Dos estrenos

Por ANTONIO IGLESIAS
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Felicitaciones a la Sinfónica madrileña por haber invitado a dirigir su primer concierto de temporada en el Auditorio, a Luis Izquierdo que, pese a una trayectoria siempre entusiasta en beneficio de la música española, se nos queda en un olvido injusto como director. Y ahí está su programa: enmarcado por dos páginas magistrales como «El amor brujo» , de Manuel de Falla, y la «Sinfonía sevillana», de Joaquín Turina, intercala dos estrenos, dando ocasión de actuar a un joven trombonista y conocer mejor a un asimismo joven compositor. Decir que Izquierdo llevó con autoridad, con admirable holgura y perfiles, dejando lucirse en sus «soli» a los excelentes profesores de nuestra Sinfónica madrileña, imprimiendo nervio a sus danzas y logrando el claroscuro ambiental cuando el genial gaditano, así como gracia y melancolía (bravo a la corno inglés), en la pintoresca y bien tintada gran obra del prestigio sevillano, puede resumir una labor tan redonda como la que se suscribe ante la suma de aciertos de la batuta de Izquierdo.

Un gran solista

Los hubo también ante las nuevas obras: el «Concerto para trombón y orquesta», del italiano Nino Rota, conocidísimo por un haber brillante en sus colaboraciones para el cine, no así ante sus frutos en el mundo del concierto. Esta partitura es el resultado de una paleta desenvuelta que, en sus veintitantos minutos de duración y estructura de sus tres tiempos, es sencillo exponente de una ligazón fuertemente enraizada con la tonalidad, con dos extremos ágiles, festivos, y un central «Lento» que juega muy ingeniosamente con un breve germen de tres notas. Precisa de un gran solista, y así lo aplaudimos en el magnífico trombón de la plantilla de la excelente Sinfónica, Simeón Galduf, cuyo éxito quiso ratificarlo concediendo un «bis».

Otro aliento estético late en el joven vallisoletano, Francisco Lara; en el mundo de su actual galardonado «Hopscotch» (juego infantil inglés) trata de describir no excesivas cosas con libertad de expresión y factura de evidente contemporaneidad, aun cuando en su cuarto de hora de transcurso su originalidad tímbrica pueda fatigar con sus excesivas bien hiladas reiteraciones. Los aplausos le llevaron a saludar desde el palco escénico.