Roger Waters, durante el concierto que ofreció en Madrid
Roger Waters, durante el concierto que ofreció en Madrid - EFE

La máquina ucrónica de Roger Waters revive a Pink Floyd en Madrid

El músico británico ofreció un apoteósico concierto en el WiZink Center de la capital

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No hay humo. Es lo primero que el sexagenario percibe, aun antes de percibirlo, al entrar en el atiborrado WiZink Center. En el curso de los últimos treinta años ha estado aquí en tantos conciertos… Pero no, no fue aquí. Fue en lo que aquí estuvo: el Palacio de Deportes aquél ardió hace mucho. Se ajustaba a las viejas normas: las que exigen que en un concierto de rock and roll, la atmósfera esté hecha en sus dos tercios de humo de tabaco, en un tercio de humo de cannabis. Y que el oxígeno quede a la puerta. Y que el sonido sea horrible. Ni hay humo ni es éste espacio el de entonces. Hasta el sonido se revelará excelente. Tampoco el sexagenario es aquél que pegaba botes hace medio siglo: las articulaciones imponen su dictadura. Ni el mismo es éste que va a salir a escena, con puntualidad impropia en un rockero. Fue. Roger Waters anda por los 75. Y, sin embargo...

El rock and roll atrae la lluvia, es bien sabido. Al menos en Madrid. Se lo irán a contar a este sexagenario que se calzó a pelo el tormentón que le contrataron los Stones a Lucifer para su concierto del Calderón en julio del 82. Llegar hasta el WiZink, atravesando una catarata de lluvia amazónica, ha puesto el prólogo a una noche de melancolía. El tiempo se detiene entonces. ¿Es eso bueno, es malo…? Es. Waters se ha esforzado en pulir una máquina ucrónica: Pink Floyd. Sin Syd Barrett (muerto), sin Richard Wright (muerto), sin Mason (distante) ni Gilmour (peleado). Lo consigue. Al milímetro. No se puede seleccionar una banda de músicos más ajustada al sonido del legendario modelo. Y las dos platinadas voces femeninas en nada hacen añorar –bueno, no demasiado, tan sólo un poquitín a los mitómanos más incurables– a aquella mítica Katie Kissoon que daba la réplica a Waters en los directos de hace más de treinta años.

Roger Waters se apoya sobre esa maquinaria virtuosa, para construir el artificio escénico perfecto. No tiene la misma voz, desde luego. Da igual: silabea, con la voz reduplicada por un chaval que es su clon con cuarenta años menos. Nunca fue Waters un instrumentista excepcional. Pero siempre tuvo en torno suyo a los mejores. En el concierto de anteayer, Dave Kilminster hizo, con su Fender Telecaster, uno de los más impecables trabajos de guitarra eléctrica que este sexagenario recuerda haber escuchado en mucho tiempo: a la altura de los grandes, de los pocos grandes.

Concepto

Waters es concepto. Que es lo que un intérprete debe ser a alturas así de la vida. Se ajusta a ello. Concepto: arquitecto visual como sonoro. Y sabe que, para no ser enojoso, un concepto debe quedar arropado en la fluidez de la obra hecha: no molestar con su presencia, ser apenas visible. Y que esa ausencia, sin embargo, lo llene todo. Es el arte de madurez que dominan sólo los muy grandes.

El concierto corre el riesgo de descarrilar cuando, al inicio de la segunda parte, Roger Waters se deja ver demasiado. En sus manías más inmemoriales. Para lanzar un rollo doctrinario, envuelto en el Money de 1973, francamente largo y aburrido. Todos los rostros para él detestables pasan por la pantalla, mientras un cerdo inmenso flota sobre el público: Trump, desinhibidamente insultado; pero también Theresa May, Angela Merkel, Macron... Hasta Mariano Rajoy tiene derecho a un segundo y medio de burla sobre la pantalla, para regocijo de la clientela. En otro rockero, la cosa hubiera desembocado en el desastre. Pero a Waters se le perdonan esas cosas: va en su código genético. Y en su simpático anacronismo. Un poco menos largos, sus arrebatos panfletarios hasta tendrían gracia. Salva el bache.

Los servicios sanitarios se llevan en camilla a dos o tres provectos rockeros, fulminados por el calor y por la mucha cerveza: nada serio. Y un Waters que parece sinceramente emocionado cierra la noche con un apoteósico homenaje al público. E incluso arriesga el pellejo, bajándose hasta la pista en la que sus fieles le rinden culto. La máquina de siempre se impone a la anécdota del maquinista: rock and roll. Es lo que cuenta. Y el público sale, al cabo, del WiZink feliz. Ha asistido al concierto perfecto. Lo que ya sabía. Desde hace medio siglo. No hay sorpresas. No le agobia el humo. Y, encima, ya no llueve.