Freddie Mercury y Montserrat Caballé, juntos durante una actuación
Freddie Mercury y Montserrat Caballé, juntos durante una actuación - ABC

El día que Freddie Mercury reemplazó a Pavarotti por Caballé

El cantante de Queen llevó su devoción por la soprano al disco «Barcelona»

BarcelonaActualizado:

Cuadraron agendas, sus asistentes intercambiaron llamadas y lo que debía ser un trámite de un par de horas en el Ritz se convirtió, días más tarde, en una velada alargada hasta la madrugada en un salón de Garden Lodge, en Londres. Ahí estaban Freddie y Montserrat riendo, bebiendo champán y, en fin, sellando sobre las maquetas de «Ensueño» y «Exercises In Free Love» una de las colaboraciones artísticas más sonadas de la historia de la música popular.

«Cuando se puso a improvisar en el piano me di cuenta de que estaba ante un músico, no alguien que utiliza la claqueta», recordaría años más tarde Montserrat Caballé, objeto de adoración de un Freddie Mercury que ya se había quedado sin palabras en 1983, cuando vio a la diva barcelonesa en el Royal Opera House de Londres.

El cantante de Queen, aprendiz de Caruso en versión rocanrolera y apasionado devoto de Pavarotti, descubrió a la Caballé en una representación de «Un ballo in maschera», de Verdi, y a partir de entonces sólo tuvo oídos para la soprano catalana. «Casi se olvidó de que Pavarotti estaba en el escenario», recordaría uno de los ayudantes de Mercury en una de las biografías del artista. Nacía entonces una admiración que desembocaría, en marzo de 1987, en un primer encuentro para explorar la posibilidad de alguna colaboración. «Estaba tan nervioso como yo, y eso es muy bueno, porque cuando dos personas están nerviosas significa que están esperando algo de la otra», explicaría con el tiempo Caballé sobre aquel primer encuentro en el Ritz de Barcelona.

Luego vendría la provechosa madrugada en casa de Mercury y la promesa de lo que sería «Barcelona», un disco completo -diez canciones, ni más ni menos- publicado en 1988 y eclipsado por el revuelo mediático de la canción titular y por su vínculo a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.

Es más que probable que ni Mercury ni Caballé se necesitasen a esas alturas de sus respectivas carreras, pero de aquella extraña colaboración nació una relación marcada por la admiración, el respeto y las confidencias Caballé fue, de hecho, una de las primeras personas a las que Mercury explicó que era seropositivo y que la muerte acechaba a la vuelta de la esquina. El dolor se unía a, como diría la soprano, «la suerte de cantar con alguien que se va y que sabe que está interpretando su último adiós». Al final, Mercury, fallecido en noviembre de 1991, no pudo cantar su himno en la inauguración de Barcelona 92, pero aún tuvo tiempo de terminar el disco y compartir con Caballé un par de actuaciones en Ibiza y Barcelona. Se apagó su voz, sí, pero la de Caballé, enredada con «Il Trovatore» de Verdi, le acompañó mientras su cuerpo era incinerado. Ahora solo queda saber si sonará «Bohemian Rhapsody» o «Love Of My Life» en el funeral de la Caballé.