Irene Theorin, en una escena de «Turandot»
Irene Theorin, en una escena de «Turandot» - Javier del Real
CRÍTICA DE ÓPERA

Se investiga el caso «Turandot»

El Teatro Real estrena una producción de la ópera póstuma de Puccini dirigida escénicamente por Robert Wilson

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Cuando se escribe que «Turandot» es el último e indiscutible éxito operístico del repertorio internacional se está explicando que con Puccini muere un género construido en complicidad con la sociedad de la época. A partir de ese momento se compondrán muchas otras óperas, incluyendo varias obras maestras, pero todas van a requerir una justificación, ya sea sobre su intención o sobre su ejecutoria. «Turandot» también mata al aficionado y da paso al espectador. La audiencia actual podrá ser más culta que la que aplaudía a Puccini, pero vive desde muy lejos la realidad cotidiana de la ópera, su emoción no es pasional.

Quienes jaleaban a Puccini, opinaban y aplaudían inflamados, lo hacían con fervorosa dedicación, discutiendo los entresijos del negocio y los códigos de la obra, aquellos, que según explica Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, se legitiman en la nueva producción de Robert Wilson. La opinión se desliza por alguien que es juez y parte, lo cual quiere decir que, con independencia de su propio valor, hay una intención de incentivar el aplauso, por ahora y a tenor de lo que se vio en el estreno de anoche, extremadamente educado.

En cualquier caso, el comentario requiere matices. Si la obra de arte se crece en la polisemia y atemporalidad, la solución Wilson solo puede ser una entre las muchas que se cabe admitir. Visualmente potente, es digna de un director que con suprema inteligencia lleva la obra a su taller para reconvertirla en un espectáculo de elegancia contemporánea y futuro imprevisible. Bajo su mirada, la «città purpurea» es refinadísima, precisa, milimétricamente ordenada. Todo ello puede que esté en la raíz de la obra, si bien la superficie de «Turandot» es poderosamente terráquea, visceral. En la distancia corta llama la atención el gesto no siempre cómodo de los cantantes obligados a convertir la exigencia de la partitura y el pálpito de la acción en un inmóvil artificio. Un choque entre contrarios a veces brillante (escena de los ministros), por momentos escaso (dúo final).

Sin duda, Wilson purifica «Turandot» de muchas y anecdóticas adherencias, cierra Pekín al «turisteo», y sirve en bandeja la muy lucida actuación del maestro Nicola Luisotti quien, de verdad, salta sobre los rastros más inmediatos de la obra proponiendo algo muy serio, en lo musical muy sensato y en lo operístico muy profesional. Ayer dirigió a un primer reparto cuya comunicación es dispar: desde Irene Theorin, de entrada afilada, y luego expresivamente distante, hasta Gregory Kunde, Calaf de arrestos, mañoso y fingida juventud. Gran trabajo el de las «maschere» ministeriales Martín Royo, Esteve y Sanabria. Y a punto de una actuación importante, Yolanda Auyanet, cuya materia promete una Liú más sofisticada que la que ayer se escuchó. Bien es cierto que la función se dedicó a Montserrat Caballé, gesto de enorme justicia por parte del Real pero también de formidable obligación. Ella enseñó que la nobleza y la más absolutista aristocracia también corren por las venas de «Turandot».