María Dolores Pradera
María Dolores Pradera - EFE

María Dolores Pradera, la gran dama del teatro y la canción

Falleció a los 93 años en Madrid. Muchos rostros conocidos se acercaron ayer para despedirse al tanatorio de la M-30, donde quedó instalada la capilla ardiente. Sus restos mortales serán incinerados hoy en La Almudena

MadridActualizado:

Si hubiera sido inglesa, hubiera recibido, sin duda, el título de «Dame», igual que otras ilustres colegas suyas. El tópico no es injusto, en este caso: María Dolores Pradera era una gran dama de la interpretación, lo mismo cuando actuaba en el teatro y el cine que cuando cantaba canciones melódicas.

Había nacido en Madrid, en 1926. De niña, vivió en Chile; su padre, asturiano, tenía allí su negocio. A partir de 1943, comenzó a interpretar pequeños papeles. Estuvo casada con el gran Fernando Fernán Gómez, de 1945 a 1957. (Con él tuvo dos hijos, Helena y Fernando). Fue primera actriz en los años cincuenta y sesenta: llegó a interpretar una veintena de películas. En el teatro, su etapa más gloriosa se desarrolló en el Teatro María Guerrero, dirigido entonces por José Luis Alonso Mañes. A partir de los años setenta, se dedicó a la canción. Esto último es lo que más popularidad le granjeó: casi todo el mundo la admira como cantante; muy pocos recordamos su calidad como actriz.

Cuando lo era, ya se comentaba el tono bajo de su voz. Ese mismo tono la singulariza, como cantante. Al comienzo, se decía que recitaba o entonaba, más que cantaba: ésa fue su gran virtud. Algo semejante han hecho otras grandes actrices; por ejemplo, Jeanne Moreau, en la película «Jules et Jim» y algunos discos; o Judy Dench, en la maravillosa «Send in the clowns». Pero lo que en éstas fue algo ocasional, en María Dolores Pradera se convirtió en el fundamento de su popularidad, durante cuatro décadas.

Acompañada por Los Gemelos, se especializó en la canción melódica, «dicha» con gusto exquisito; muchas veces, del gran repertorio hispanoamericano. Cantó a José Alfredo Jiménez, Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra… Logró éxitos mundiales con «La flor de la canela», «Fina estampa» o «Limeña». Como Sinatra, ella no vendía voz sino estilo. Alguna vez dijo que le hubiera gustado cantar a dúo con él pero –añadió, con coquetería– cuando los dos eran jóvenes.

Colaboraciones

Fue la primera cantante española en actuar en el Albert Hall de Londres. Colaboró con Carlos Cano, Joaquín Sabina, Rosana, Los Sabandeños, Víctor Manuel, Alberto Cortez… En 2013, le hicieron un homenaje, en el álbum «Gracias a vosotros», Raphael, Juan Manuel Serrat, Sabina, Miguel Bosé, Miguel Poveda, Aute, Diego el Cigala y Ana Torroja. Su última actuación pública tuvo lugar en la madrileña Plaza de toros de Las Ventas, el 21 de junio de 2013: con Miguel Poveda, cantó, una vez más, «Fina estampa». En el cine, María Dolores Pradera, protagonizó una docena de películas. Entre otras, «Los habitantes de la casa deshabitada» (de Delgrás), «Niebla y sol» (de Forqué), «La danza de los deseos» (de Florián Rey), «Zalacaín el aventurero» (de Orduña)…

Fue, ante todo, una gran actriz de teatro. Su carrera estuvo vinculada al mejor director español de aquellos años (y, probablemente, de todos), José Luis Alonso Mañes. Gracias a él, en pleno franquismo, el Teatro María Guerrero vivió una etapa de nivel extraordinario. En una temporada podíamos ver «El jardín de los cerezos», de Chejov; «El rinoceronte», de Ionesco; «Los intereses creados», de Benavente; «Intermezzo», de Giraudoux… Muy pocas veces –si alguna– ha vivido ese teatro algo semejante. No tenía ya compañía fija, como antes era habitual, pero sí una serie de actores, amigos de José Luis Alonso, que solían coincidir en casi todos los montajes y formaban un conjunto de enorme categoría: José Bódalo, José María Rodero, Antonio Ferrandis, Rosario García Ortega, Lola Cardona, Alfredo Landa, José Vivó… Y María Dolores Pradera, como primera actriz.

Estreno de «Soledad»

Recuerdo especialmente un estreno que ocupa lugar importante en la historia del teatro español, el de «Soledad», de Unamuno. Muchos profesores y críticos han sostenido que hay que recuperar el «teatro de ideas» de Unamuno, sus «drumas», tan alejados de la mediocridad comercial. Sin embargo, hay que reconocer que los textos dramáticos de Unamuno, interesantísimos para el lector y el estudioso, resisten difícilmente la prueba del montaje. De hecho, creo que ésta es la única vez que yo he visto al público profundamente emocionado, en una obra de Unamuno.

Acertó José Luis Alonso al elegir esta obra, tan autobiográfica, que le dio a conocer Alfredo Marqueríe. La dirigió con finura, con sensibilidad. Estrenó el montaje el 12 de noviembre de 1953, en función única, dentro del Teatro de Cámara de Carmen Troitiño, junto con el monólogo «El bello indiferente», de Jean Cocteau, que acudió al estreno. Los protagonistas de «Soledad» fueron María Dolores Pradera y José María Rodero.

La obra alcanzó una repercusión popular grande cuando abrió la temporada oficial del Teatro María Guerrero, el 9 de octubre de 1962, esta vez junto con un sorprendente sainete cómico del propio Unamuno, «La difunta». María Dolores Pradera y José Bódalo alcanzaron un éxito memorable; sobre todo, en una escena final –lo recuerdo bien– muy conmovedora. Escribió José Monleón: «Creo que su última escena es de lo más genial que nos ha sido dado ver en escenarios españoles».

«Una actriz distinta»

¿Cómo era la actriz María Dolores Pradera? Baste con recordar lo que escribió del primer estreno, en ABC, otro inolvidable personaje, Luis Calvo: «Después de haberla visto hoy, siempre tendré yo a María Dolores Pradera por una actriz distinta a todas las actrices de España, y, para mí, mucho más natural, emotiva, sincera y cálida que cualquier otra de las primeras actrices de su edad. ¡Qué dicción tan pura, qué registros tan vibrantes de voz, qué seguridad, qué levedad, qué expresividad patética en el juego de sus manos y en el estilo vaporoso de moverse por la escena, y en la penetración y desmayo de su mirada, que es tan rica en sugestiones como su misma voz y su misma ingrávida figura juvenil!»

Tanto en la escena como en la canción, todos conocemos la sensibilidad, la natural elegancia de María Dolores Pradera. Por debajo de su apariencia delicada, tenía también un carácter fuerte, dramático. Sus amigos, además, han podido disfrutar de su notable sentido del humor… Una gran señora.