Cuando Rosalía eclipsó a Rosalía

Cinco nominaciones a los Latin Grammy son un gran éxito para la catalana, pero el boom mediático de su faceta «trapera» ha ensombrecido la legitimidad de su cante flamenco

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A Rosalía casi todo le está saliendo según lo planeado. El número de seguidores en sus redes sociales crece cada día, la prensa musical sigue obsesivamente todos sus pasos, su rostro ocupa las portadas de las revistas de moda, ha metido cabeza en el mundo del cine (con Almodóvar, ahí queda eso) y la industria discográfica acaba de arrodillarse ante ella concediéndole cinco nominaciones a los Latin Grammy (después del todopoderoso J Balvin es la que más ha recibido este año, sólo igualada por Jorge Drexler). Unos días antes, Los Morancos parodiaron su «Malamente». La consagración definitiva para toda estrella del pop nacional que se precie. Pero no, no todo ha salido según lo planeado.

La artista catalana se formó concienzudamente en el flamenco, estudiando los palos y cantes más antiguos con el profesor gaditano José Miguel Vizcaya «Chiqui de La Línea» en la Escuela Superior de Música de Cataluña (­Esmuc), que solo acepta un alumno de cante jondo al año. Lo demostró en su primer disco «Los Ángeles», un trabajo a guitarra y voz con versiones de la Niña de los Peines, Manolo Caracol o El Gloria en el que la veinteañera «canta como los viejos», dijo Pepe Habichuela al escucharla. Un álbum de debut que debería haberla acreditado como digna merecedora del título de cantaora, y que ella esperaba sirviera para dar legitimidad a sus posteriores aventuras musicales de fusión. Pero Rosalía se ha eclipsado a sí misma.

«¿Cómo considerarla flamenca, o cantaora, si lo que hace es trap?», opina la bailaora Sara Baras, una de las que se han quedado, seguramente involuntariamente, en la superficie. «Ah, ¿que antes hizo un disco de flamenco? No lo sabía». Efectivamente, son mayoría los que la conocen solo y exclusivamente por su hiper-mediatizada versión 3.0, y los que la juzgan basándose en los singles que ha presentado como tal, la mencionada «Malamente» y «Pienso en tu mirá».

Y no es cuestión de edad. «Me encantan esas canciones, son súper rompedoras. ¿Que tiene un disco de flamenco anterior? No lo he oído, la verdad», dice una importante representante milenial como es Aitana de OT. Lo mismo le pasa a La Mari de Chambao («sólo he escuchado lo nuevo»), y también a Malú, que dice no haberla oído «cantar nunca por soleás ni por seguiriyas», y que se queda descolocada cuando le decimos que sí lo ha hecho. «No sabía que tenía un disco flamenco», dice sorprendida, no sin mostrar cierta incomodidad por ver alterada su ronda de promoción. «¿Por qué todos los periodistas me están preguntando por ella? ¿Qué ha hecho? ¿Se supone que su éxito nos tiene que molestar a los demás?».

Empieza a olerse recelo, incluso cierta inquina de algunos músicos veteranos con respecto a Rosalía. ¿Por qué se mostró la rapera Mala Rodríguez tan inflexible al hablar sobre ella? «Está haciendo uso de ciertas cosas que pertenecen a la identidad del pueblo andaluz y de la comunidad gitana, por eso es lógico que las gitanos flamencas se enfaden con ella», dijo acerca de las quejas de Noelia Cortés, una activista gitana que, en un ataque de paranoia, vio en el arte de Rosalía un «blanqueamiento» de su cultura, acusándola de ser una artista «sin verdad» cuando nadie ha dicho que la tenga. No lo ha dicho la prensa, que simplemente ve en ella a una buena artista, y ni siquiera ella misma, que no se considera ninguna mesías.

«Canta bonito pero es sólo un personaje, no se le puede llamar cantaora», sentenció la Mala Rodríguez en ABC. «Es que no lo es», opina una voz autorizada como la de Arcángel. «Una cantaora es alguien que se mueve siempre en la tradición, y ella va por otros derroteros. Que lo hace muy bien, eh, pero es otra cosa». ¿De verdad no puede llamarse cantaora a una artista que canta, conoce y ama el flamenco, pero que además sabe hacer otras cosas? ¿Está excluido el arte flamenco para todo aquel que no lo viva como se vive en los clanes gitanos? Así, a esta música milenaria sólo le espera la muerte. De todos modos, si el problema está en que la llamemos cantaora, la llamaremos simplemente cantante. Que tampoco hay que ser tan purista.

En la biografía de la web oficial de Rosalía aparece la palabra de la discordia: «cantaora». Pero cuanto más famosa se hace la artista catalana, más flamencos se irritan por ello. Creen que se está adueñando de una cultura que no es suya, pero, ¿saben que es lo que más valoran la prensa extranjera y las muchísimas estrellas internacionales que se han rendido a sus pies? Que «innova sin perder su cultura y su respeto a la tradición». Pero no, aquí no sabemos ver eso. Aquí nos perdemos en evaluaciones cainitas, que además desprecian lo que Rosalía está haciendo por el flamenco.

Es cierto que sus melismas acaban siendo repetitivos en «Los Ángeles», pero hay algo innegablemente cautivador en esa forma de interpretar el flamenco. Millones de jóvenes están descubriendo qué significa esa palabra gracias a ella. Pasado mañana una chica de Iowa podría querer aprender a cantar flamenco gracias a ella. ¿Vamos a seguir diciéndole a la máxima embajadora internacional del género en la actualidad (pese a quien pese), a una chica que, milagro, se ha apasionado por el flamenco y ha enganchado a su generación bien entrado el siglo XXI, que no, que así no?

En la fiesta de Canales

Hace unas semanas, se viralizó un vídeo grabado en una fiesta de cumpleaños de la familia Antonio Canales, en el que se ve al bailaor rodeado por todo su clan gitano, bailando una canción expresamente elegida por sus sobrinas para animar la juerga flamenca. ¿Saben a quién eligieron? A Rosalía. Y no uno de sus cantes tradicionales, sino el ínclito «Malamente». Afortunadamente, a los milenials les preocupa poco la apropiación cultural. Así lo demostró una gitana flamenca y joven como Soleá Morente, al asegurar a este periódico que da «las gracias por que una chica catalana, o rusa o polaca, venga al flamenco. Que venga quien quiera venir». Más claro y meridiano es Jota, de Los Planetas, cuando se le pregunta por el ya cacareadísimo caso Rosalía. «Mira, la apropiación cultural es la mejor actividad a la que puede entregarse un ser humano. Eso es culturizarse, porque la cultura en sí misma se basa en la apropiación. Todo viene de algo anterior, y la cultura flamenca no es una excepción en absoluto».

Rosalía asegura que en su segundo disco, el que incluirá «Malamente», habrá «varios cantes clásicos» además de trap. Habrá que ver si en cantidad suficiente y con la cualidad adecuada como poder seguir reivindicando su flamenquismo de nuevo cuño sin que las hordas de la pureza la ataquen con aún más fiereza. Aunque quién sabe, quizá eso ni siquiera le interese ya a Rosalía.

Mientras, seguirá conquistando más corazones como el de su compañero de nominaciones a los Grammy Latinos Jorge Drexler, que dice «estar enamorado» de los que está haciendo. «La acusación de apropiacionismo cultural es un berrinche, una pataleta absurda. Defender la pureza de algo, especialmente en la música, es meterse en un callejón sin salida, y sinceramente, creo que Mala Rodríguez se equivocó en su reflexión». También ha caído bajo su embrujo otro sudamericano españolizado como Alejo Stivel, ex Tequila y productor veterano de la escena de pop nacional, que se declara «fascinado» por lo que la catalana ha conseguido a nivel no sólo estilístico, sino también sonoro. «Habrá que ver cómo evoluciona, y cómo encaja las críticas. Sobre todo esto último, visto cómo está el panorama con ella. La conozco y parece buena chica, una persona con cabeza… pero torres más altas han caído».