García Sierra, Ángel Ódena, Juan Tomás Martínez, Federico Gallar, Eduardo Santamaría con Eva Marton y Carol Vanes, viviendo sus papeles de «Morgan le Fay» y «Nivian», respectivamente.

Abundante la ópera en interludios orquestales y dos extensos preludios, deseo expresar mi cálida admiración, por el acertado «cobijo» dado en la escena, comparable al seguimiento que mi tan estudiado Isaac Albéniz, concedió con genio en el subrayar de un asunto totalmente ininteligible. El éxito grande para todos, merecidísimo.