DRAMA Y ANGUSTIA DE ARACIL

ANTONIO IGLESIAS/
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El segundo concierto del Ciclo Nuevos Cuartetos del XIII Liceo de Cámara ofreció el estreno absoluto del «Tercer Cuarteto de cuerda» de Alfredo Aracil, explicado con palabras del propio autor ejemplificadas con ilustraciones musicales del propio Cuarteto Villa Música, sus primeros intérpretes. En general, predomina en la composición un clima dramático, hasta diríase angustioso que, hacia su final, aumenta la intensidad mediante «pizzicatos» en lo que es consecuencia de la original propuesta-germen confiada al violonchelo solo; el breve tremolante se constituye en eje, tornando su protagonismo a la viola aumentando su viveza en una lograda textura dialogante, dentro de su interesante unificación y progresiva ascensión de unas tensiones, cerradas con una nota larga, infinita... Quizá los aproximados veinte minutos de su duración, beneficiarían la claridad extrema, muy bien lograda por Aracil, en su «Tercer Cuarteto de cuerda». La obra respondía a un encargo del Liceo de Cámara de la Fundación Caja Madrid.

El bien hacer romántico y un tanto orientalista del «Quinteto para piano y cuerda» que, hacia fines del siglo XIX, escribió nuestro Enrique Granados, cerró la segunda parte de la sesión, formada la primera por el dieciochesco «Cuarteto de cuerda, Op. 3, número 1» de Manuel Canales, formalista en su primer tiempo, cortesano en el segundo, de equilibrada expresión en el siguiente «Largo» y concesión virtuosista en el «Presto» final. Le siguió el «Cuarteto con piano, Op. 67», de Joaquín Turina, ejemplo de la más genuina pasión del maestro sevillano. Se aplaude que el gran cola se utilizara abierto del todo, porque es así como debe sonar el conseguido instrumento de hoy, pero, a la vez, teniendo en cuenta su volumen en relación con los otros instrumentos colaboradores; el pianista estoniano, Kalle Randallu, pareció olvidarlo en algunos momentos de su buen quehacer general.

El Cuarteto Villa Música en unión del pianista realizaron una labor traductora excelente, si preclaros en el estreno diáfano de Aracil, aportando un especial énfasis comunicativo que admitiría una mayor viveza en los aires que tintaron contados momentos turinianos.