Evgenia Muraveva, Margarita Nekrasova y Oksana Volkova, en «La dama de picas»
Evgenia Muraveva, Margarita Nekrasova y Oksana Volkova, en «La dama de picas» - Ruth Walz

«La dama de picas» decora Salzburgo

Maris Janssons convierte la ópera de Chaikovski en un acontecimiento dentro del festival

Salzburgo (Austria)Actualizado:

La presencia en el Festival de Salzburgo de los directores Mariss Jansons y Hans Neuenfels, responsables de la representación de «La dama de picas», implica mantener en todo su esplendor el glamur de un festival lleno de personalidades y que este año ha interesado, en otros muchos, al presidente de Austria, Alexander Van der Bellen; a la canciller alemana, Angela Merkel; y al portugués, Marcelo Rebelo de Sousa. El ambiente a las afueras de la Grosses Festspielehaus es un síntoma evidente: abundante demanda de entradas en el último minuto, largo paseíllo de esmóquines y formidables vestidos, a lo largo de la Hofstallgasse, y relevante la presencia de un parque móvil de lo más sofisticado que, perfectamente alineado y brillante hasta el extremo, esperará el fin del espectáculo.

«La dama de picas» gusta a los espectadores, no entusiasma, si bien hay que estar muy atento a los matices. Así sucede desde que el saludo de los intérpretes se coreografía con tanto artificio que igual da ser el partiquino que el protagonista. Sin embargo, la gran Hanna Schwarz merece un puesto relevante. La perversa condesa asume su muerte en un pianísimo escalofriante, acompañada por una orquesta que parece no tener cimientos. Es un momento de antología. El Hermann que canta Brandon Jovanovich convence por el nerviosismo de la emisión y porque dibuja un personaje que evoluciona estupendamente desde el enamoramiento a la frustración cuando entiende el engaño de aquella vieja dama, por alguna razón evidente conocida como la Venús de Moscú.

También se aplaude mucho a la sentimental Evgenia Muraveva,quien asume el papel de Lisa mejorando poco a poco, con momentos de indudable lirismo aunque también evidenciando problemas de afinación. Muy consistente el Tomski de Vladislav Sulimsky. Aunque si hay un claro triunfador, este es el barítono ruso Igor Golovatenko, pues por volumen, calidad y encanto coloca al menospreciado príncipe Jelezki en una posición de privilegio. La famosa aria «Ja vas lyublyu» no deja lugar a dudas, aunque Golovatenko se las vea y las desee para cantar con un mínimo de relajación mientras se preocupa por colocar en la mesa del comedor a su prometida y la hornada de niños que entran en el escenario. Cuando se ven estas cosas, en momentos tan culminantes, cuesta creer que el director de escena haya estado pendiente de la música. Él ha dicho que sí y además lo ratifica el propio Mariss Jansons quien se ha declarado encantado con el trabajo de Neuenfels.

Obviamente, cualquier declaración previa implica una buena dosis de cumplido. Al propio Mariss Jansons se le recibe en Salzburgo con el entusiasmo de quien se acerca a un decano ilustre. Es curioso: aunque todavía joven, los 75 años años parecen pesar sobre Jansons, cuyo triunfal recibimiento se acompaña de una apariencia algo fatigosa y encorvada. Es inevitable pensar en el epítome del viejo maestro, capaz de persuadir con la picaresca de quien se sabe hábil y sabio. Sólo así cabe comprender que su versión musical sea tan sutil, trabajada, minuciosa. Sagaz, hasta el punto de conseguir que sean muchos los momentos en los que el tiempo se suceda sin que apenas ocurra. «La dama de picas», tal y como se escuchó el sábado, es una especie de encanto orquestal digno de la Filarmónica de Viena por la dulzura del timbre, el sutil equilibrio interno, la capacidad para transparentar las no siempre fáciles amalgamas sonoras chaikovskianas. No porque se asuma la narración emocional del drama, de manera que es necesario que Hermann y Lisa se declaren enamorados para que Jansons se alargue, la música empiece a burbujear y un poso de alegría cruce ese espacio inabarcable por su anchura que es ella Grosses Festspielehaus.

Jansons reserva lo mejor para la segunda parte y, efectivamente, es fácil comprender que lo escuchado solo es posible en un entorno artístico de primera división, aunque la excelencia de los medios no necesariamente sea sinónimo de desasosiego emocional. Dicen que Chaikovski lloraba mientras componía la última escena de «La dama de picas». Debía tener en la cabeza una interpretación con otro calado. Jansons que tanto dirigió al compositor en su juventud apenas había vuelto sobre él en los últimos quince años, incluyendo la edición discográfica de la obra. Su presencia aquí es, ya se ha apuntado, un acontecimiento.

También parece serlo la producción de Hans Neuenfels que tanto gusta a muchos pero que tan poco aporta a la historia de la obra. Claro que hay una evidente lógica teatral, además de ingenio técnico, pero en paralelo existe un abuso manifiesto de gestos manidos: posiciones estáticas del coro vistas mil veces, movimientos de este en cámara lenta, en definitiva, coreografías poco originales para acompañar una evolución escénica creativamente poco ambiciosa. Entre lo personal está el deseo de observar con cierta ironía, por ejemplo la aparición en Catalina la Grande convertida en muñeco articulado al socaire de la polonesa, o ante la presencia de las tetonas cuidadoras que vigilan a los niños en el espacio abstracto y desubicado en el que se construye la obra.

La ciencia de Neuenfels se destina a explicar los sucesos, apenas a comentarlos. Podría pensarse que el rigor de la letra es necesario ante un título que llega por primera vez a Salzburgo, pero esta es siempre una justificación complaciente. La calidad de su lectura es escasa y fundamentalmente decorativa. Viejuna, porque bajo la apariencia de una estética actual se encierra un contenido convencional y cómodamente articulado sin que se traspase la frontera de lo obvio salvo en casos muy puntuales. Así sucede con la imagen proyectada de la condesa que surge al fondo queriendo perforar la conciencia de Hermann.

Por contra se elude la posibilidad de lo espectacular en momentos absolutamente culminantes como la apuesta final sobre la mesa de juego, cuando el protagonista comprende que la carta supuestamente prevista no es tal y, derrotado, se suicida. La propia mesa terminará tragándose a Hermann. Cualquiera sabe que el riesgo ha sido su perdición. No es el caso de Neuenfels ni Jansons, sencillamente porque juegan a lo seguro.