Robin, Barry y Maurice Gibb, en 1978 en el estreno de la película «Sgt. Pepper´s lonely hearts club band» en Hollywood. AP

Los Bee Gees, huérfanos en plena fiebre de sábado noche

TEXTO: JOSÉ RAMÓN PARDO
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Maurice Gibb murió en la madrugada de ayer en el hospital Mount Sinai de Miami a los 53 años, víctima del infarto que sufrió mientras los médicos le operaban de una grave obstrucción intestinal. Miembro del popular trío británico The Bee Gees, estaba casado y tenía dos hijos

Si hay algún territorio artístico en el que los grandes nombres puedan crearse de la noche a la mañana, ese es el mundo de la música pop. A cambio, la popularidad de sus figuras suele ser, también, efímera. Si hacemos una encuesta de urgencia entre aficionados a la música pop menores de treinta años sobre Maurice Gibb, no nos sorprendería nada que la respuesta más numerosa correspondiera a ns/nc, esa nebulosa que aparece en todas las encuestas y que nos deja en blanco ante el desconocimiento de una de las grandes figuras de la música popular. Y sin embargo, hace ahora veinticinco años era uno de los nombres más refulgentes del pop mundial, enrolado, con sus hermanos Barry y Robin en el grupo The Bee Gees.

Pocos grupos han conocido más vicisitudes que el de estos tres hermanos ingleses recriados en Australia. Maurice y Robin eran gemelos, nacieron en la Isla de Man, territorio del Reino Unido, pasaron los años de su infancia en Manchester y, en 1958, cuando Maurice tenía tan sólo nueve años, emigraron a Australia. Allí formaron el quinteto Bee Gees. Unos dicen que el nombre corresponde a las iniciales de Brothers Gibb, y otros que son las del hermano mayor, Barry Gibb. Lo cierto es que en el grupo figuraban también otros dos componentes que no eran de la familia: el batería Colin Peterson y el guitarrista Vince Melouney. Empezaron a grabar en Brisbane, Australia, y su canción «Spicks and specks» llegó al número uno de las listas del país.

De quinteto a trío

Pero entonces la tierra de promisión era la Inglaterra de la eclosión beat y para allí se fue el quinteto. Ficharon por RSO, el sello de Robert Stigwood y comenzaron con «New York mining disastre 1941», una canción de gran belleza melódica donde el grupo mostraba su facilidad para hacer hermosas armonías vocales. Era 1967 y los reyes indiscutibles del mambo seguían siendo los Beatles. Pero empezaron las comparaciones, insidiosas para algunos como pronto veremos: si los Beatles ya estaban acosados por los Stones por su flanco rockero, ahora los Bee Gees les comían el terreno por el lado romántico y melódico. Era demasiado para las autoridades económicas de Gran Bretaña que tenían en la música pop una de sus mayores fuentes de ingresos exteriores. Así que movilizaron al departamento de inmigración e intentaron retirar el permiso de trabajo a los Bee Gees, lo que significaba su fulminante salida del país.

Entonces descubrieron que cuatro de los componentes eran nativos de las islas y sólo pudieron expulsar a uno. Y así, los Bee Gees pasaron de quinteto a cuarteto. Pronto, la cohesión familiar de Maurice, Barry y Robin hizo saltar al cuarto componente y los Bee Gees se quedaron en el trío que todos (sobre todo los mayores de treinta años) conocemos.

No paró ahí la reducción, pues tras algunos éxitos juntos, como «Holyday», «First of may», «Massachussets» y «I´ve gotta get a message to you», Robin, uno de los gemelos, empezó a pensar que los éxitos llegaban por su voz solista y dejó a los Bee Gees en dúo, mientras él empezaba carrera solista con «Save the bell», que le reportó un número dos en las listas inglesas. Nunca repitió el éxito y año y medio después se reincorporaba a las filas de los Bee Gees, cuando parecía que su mejor momento ya había pasado.

Era 1971, los Beatles ya no existían, los norteamericanos, con el soul, los cantautores, el jazz rock y otros inventos habían vuelto a tomar el mando y los días de los Bee Gees parecían contados. Y no fue así, porque a mediados d e los setenta empezaron a añadir ritmo a sus hermosas canciones melódicas. El mundo empezaba a pedir una música pensada directamente para las discotecas, que sonara bien en esos macrolocales repletos de ruido y luces. Y los Bee Gees fueron capaces de reciclarse. Sus canciones sirvieron para que descubriéramos a Tony Manero, un John Travolta joven y un punto hortera, que se trasformaba ante el «Stayin´ alive» y el «Night fever» de los hermanos Gibb.

Los que habían sido modelos de música melódica, se convertían en líderes de la música discotequera, el gran fenómeno de popularidad y ventas de la segunda mitad de los setenta. Todavía quedaban más éxitos. Lo fueron los siguientes discos de trío, con temas como «Too much heaven» o «Tragedy» y canciones escritas para otros como el tema central de «Grease» que cantó Frankie Valli y fue otro número uno, y canciones escritas para Ivonne Elliman y otros artistas. En esa época lograron sumar cinco números uno consecutivos en las listas norteamericanas.

Un ritmo irresistible

Llegados los primeros ochenta, los Bee Gees sufrieron la paranoia de todos los cantantes populares tras el asesinato de John Lennon. Les conocí personalmente en Miami, donde fui a hacerles una entrevista para Blanco y Negro y sufrí todos los procedimientos de seguridad que años más tarde se han generalizado ya en aeropuertos y lugares públicos de todo el mundo: cita a ciegas, entrada en un edificio sin descender del coche hasta estar dentro y con las puertas cerradas y una segunda puerta por la que llegaron Maurice y sus hermanos en vehículo blindado y de cristales entintados. Ellos mismos se disculparon ante tanta precaución y lamentaban no poder seguir haciendo vida normal.

En aquella entrevista renegaron de la música discotequera, que según ellos no habían tocado jamás. Lo suyo seguían siendo canciones románticas y era el mundo exterior el que había cambiado, según sus teorías. Pero seguramente si se les recuerda hoy en día es mucho más por su etapa rítmica, por su contribución musical al «Saturday night fever», por su irresistible ritmo, que no ocultaba el talento de sus melodías y su voces, que por aquella etapa esplendorosa de los sesenta en que se codearon con Beatles, Anilams, Moody Blues, Rolling Stones, Who, Manfred Mann y demás joyas de la añorada década prodigiosa.

Quizás muchos piensen que los Bee Gees estaban retirados y no era así. La sobreexposición que vivieron en los ochenta había dado paso a una etapa mucho más reposada. Porque incluso en su mejor época supieron de fracasos, como fue la adaptación cinematográfica de «Sgt. Peppers lonely hearts club band» donde ocupaban los puestos de unos Beatles ya reacios a trabajar juntos. En los noventa publicaron álbumes como «High civilisation» (91), «Size isn´t everything» (93), «Still waters» (97) y «Live: one night only» (99). Y en el siglo que acaba de empezar y que ha conocido la inesperada muerte de Maurice Gibb con sólo 53 años, editaron «This is were I came in» (2001) que no arrasaron en las listas de ventas pero mantuvieron viva su presencia entre millones de admiradores.

La muerte de Maurice Gibb se suma a la reciente de George Harrison y a la de otros artistas de la década de los 60 que nos están abandonando demasiado jóvenes, pero aureolados de un prestigio y una admiración que difícilmente mantienen artistas bastante más recientes y con éxitos que están todavía en los labios de muchos aficionados. Seguro que estos días escucharemos de nuevo las armonías de Maurice en las canciones románticas que conmovieron a la juventud utópica de los sesenta y en los vibrantes retratos sonoros de la juventud urbana de los ochenta. Es el mejor homenaje que puede recibir un artista: saber que su obra sigue en la memoria de su tiempo.