Narciso en su torre de marfil
Joaquín Cortés, ayer durante su espectáculo «Calé» - REUTERS

Narciso en su torre de marfil

En un estreno bastante más desangelado de lo que era habitual, Joaquín Cortés ha presentado en Madrid «Calé», un espectáculo antológico que dedica a su madre

MADRID Actualizado:

Hablar de Joaquín Cortés es hablar de uno de los nombres fundamentales de la danza española en las últimas décadas. De un artista que ha dado un impulso innegable al baile flamenco. De un bailarín con un talento superlativo, unas envidiables condiciones y una musicalidad sobresaliente. De una figura llamada a tomar el testigo de artistas como Vicente Escudero, Antonio Ruiz Soler o Antonio Gades. Pero hablar de Joaquín Cortés es hablar también de un bailarín seducido por la purpurina, autoelevado a una inaccesible torre de marfil, envuelto en un constante narcisismo y que ha dilapidado buena parte de su capital en un cuando menos cuestionable camino artístico.

Joaquín Cortés, en un estreno bastante más desangelado de lo que era habitual hace unos años, ha presentado en Madrid “Calé”, un espectáculo antológico que dedica a su madre, fallecida hace un par de años y que dejó un gran vacío en el artista en unos momentos profesional y judicialmente muy turbios.

«El Calderón no es un teatro adecuado para su espectáculo»

El baile español añora al mejor Joaquín Cortés, uno de sus grandes dinamizadores, pero por lo visto en este “Calé” no lo ha recuperado. Donde hubo fuego hay rescoldos, naturalmente, y por momentos Joaquín parece capaz de prender la llama que le convertía en un artista único. Pero ni su carisma ni su baile poseen ya el imán de antaño; solo en determinados taconeos y en su braceo alado y musical recupera su genio.

El resto de su baile se divide en contoneos, carreras, paseos y descaradas peticiones de aplauso al público; especialmente en su irreconocible soleá por bulerías, de más de media hora de duración, donde hay tiempo incluso para el diálogo con el público y para los reproches a los técnicos de sonido.

No es, además, el Calderón un teatro adecuado para su espectáculo. Los músicos (como siempre, uno de los grandes activos de los trabajos de Cortés) se apelotonan abigarrados al fondo del escenario, y alguna de las coreografías corales (le acompañan seis jóvenes bailarinas) pide a gritos mayor respiración. Tampoco la producción, presidida por una gran pantalla de led, tiene todavía el acabado que merece un artista de su fama.

En cualquier caso, el público que asistió al estreno del espectáculo en el Calderón / Häagen-Dazs no debe de estar de acuerdo con estas reflexiones, porque aplaudió de pie fervorosamente al artista cordobés y a toda su compañía.