Con Enrique Morente murió una parte clave de la Historia del cante
Con Enrique Morente murió una parte clave de la Historia del cante - LUIS DE VEGA HERNÁNDEZ

Enrique Morente, el rebelde más jondo

El granadino falleció en una clínica madrileña hace justo ocho años y con él murió una parte clave de la historia del cante

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Enrique Morente Cotelo, humilde seise de la catedral de Granada que encontró la cima de su talento en el flamenco después de trabajar como peón de zapatero o como ayudante de platero, ocupa, desde hace años, el espacio de la leyenda. Y, hoy más que nunca, al cumplirse ocho años de su muerte, aquel 13 de diciembre de 2010, hay que recordar su ejemplo. Cómo llegó a Madrid, con apenas 20 años, para intentar comer del cante en la peña Charlot. Cómo ya entonces había logrado quitarse de encima la huella del absentismo escolar leyendo novelas del Oeste. Cómo se arrimó al gaditano Aurelio Sellés y al trianero Pepe el de la Matrona en el bar Gayango de la capital para introducirse con ellos en una escuela cantaora que terminaría devolviendo al lugar que merecía, la de Antonio Chacón.

Hay que contar cómo Morente se impregnó de las esencias de Valderrama, Pepe Marchena o Porrinas, pero revolucionó su estética sobre las tablas usando ropajes de rockero. Y hay que apuntarle un logro detrás de otro. El primero, su afición. A lo largo de su vida compró la discografía flamenca entera. El segundo, su inquietud. A él le debemos la idea de meter en estilos jondos las letras de grandes poetas. El primero, en su época más contestataria, fue Miguel Hernández. Pero después han venido muchos otros. Desde Cervantes a San Juan de la Cruz.

Sin embargo, huyendo de encasillamientos ideológicos, de la misma manera que cantó a Hernández fue de los primeros en grabar una misa flamenca. «Yo dejé de ser comunista cuando visité la Unión Soviética», solía decir. Porque otra de sus grandes virtudes fue tener las ideas muy claras pero no casarse con nadie, salvo con Aurora Carbonell, la gitana a la que se ganó por ley calé.

Morente cantó a los poetas mientras rescataba las melodías de la Niña de los Peines, la Trini o el Pena. Le dedicó al más flamenco de todos los autores, su paisano Federico García Lorca, sus mayores excentricidades musicales. Puso compás andaluz a Leonard Cohen. Cantó con una banda de rock, Lagartija Nick, en los festivales flamenco. Y por seguiriya en los certámenes de rock. Sufrió las injurias de la inquisición flamenca andaluza mientras se consagraba en el tablao Zambra de Madrid. Hizo un dúo impagable con Manolo Sanlúcar por el lado opuesto al de Paco de Lucía con Camarón.

Abrió todas las puertas habidas y por haber para que sus discípulos no tuvieran que pasar por lo que habían pasado sus maestros. Y como gran genio se enfrentó a sus propios mentores. Tal vez la anécdota con Pepe el de la Matrona lo explique todo. A él le solía escuchar el polo y la caña. Y por puro inmovilismo Enrique decidió cantar lo que él llamó la «policaña». Entonces el Matrona, fiel garante de la tradición antepasada, le recriminó tal osadía. Y Morente le contestó: «Maestro, no se enfade, que esto lo he aprendido de usted».

Incluso reinventó la tradición convirtiendo en verdad el embuste del trianero sobre la malagueña de la Peñaranda. Gracias al coloso del Albaicín ese estilo ha quedado definitivamente atribuido a esa cantaora. Es más, Morente llegó a grabar antes que Mairena la soleá de Charamusco, un estilo de Triana que provocaría después una polémica discusión interna en el flamenco por cuestiones racistas.

Desde el 67, fecha de su primer disco con Félix de Utrera, Enrique el Granaíno hizo un testamento crucial que extrañamente le quisieron arrebatar: su obsesión por restaurar a los primeros maestros de la Historia. En su etapa final fue etiquetado como un renovador heterodoxo enemistado con la tradición. Pero la realidad es que fue un creador mayúsculo que elevó su monumento sobre los cimientos de los clásicos. Le dio auge a los cantes de La Trini o El Canario. Llegó a sentarse junto con genios de la guitarra como el Niño Ricardo o Parrilla de Jerez, con quien grabó el disco de Miguel Hernández en el 71. Ganó el premio Nacional de Música por rescatar la obra de Antonio Chacón con el toque de Pepe Habichuela.

Edificó una joya única cuando se hizo acompañar por Sabicas para el disco de 1990. Experimentó con músicos de toda laya -desde Chick Corea a Sonic Youth pasando por las voces búlgaras- y llevó al escenario toda clase de propuestas. Inventó giros sobre la marcha y melodías que ya son eternas. Fue el alfa de los cantes y, sobre todo, el «Omega» de la renovación. Fue creador por antonomasia. Lo demostró mientras grababa el himno de Andalucía por tarantas. El productor, Isidro Sanlúcar, le pidió que probara diversas melodías. Y ante una de ellas, le exclamó: «¡Esa, Enrique, ésa!». A lo que Morente respondió: «Pues ahora pónmela para que me la aprenda».

En efecto, el granadino fue un verso suelto del lorquiano «Poema del Cante Jondo» y hasta para morirse eligió el estrambote. Una hernia de hiato, un hallazgo imprevisto durante la operación, y la vida en manos del gran cirujano extremeño Enrique Moreno. Lo cierto es que, como una seguiriya corta y doliente de las que él bordaba, su colosal figura se desvaneció dejando un ay demasiado hondo en el aire. Porque no murió un cantaor. Con Enrique Morente murió una parte clave de la Historia del cante.