Primer paso agridulce
Un momento del espectáculo «Ángeles caídos», interpretado por el BNE

Primer paso agridulce

Najarro estrenó este viernes en el Teatro de la Zarzuela su primer programa como director del Ballet Nacional de España

MADRID Actualizado:

La primera comparecencia de Antonio Najarro como director del Ballet Nacional dejó con cierto sabor agridulce al público que asistió al estreno en la Zarzuela. La expectación por el giro que el coreógrafo madrileño –muy querido y apreciado dentro de la profesión- podía dar al conjunto, los creadores y artistas convocados, la novedad… Todo ello había creado un ambiente de expectación que se evaporó especialmente tras la primera parte, en la que se ofreció «Ángeles caídos».

Los distintos directores del Ballet Nacional han buscado, a lo largo de sus treinta y cinco años de historia, el equilibrio entre el repertorio y la vanguardia. Aída Gómez ya recurrió hace más de una década a la Fura dels Baus para uno de sus primeros trabajos en la compañía, y a uno de sus creadores, Hansel Cereza, ha vuelto ahora Najarro, que ha querido contar con varios de los coreógrafos con mayor personalidad en la danza española para crear una pieza compleja, ambiciosa… Y, desgraciadamente, fallida.

Esfuerzo del cuerpo de baile

Lo es la idea, pretenciosa y poco clara; lo es la música, muy poco interesante en líneas generales, con ausencia en buena parte de la partitura de las dosis necesarias de ritmo y melodía, claves en la danza; lo es también el tenebrismo que domina la escena; y lo son la mayoría de las coreografías. Solo el esfuerzo del cuerpo de baile, todavía en proceso de crecimiento; el trabajo de Olga Pericet y Rocío Molina en su pieza musicalmente imposible; y, sobre todo, el precioso solo de Rubén Olmo salvaron el tono.

«Suite Sevilla» es la última coreografía que creó Antonio Najarro para su compañía antes de asumir la dirección del Ballet Nacional. Es un trabajo enormemente exigente para los bailarines, donde todos echan el resto y exhiben un total compromiso, aunque haya muchas desigualdades en cuanto al resultado. Es, a menudo, una coreografía espumeante, al tiempo efectista y efectiva, luminosa, en la que Najarro muestra su total dominio del espacio, del movimiento y su teatralidad, y que levanta el ánimo del público. No le ayuda la música, enmarañada en una orquestación que le resta claridad y en una orquesta todavía en formación.

Hay muchos motivos, en cualquier caso, para el optimismo en un conjunto en transición; ya se sabe que borrones los echan hasta los mejores escribanos.