Juan Diego Flórez, tenor: «El canto es una especie de deporte, y el cantante una especie de atleta»

Texto: Julio Bravo Fotos: Amati Bacciardi/
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El mundo de la ópera, tan proclive a la «canonización» de sus protagonistas, ha encontrado un nuevo sujeto de adoración: el tenor peruano Juan Diego Flórez, la última estrella aparecida en el firmamento lírico. Al estilo de los grandes divos de antaño, tiene partidarios fidelísimos, que le siguen por toda Europa e incluso por América, que fletan autobuses y que lideran el coro de ¡bravos! que le acompaña inevitablemente en cada una de sus actuaciones. El pasado domingo, Juan Diego Flórez volvió al que se ha convertido en uno de sus refugios: el Festival de Pesaro. Fue una velada especial, porque en ella cantó de nuevo la ópera de Rossini «Matilde di Shabran», el título con el que se dio a conocer en 1996. Aquel año -Flórez tenía veintitrés- estaba contratado para un pequeño papel, pero una indisposición de Bruce Ford, que debía encarnar al protagonista masculino, permitió que el joven cantante peruano tuviera su oportunidad.

Flórez deslumbró al público del impresionante Palafestival de Pesaro. El resto, como suele decirse, es historia: la Scala de Milán le abrió sus puertas ese mismo año, el Covent Garden un año más tarde. Le seguirían la Ópera de Viena y el Metropolitan de Nueva York, los premios y las grabaciones. El domingo, en Pesaro, Flórez reeditó su éxito de ocho años atrás; más de una hora después de concluida la función, seguía recibiendo las felicitaciones de los aficionados. Aparentemente tímido (él niega que lo sea), no paraba de dar gracias con una mezcla de orgullo y azoramiento. Tras la segunda función, habló con ABC.

-¿Cómo ha ido la segunda representación de «Matilde di Shabran»?

-Artísticamente muy bien, pero hacía mucho calor, y eso dificulta nuestro trabajo. Se pierden sales minerales, y tenemos poca fuerza. Es difícil cantar, sobre todo si se tiene uno que mover tanto como yo en esta ópera, que tengo que subir, bajar, ir de un lado para otro.

-Hay quien ha dicho que su papel en esta obra tiene tanta exigencia física y vocal como un personaje wagneriano.

-Aunque no tiene un aria principal, es un personaje que está cantando siempre música muy difícil hasta el final. Es una música muy ardua y fuerte; el personaje siempre está molesto y la tensión del canto es bastante «di forza». Hay también momentos para los legatos y para los pianos. Pero casi siempre es como una ametralladora.

-Usted debutó con esta ópera, también aquí en Pesaro, en 1996. En tan sólo ocho años han cambiado mucho las cosas para usted. ¿Ha ido todo muy deprisa?

-Ha cambiado todo. En aquel momento yo estaba por descubrir, por mejorar. Los agudos estaban y la técnica estaba, pero todo sujeto a mejoría. Para tener 23 años estaba bien. Ahora, si se comparan las dos interpretaciones, hay muchas diferencias. Ha ido todo muy deprisa, sí, especialmente al comienzo. Enseguida hubo debuts importantes, teatros importantes, en los primeros cuatro años.

-Cada año está usted en un peldaño superior artísticamente. ¿Cómo se nota esa responsabilidad?

-El peso es mayor cada vez, sí. La gente espera más y hay que estar a la altura. Yo siento mucho esa responsabilidad, especialmente por mi carácter; soy muy autocrítico. Pero me sirve como acicate para superarme.

-En una profesión como la suya, tan proclive al halago, no es frecuente ser autocrítico; debe de ser difícil crearse esa especie de burbuja para no caer en la trampa de la adulación.

-Depende de cómo sea cada uno. Yo soy autocrítico e incluso algo pesimista a veces, así que puedo compensar ese ambiente de alabanzas y seguir con los pies en la tierra. El entorno familiar y los amigos son también un apoyo fundamental para no perder la perspectiva.

-Su repertorio es puramente belcantista: Rossini, Donizetti, Bellini... ¿Se precisa una mayor dedicación que para otro repertorio más «verista»?

-Quizá sí. En el bel canto uno debe demostrar que sabe cantar, porque todo se nota, todo se escucha. Hay que pulir todo y la voz ha de salir limpia, el canto bien fraseado. En el verismo no es tan importante que todo sea pulcro y limpio.

-Una vez escuché decir a un compañero suyo que si se sabe cantar a Mozart se sabe cantar todo. ¿Está usted de acuerdo?

-Es una gran escuela de canto, pero no podemos olvidarnos del estilo. Para cantar a Rossini se necesita algo más o algo menos que para cantar a Mozart, lo mismo que para cantar a Verdi, a Bellini... Hay un estilo establecido de cómo afrontar a cada compositor. Si yo hoy canto, por ejemplo, «La cenerentola», de Rossini, y mañana «La sonnambula», de Bellini, tengo que adecuar mi voz a un cierto estilo, a un cierto «legato», que es diferente en cada uno de los casos. Cada compositor requiere su propio estilo, y uno debe adecuarse a él; siempre, claro, dentro de las posibilidades de la voz, que es lo más importante. Incluso de una ópera bufa de Rossini a una ópera seria hay ya dos maneras de cantar.

-Existe la idea de que dramáticamente los papeles belcantistas son muy sosos; viendo interpretaciones como la suya en «Matilde di Shabran» uno se pregunta si la sosería no estará más en los cantantes o en la dirección que en los propios personajes...

-Puede ser. No nos olvidemos de que en el bel canto hay óperas vocalmente muy difíciles, y que por eso no se conocen. Que requieren un reparto muy especial para poderlo hacer, y que cuando se llevan a escena es como descubrir un mundo nuevo.

-En este tipo de obras se habla mucho de la dificultad para encontrar repartos adecuados. Sin embargo, hoy en día la técnica ha evolucionado mucho y probablemente se cante mejor, en líneas generales, que hace doscientos años.

-Sí es cierto que la técnica ha evolucionado mucho. Hay más cuidado en todo lo que significa respetar la música, lo que está escrito, en no hacer cortes. En la época de Rossini, la gente se dedicaba al canto completamente, con una extraordinaria devoción. Acababa de terminar la etapa de los castrados, que por las crónicas que tenemos eran cantantes increíbles, con una respiración asombrosa, que se inventaron las florituras, las coloraturas, las acrobacias vocales. Rossini inauguró una nueva época, en la que sustituyó esa voz increíble del castrado con el tenor y la mezzosoprano, y por eso escribe partes maravillosas para estas dos voces. Y encontró tenores imponentes como, por ejemplo, Manuel García. Rossini escribía para estos cantantes en particular, que eran excepciones dentro de su época y tenían dotes increíbles.

-¿Hay algún papel con el que no se haya atrevido todavía?

-Yo creo que me he atrevido bastante, incluso demasiado. Todo lo que yo canto es, en cuestiones técnicas, muy complicado. Lo que tengo que pensar ahora es precisamente en atreverme un poco menos. Pero no es una cuestión de atrevimiento, sino de ir incorporando papeles según llega el momento adecuado vocal y artísticamente. Hace poco he incorporado a mi repertorio «I puritani». Pronto cantaré «L'elisir d'amore». Con el tiempo iré cantando papeles que tienen más de tenor lírico que de ligero, que es lo que yo soy: papeles más «krausianos», más heroicos, lo que no significa que sean más complicados.

-Hablando de Kraus, supongo que sería un ejemplo para usted.

-Me siento muy cercano a él. Algunas veces se han referido a mí como el nuevo Pavarotti, pero yo me identifico más con la voz de Kraus, creo que me parezco más. De él como intérprete admiro la forma de cantar, el legato, la aristocracia de la voz, la respiración... Tantas cosas... Desgraciadamente, no tuve la oportunidad de conocerle, únicamente hablé con él por teléfono.

-Parece que hay ahora un crecimiento de voces iberoamericanas, y abundan especialmente los tenores líricos y ligeros como usted. ¿A qué cree que es debido?

-Siempre ha habido grandes voces en Iberoamérica. Sin salir de Perú, tenemos tenores como Alejandro Granda, que cantó mucho en la Scala; luego, Luis Alva, Ernesto Palacio... Es posible que el hecho de que haya esta profusión de tenores en Iberoamérica tenga una explicación. En esos países el modo de hablar es bastante agudo; aparte de eso, nuestro repertorio es muy cantable, y a menudo se interpreta «a la tenor»; de ahí a las romanzas de zarzuela o a las arias de ópera hay a veces muy poco recorrido. Si a ello sumamos también la escasez de voces tenoriles en Europa, se siente más la presencia de los cantantes latinoamericanos.

-¿Ha servido su éxito para impulsar la ópera en su país?

-Yo canto una vez al año en mi país; este año hemos hecho «La hija del Regimiento» y «Capuletos y Montescos». Pero la tradición operística allí no es la misma que en Europa, y ojalá mi éxito sirva para avivar la vida musical.

-Personalmente da la sensación de ser una persona muy tímida, que se transforma en el escenario.

-No me considero una persona tímida, pero en el escenario sí que encuentro a menudo energías que parece que en la vida real no tengo.

-A propósito de energía... En muchas producciones operísticas, y la que está representando en Pesaro es un ejemplo, hay un gran desgaste físico que, en principio, parece reñido con la calma que requiere la respiración del cantante.

-Hay momentos en que puede llegar a faltar el aire, sí. Pero eso prueba que el canto es una especie de deporte, y el cantante una especie de atleta. Hay que estar muy preparado físicamente. Kraus decía que hay que ejercitar lasobre todo las piernas, porque estamos mucho tiempo de pie. Hay que estar en un estado óptimo para cantar... Sobre todo para cantar a Rossini.

-¿Usted hace ejercicio normalmente, practica algún deporte?

-Menos del que debiera, la verdad. Pero siempre tengo la intención de empezar a hacerlo.

-¿Ha tenido usted muchos problemas con los directores de escena? ¿Le han pedido cosas muy raras?

-No, la verdad es que muy pocas veces, pero siempre se resuelve hablando. Por mis últimas experiencias, la voz es lo principal y así lo entienden los directores de escena, que están pendientes de la problemática vocal. También he de decir que cuando era más joven podía decir menos cosas y protestar menos... Tenía que estar calladito. Pero cuando uno tiene cierta voz, digamos, ya puede decir lo que no le gusta y le hacen más caso.

-Lluís Pasqual, con quien usted trabajó el pasado año en Pesaro, dice que el director de escena debe ser un ayudante del compositor.

-Lluís es un director muy sensible a las necesidades del cantante, sabe que no es un actor de prosa, y que la energía que se despliega en el escenario debe tenerlo en cuenta. El intérprete debe preocuparse de cantar. Hablar es más fácil. Puedes hacerlo en cualquier postura. Cantar, no.

-De usted se destaca la naturalidad con la que canta. ¿Es algo buscado?

-Sí, pero para lograr esa naturalidad hay que haber solucionado antes los aspectos técnicos. Que el aire pase libre por la garganta, y entonces parece que uno está haciendo algo natural.

-¿Eso se consigue sólo con estudio, o es algo también de naturaleza?

-Hay algo de naturaleza en ello, pero también de estudio. Y más que de estudio, porque yo no soy una persona que pase muchas horas estudiando, es una cuestión de observación personal. Escucharse es fundamental. Yo me grabo regularmente e intento aprender para mejorar.

-A usted le sigue un grupo de aficionados fieles que incluso fleta autobuses para oírle cantar en toda Europa. ¿Cómo se recibe esto?

-Es muy bonito y gratificante ver la pasión con que se reúnen para viajar juntos a todas partes, y que incluso son capaces de cruzar el Atlántico para venir a América. Es muy halagador.