MARTI E. BERENGUER

Joan Baez, la joya de la corona del folk

La cantautora revive la tradición en un austero recital en Pedralbes

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Nunca ha sido Joan Baez una artista demasiado dada a los sobresaltos. Su carrera, de hecho, lleva ya varios lustros instalada en una suerte de zen tradicional apenas alterado por ligeros desvíos como ese «Day After Tomorrow» grabado bajo la supervisión de Steve Earle, por lo que la neoyorquina se ha convertido en inmutable guardiana de la esencias del folk de los sesenta y de las voces de la contracultura. Una posición privilegiada que le permite seguir acumulando aplausos y atrayendo a un público que si paga es precisamente para volver a oír cómo Bob Dylan, Violeta Parra, Kris Kristofferson, Woody Guthrie o Pete Seeger se deslizan por su garganta.

Así que ahí estaban todos una noche más, señalando el camino a seguir y arrullando a una Baez que, en su regreso a Barcelona, volvió a hacer gala de su discreta elegancia para erigirse en el Festival Jardines de Pedralbes en estandarte de una manera de entender la canción como vehículo esencial y ancla emocional con el pasado. Una velada de música y palabras que empezó con la neoyorquina rebobinando hasta 1959 para recuperar «Freight Train», una de las primeras canciones que aprendió a tocar, y discurrió de una manera bastante similar a la de su visita al Palau de la Música el año pasado.

Arropada por dos músicos que aportaban confortables colchones instrumentales de piano y percusión y con una voz que, a los 75 años, mantiene aún brillo y calidez, Baez se adentró una vez más en la senda del folk norteamericano para exhumar el «It’s All Over Now, Baby Blue» de Dylany colocarlo al lado de «God Is God», de Steve Earle; se atrincheró en la barricada de la canción protesta con «Joe Hill». «Here’s To You (Nicola & Bart)» y una «Deportee (Plane Wreck At Los Gatos» rescatada del cancionero de Woody Guthrie como dedicatorio a los refugiados; y brilló especialmente con una «Jerusalem», también de Steve Earle, servida sólo con voz y piano así como con el «Seven Curses» de Dylan.

Como casi siempre que pasa por aquí, descorchó «El rossinyol» y ofreció una lectura algo accidentada –o en versión «más o menos», como dijo la propia Baez– del mismo fragmento de «Viatge a Ítaca» ( Lluís Llach) que ya interpretó el año pasado, guiños sentimentales para un concierto austero y breve –apenas hora y veinte minutos– con el que no hizo más que subrayar su condición de luminosa reliquia del folk político.