Primer acto de «Parsifal», en la escena final con el grial. De pie John Tomlinson como Amfortas. Monika Rittershaus

Final clamoroso del maratón wagneriano de Daniel Barenboim en Berlín

Daniel Barenboim, al frente de la Staatsoper de Berlín y de un selecto elenco mundial de solistas, ha concluido este fin de semana el primer ciclo de representaciones de las diez óperas «canónicas» de Richard Wagner. Es una iniciativa sin parangón, realizada por orden cronológico de creación de las obras en el increíble intervalo temporal de dos semanas y dirigida por un mismo equipo.

OVIDIO GARCÍA PRADA
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BERLIN. El maestro argentino-israelí (dirección musical), Harry Kupfer (dirección escénica) y Hans Schavernoch (escenografía) comenzaron en 1992, a pieza por año, los montajes de este proyecto operístico presentado ahora en bloque, lógicamente, con altibajos, pero con más altos («Tannhäuser», «Walkyria», «Tristán e Isolda» y «Parsifal») que bajos («Lohengrin»y «Maestros cantores de Nuremberg»).

Más ovacionesque protestas

El ciclo se inició el pasado domingo de Ramos en medio de gran expectación con «El holandés errante». El ambiente de júbilo y las salvas de aplausos y ovaciones fijarían la tónica dominante de la reacción del público. Un público procedente mayoritariamente del extranjero, con una visible y audible nutrida representación de la creciente afición wagneriana española (medio centenar eran wagneradictos catalanes). Al día siguiente una representación musical y escénicamente pulcra de «Tannhäuser», una de las piezas que la Staatsoper berlinesa ofrecerá en Madrid el próximo mes de junio, apuntaló esa entusiasta reacción inicial. La primera inflexión del nivel de calidad escénica y musical llegó luego con un mediocre «Lohengrin». La posterior representación de la tetralogía del Anillo del Nibelungo -algo que por sí solo significa un temible desafío para cualquier teatro de ópera- recuperó el alto nivel anterior, con una «Walkyria» sobresaliente. Delirante asimismo la respuesta a «Tristán e Isolda».

Que la gloria y el fracaso andan juntas, como las caras de una misma moneda, se mostró al día siguiente. Tras ocho jornadas consecutivas de vítores y ovaciones, en «Los maestros cantores» se produjo la primera (y justificada) protesta: un abucheo -debido a la generosidad del público, en tono menor- de Francisco Araiza en el papel estelar de Walter von Stolzing. El tenor mexicano salió al escenario con voz raída, sin carácter y deficiente entonación. Una actuación deprimente, que desacredita al «cantante » -otrora favorito de Karajan- y también a la institución, que permitió tal desaguisado, pues la cosa viene de lejos.

El ciclo concluyó con un radiante «Parsifal», obra con la que se inició este proyecto operístico berlinés en 1992. Por segunda vez hubo persistentes muestras de desagrado, cuando -por primera vez durante el ciclo- salió a saludar Harry Kupfer. Probablemente, no por este montaje, que fue el más coherente y, dentro de su metálica y voluminosa simplicidad, con la escenografía más expresiva, bien apoyada por una luminotecnia ingeniosa.

En general, las producciones se situaron a medias entre lo convencional y lo moderno, con escenografías simples, incluso espartanas (Tristán e Isolda, Maestros cantores, Ocaso de los dioses), con un único elemento decorativo giratorio empleado en todos los actos. Hubo un amplio uso de cicloramas y una marcada tendencia al gesto conciliatorio y a la reducción de movimientos en escena.

Desafío artístico y físico

La orquesta y algunos cantantes que asumieron tres exigentes papeles principales (John Tomlinson,Waltraud Meier, Robert Gambill), afrontaron un desafío físico y artístico equiparable e incluso superior al de Barenboim. Exceptuada la bochornosa actuación de Araiza, ocasionales muestras de fatiga vocal en la Polaski y la Meier, y las limitaciones vocales de R.Gambill, el nivel canoro fue alto, con la confirmación del bajo René Pape como un nuevo referente en esta cuerda. A partir del próximo día 13 se repetirá este maratón musical de casi 42 horas, ampliado con las cuatro sinfonías de Brahms. La inclusión en el libro de los records Guinness la tiene Barenboim asegurada. Será una marca difícil de homologar.