Keith Richards y Ron Wood durante un concierto en Madrid en 2003
Keith Richards y Ron Wood durante un concierto en Madrid en 2003 - Daniel G. López

El juez borracho que puso en libertad a los Rolling Stones

«Vida», la autobiografía de Keith Richards, ha sido reeditada por la editorial Planeta

MadridActualizado:

La vida de una estrella del rock da para mucho, incluso cuando el artista de turno muere antes de cumplir los 30 años. Fíjense si no en los casos de Amy Winehouse, Jim Morrison o Jimi Hendrix. Todos fallecidos a los 27, pero, a pesar de ello, recordados por hordas de fans que siguen devorando su obra como si se acabase de publicar. Aunque la lista de ejemplos es larga, no siempre los rockeros fallecen jóvenes. Incluso entre los que han sido fieles creyentes del dogma del «sexo, drogas y rock and roll» los hay que logran sobrevivir y llegar a la vejez. Quizá el ejemplo más paradigmático dentro de este grupo sea el del guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards. A lo largo de su carrera, «Keef» ha ayudado a crear un puñado de los mejores discos de la historia, ha compartido escenario con leyendas del rock y del blues (como Chuck Berry o Muddy Waters) y, durante varias décadas, vivió a todo trapo, sin cerrar un momento los ojos por si se perdía algo. Ahora su autobiografía «Vida», una de esas obras que no pueden faltar en la estantería de todo melómano que se precie, ha sido reeditada y corregida por la editorial Planeta.

«Vida» no comienza con los primeros años de Richards en la localidad británica de Dartford. A modo de «flash forward», el primer capítulo del libro lleva a la acción a la gira norteamericana de los Stones de 1975. En esa época los Rolling ya eran viejos conocidos de la policía del país de las barras y las estrellas; su anterior gira de 1972 –en la que el Departamento de Estado observó disturbios, desobediencia civil, sexo ilícito y violencia– tuvo buena parte de la culpa. Con esa tarjeta de presentación, los agentes de la ley de Estados Unidos decidieron en el 75 complicarle todo lo posible la estancia al que consideraban «el grupo de rock and roll más peligroso del mundo».

Con este panorama, traten de imaginarse por un momento a Keith Richards y Ronnie Wood, también integrante de los Rolling, a bordo de un Chevrolet Impala amarillo lleno de droga por las carreteras secundarias de Arkansas. Los dos con la melena al viento disfrutando de las vistas agrestes de ese mismo Estado donde no mucho antes habían intentado promulgar una ley para prohibir el rock and roll. Estaban acompañados por un amigo y por el jefe de seguridad de la banda, Jim Callaghan. Pretendían recorrer en automóvil los 600 kilómetros que separan la ciudad de Memphis de la de Dallas, donde tenían programado un concierto la noche siguiente, 6 de julio de 1975, en el estadio de fútbol americano Cotton Bowl. A pesar de que su abogado les había recomendado que no abandonasen el coche en ningún momento, cuando llegaron al pequeño pueblo de Fordyce, Richards y Wood pensaron que era buena idea detenerse por un momento en uno de esos típicos restaurantes-cafetería que salpican la carreteras de Estados Unidos.

Los dos músicos decidieron pasar un rato en los servicios bromeando y tomando drogas. Los camareros del establecimiento acabaron por hartarse y llamaron a la policía. Los agentes les detuvieron al poco abandonar la cafetería y requisaron el Impala, que estaba hasta arriba de cocaína, marihuana, peyote y mescalina. Es importante recordar que si Estados Unidos no se anda con chiquitas en la actualidad con temas de drogas, en la década de los setenta tampoco era, en absoluto, algo que las autoridades pasasen por alto. La policía decidió conducir a los cuatro viajeros a un garaje ubicado en el ayuntamiento de la localidad. Una vez fueron conscientes de que acababan de detener a dos miembros de los Rolling Stones comenzaron a ponerse nerviosos. Terminaron por ponerlos bajo «arresto preventivo» en el despacho del comisario a la espera de juicio. Mientras esperaban a su abogado, « Keef» y el resto trataban de deshacerse de toda la droga que les fuese posible en los baños, y un gentío –llegado de estados como Misisipi, Texas o Tennesse– comenzaba a agolparse a las puertas del ayuntamiento. Llegaron a ser más de 2.000 personas coreando al unísono «que suelten a Keith. Que suelten a Keith».

La policía acusaba a los cuatro tripulantes del bólido de conducción temeraria, de «ocultación de arma blanca» (habían encontrado un cuchillo dentro del Impala) y de tenencia de cocaína. Fueron juzgados al caer la noche por el juez Wynne, que se había pasado la noche jugando al golf y bebiendo, por lo que, según explica Richards, «estaba borracho como una cuba». A continuación llegó uno de los episodios más absurdos que hayan podido tener lugar en un juzgado. Más parecido a una película de los Hermanos Marx que a la vida real.

Un juicio delirante

Nada más comenzar el juicio, Wynne decidió interrumpirlo durante diez minutos para acercarse a la tienda de enfrente a comprar una botella de burbon. Después, la vista prosiguió con el juez arrastrando las palabras a causa de la embriaguez. El jefe de policía del pueblo, Bill Gober, le llegó a amenazar, mientras le agarraba, con detenerlo por «el lamentable espectáculo que estaba dando ante toda la comunidad». El abogado de los Rolling, Bill Carter, se vio obligado a mediar entre los dos funcionarios para que la cosa no fuera a mayores. El absurdo terminó de completarse cuando el juez volvió a ausentarse de la sala, en esta ocasión para atender en directo a la BBC. Wynne se dedicó a explicar al medio inglés sus hazañas durante la Segunda Guerra Mundial y lo bien que lo pasó en Inglaterra jugando al golf durante el conflicto. Mientras tanto, Gober se mantenía en sus trece, empeñado en que no pensaba permitir que se soltase a los músicos. «Tus niñatos van a acabar entre rejas», le expresó el jefe de policía al abogado del grupo.

Finalmente, acabaron llegando a un acuerdo y nadie acabó en prisión. El cuchillo que habían encontrado en el Impala acabó en posesión del juez y, todavía a día de hoy, permanece colgado en una de las paredes del juzgado. Todo quedó en una multa económica, que visto lo que podía haber ocurrido tampoco era para tanto. Las únicas condiciones que les impusieron a los Stones antes de dejarles ir fueron dar una rueda de prensa y sacarse una foto con el juez. Richards afirma que durante la conferencia, que tuvo lugar en el mismo juzgado, llevaba puesto un casco de bombero y golpeaba el estrado con el mazo de Wynne: «Caso cerrado».

«Keef» todavía se pregunta que habrá sido del Impala amarillo, que se quedó en el garaje de la policía de Fordyce hasta arriba de droga. «Quizá alguien siga conduciendo ese coche aún repleto de mierda», piensa.