Ensayo y estreno

Por ANTONIO IGLESIAS
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Aunque fuera de muy espaciada manera, el crítico debiera asistir a alguno de los ensayos que son base medular del concierto; por múltiples razones, la más interesante, aquella de constatar un trabajo capital para la más saludable interpretación de las partituras. Acabo de hacerlo el jueves a mediodía, y mi resultado me gratificó en extremo, a la cabeza de todo ello el de descubrir una de las obras más interesantes de nuestro haber musical contemporáneo: los «Cuatro sonetos de William Shakespeare», escritos por José Luis Turina, atendiendo el encargo para el Centenario de la Orquesta Sinfónica de Madrid, en riguroso estreno.

Estreno importante. Desde la iniciación sombría que abre el primero de los «Sonetos», porque ya ahí no vacila el compositor en plantearse climas de sesgo romántico, muy pronto abandonados en pro de utilizar una factura actual que usa de la gran orquesta con el añadido de tres percusionistas, piano, celesta y arpa. El necesario contraste llegará con entera plenitud por el carácter risueño, aumentada vivacidad y soltura sinfónica, cuando el segundo de los sonetos shakesperianos, al que se unirán los tercero y cuarto ininterrumpidos, sobre los que flota un cierto, muy tenue, halo estrausiano -del mejor Richard Strauss- con una libertad enorme aunque bien gobernada. Hay desarrollos muy interesantes, gérmenes fundamentales -uno de cinco o seis notas, repetitivo, quizá en demasía cuando las trompetas- y poesía, mucha ternura también frente a lo árido. Turina, utiliza como solista un contratenor (sopranista parece inconveniente), timbre antipático para quien escribe, en retirada por suerte perfectamente sustituido por la voz femenina. El papel lo vive el español Flavio Oliver, entregado en la expresión y con una técnica completísima y segura.

Y si los «Cuatro sonetos de William Shakespeare», de Turina, me merecen la máxima atención, tanto por un valor «per se» como para poder estimarlos como magnífica llamada para nuestra mejor contemporaneidad, la labor orquestal minuciosa, conocedora desde la bien desentrañada partitura, la batuta granadina y europea de Gómez Martínez, la estimé como de una máxima categoría en el saber ahondar en una página de nuestros días. Con la «Sinfonía alpina», de Strauss, a buen seguro que, por la tarde, ya en el concierto, redondearía un merecido triunfo.