Glenn Gould
Glenn Gould - ABC

Glenn Gould, el hereje y el profeta

El pianista canadiense vuelve al escaparate con las «Variaciones Goldberg»

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Cada cierto tiempo, Glenn Gould vuelve al escaparate. Quizá sea para recuperar en un soporte más moderno o con una técnica más refinada las grabaciones de estudio, de radio o televisión. Puede que se trate de un texto que aporte nuevas perspectivas al ya minucioso relato de su vida y personalidad. Glenn Gould sigue de moda porque en sí en lo biográfico supo construir un personaje único, complejo e irrepetible, de esos que gusta observar a través de la mirilla, en lo artístico se convirtió en un iluminado capaz de atisbar la importancia de la grabación como medio contemporáneo de difusión musical. Formalmente significa poseer un objeto que es capaz de duplicarse hasta en el infinito mientras que en lo semántico se construye algo absoluto. Quien opinaba que «la mejor música no está hecha para el concierto; sino para el salón, para el micrófono» había de creer que solo «el artista plantea la totalidad en una grabación».

Afirmado en su fe, todavía en su última entrevista Gould hacía referencia al estudio diario del intérprete o, mejor dicho al no estudio sobre el piano, que él proponía como forma de reflexión acerca de la obra y de su interpretación; a las digitaciones propuestas por otros intérpretes, irrealizables para quien, sorprendentemente, se autoafirmaba en la inspiración del momento; a la negativa a tocar una nota antes de que los técnicos estuvieran preparados y el productor anunciase el comienzo de la grabación, tratando así de atrapar ese momento álgido en el que la mente piensa sin contaminarse por la materialidad del instrumento… «¿Se da cuenta de que todo esto es totalmente increíble?», preguntó el entrevistador David Dubal: «Contradice la experiencia común, pero es la verdad». Hablaba de la suya, obviamente.

Casi desconocido

Bruno Monsaingeon, cineasta y escritor, autor de documentales sobre grandes músicos del siglo XX, incluye este documento en el libro «Glenn Gould: no, no soy en absoluto un excéntrico» (Acantilado 2017), en el que viene a glosar la fascinación que le produjo escuchar a un intérprete que por entonces le era «casi desconocido». Que el primer encuentro personal se convirtiera en una conversación sin fin de dieciocho horas explica el grado de seducción del personaje. Algún hostil a Gould lo llamaría toxicidad recordando los rastros de hiponcondria, personalidad melancólica, obsesiva, esquizoide y narcisista. Por ello, Kevin Bazzana en su exhaustivo «Vida y arte de Glenn Gould» (Turner, 2007) recuerda que la neurosis no constituye toda la realidad. Completar el retrato exige acercarse a los «Escritos críticos» (Turner, 1984), a las «Conversaciones» y «Cartas escogidas» (Global Rhythm Press, 2007 y 2011).

Todo ello demuestra que, con el paso del tiempo, crece el mito pues no solo las grabaciones de Gould crean una «relación personalizada entre el intérprete y el oyente» sino la cercanía a sus más íntimos gestos tal y como se manifiesta con la publicación de las sesiones completas de grabación de las «Variaciones Goldberg» en 1955. El registro final ha sido una referencia desde la primera edición a pesar de que en su momento la obra apenas se conocía más allá de lo que hiciera Wanda Landowska, y de que viniera avalado por un joven de 22 años que solo había tocado la obra dos veces y que no poseía ninguna grabación comercial previa. Cuando, en 1982, Monsaingeon se entrevistó con él tras realizar el segundo y diametralmente opuesto registro de la obra y del que permanece una sobrecogedora grabación cinematográfica, Gould diría «no reconocerse en la persona que había hecho la primera grabación pues por entonces todavía era sensible al efecto exterior de las salas de concierto». Y es verdad: pero es que, lo que emociona sobremanera al escucharla es el pálpito de un hereje que venía dispuesto a convertirse en profeta.