Nina Stemme, en el papel de Isolda, en un ensayo de «Tristán e Isolda» en el Festival de Bayreuth  AFP

El mágico planeta Wagner

Un nuevo montaje de «Tristán e Isolda», que firman el japonés Eiji Oue (primer director musical asiático en el foso) y el director escénico suizo Christoph Marthaler, inaugura hoy el Festival de Bayreuth

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TEXTO: OVIDIO GARCÍA PRADA

BAYREUTH. Todos los años, y van ya 94, la histórica ciudad francona de Bayreuth se despoja de su idílica reclusión provinciana para convertirse en un lugar mágico, en el obligado punto de encuentro del wagnerismo mundial. Su legendario festival, prototipo de los festivales culturales europeos, es por varios motivos único en el mundo. Fue creado en 1876 por Richard Wagner para acoger inicialmente la tetralogía de «El Anillo del Nibelungo», para lo cual construyó un teatro especialmente adaptado a tales exigencias. Desde entonces, el «Festspielhaus» abre sus puertas sólo desde la última semana de julio a finales de agosto para representar exclusivamente las diez óperas denominadas «canónicas», a cargo de una orquesta, coro y solistas conformados «ad hoc». En la práctica es una institución familiar, dirigida desde 1951 (a partir de 1966, en solitario) por Wolfgang Wagner, el octogenario nieto del compositor. Y, sobre todo, Bayreuth preserva incólume un tesoro de la iconografía wagneriana: el teatro con su irreproducible acústica, reconocida universalmente como la mejor caja de resonancia musical, el stradivarius de la operística mundial.

El Festival de Bayreuth es ahora artísticamente un pálido reflejo de sus pasadas tres épocas de esplendor, la «crónica de un declive de ideas progresivo de generación en generación», según expresión de una crítica musical alemana. Musicalmente, desigual; canoralmente, mediocre; escénicamente, desconcertante e incluso tedioso. A pesar de ello se mantiene, y en aumento, como uno de esos centros fascinantes de peregrinación cultural. Es anualmente el evento cultural alemán, el foro wagneriano por antonomasia, el epicentro del wagnerismo mundial. Pierre Boulez, a sus 80 años volverá gustoso a sudar en el foso de la orquesta para dirigir el «Parsifal». Por algo será. Desde hace medio siglo el festival tiene vendido indefectiblemente todo el aforo, incluso con lustros de antelación. Este año ha recibido de 84 países 371.500 solicitudes por escrito para las 53.900 entradas del aforo total de 60.000 de sus 30 representaciones puestas a la venta. El margen de espera es como mínimo de 7 años. Es, pues, un festival de acreditada solera con inmutable e inconfundible denominación de origen, cuyo gancho aparentemente, como los vinos, gana con los años.

Un festival atípico

El Festival de 2005 es atípico por varios motivos: es un año interanular y por tanto semihuérfano, es decir, no hay representación de la obra principal, la tetralogía de «El anillo». Además, y desde hace tiempo, las aguas están en calma, sin los trapos sucios que lavar en vísperas de la apertura. Bayreuth parece sumido aún en su apacible sueño provinciano, del que se desperezará esta tarde para dar una sonora bienvenida a 250 invitados de honor y otros 1.700 privilegiados asistentes a la velada inaugural con el nuevo montaje de «Tristán e Isolda», el décimo en la historia del Festival. Lo firman dos debutantes: el japonés Eiji Oue, el primer director musical asiático en el «foso mágico», y el director escénico suizo Christoph Marthaler, absoluto novicio en la obra wagneriana. Ambos afrontan un formidable desafío, pues el listón del nivel artístico lo dejaron colocado muy alto el difunto dramaturgo Heiner Müller y Daniel Barenboim en la última producción de la obra en 1993.