Representación de «La Creación», de J. Haydn, a cargo de la Fura dels Baus
Representación de «La Creación», de J. Haydn, a cargo de la Fura dels Baus - EFE

«La creación» de La Fura preludia la Quincena Musical

La ópera ha tenido una acogida formidable, sin duda porque el valor artístico y visual de la propuesta ha logrado sobreponerse a la renqueante calidad de la versión musical

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A punto de celebrar su octogésimo aniversario, la Quincena Musical de San Sebastián tiene en el público su mejor aliado. La propia organización destaca la fidelidad de los abonados y la fuerte demanda que generan el casi centenar de propuestas musicales, desde lo escénico y lo sinfónico hasta los pequeños ciclos en los que el festival encuentra una personalidad más acusada, además de un poso de originalidad y distinción: música antigua, los llamados jueves en San Telmo, el de órgano, de jóvenes intérpretes, la Quincena Andante que recorre localidades vecinas y la Quincena Infantil. La solvencia del festival donostiarra tiene mucho que ver con la estabilidad que ha mantenido en las últimas décadas y la complacencia que produce. Un buen ejemplo se ha dado con el espectáculo dedicado a «La creación» de Haydn que, junto con la inmediata puesta en escena de «La italiana en Argel» de Rossini, completa el apartado escénico.

«La creación» es una invención muy particular de Carlus Padrissa, ejecutada por La Fura dels Baus. En Donostia ha contado con la dirección musical de José Ramón Encinar. El mismo equipo puso en escena la obra en el Teatro Auditorio de El Escorial en el arranque de julio, si bien la escenificación viaja de forma independiente por el mundo desde que se estrenó en Aix-en-Provence alcanzando éxitos rotundos, particularmente en Nueva York. También en la Quincena ha tenido una acogida formidable, sin duda porque el valor artístico y visual de la propuesta ha logrado sobreponerse a la renqueante calidad de la versión musical y a la no muy exacta conjunción de ambas perspectivas.

La complejidad técnica del espectáculo provocó el viernes un retraso en el comienzo. Sin embargo, lejos de otras macroinvenciones de La Fura del Baus, «La creación» se configura como una síntesis relativamente difícil, cercana y encantadora en la que lo artificial (la grúa que hace levitar a los intérpretes, el video que formaliza imágenes, las tabletas en manos de cada uno de los miembros del coro y que tanto sirven para recordar partitura como para convertirse en mini pantallas…) deja de ser un recurso para trasformarse en herramienta estrictamente expresiva. Lo que Padrissa propone es una serie de cuadros que vienen a reconstruir cada escena de la obra, en origen un oratorio de carácter descriptivo y sin apenas calado dramatúrgico.

La historia camina desde el caos a la creación del universo en siete días configurando lo humano a través de Adán y Eva. Y en paralelo, Padrissa superpone la historia de un grupo de migrantes finalmente acogidos por los primeros humanos. Del refinamiento del resultado dan cuenta algunas imágenes conmovedoras y la hábil transformación de los elementos escénicos. Es el caso de los grandes globos de helio que llevan los migrantes que convertidos en pantallas de proyección se transforman en espigas de trigo, en ojos, en astros… todo es sutil incluyendo la piscina en la que fluye el río o se ejecuta la tormenta. Incluso la proyección de textos y letras que acaban por agruparse en sugerentes imágenes a veces apuntadas.

Padrissa entiende «La creación» desde una perspectiva oscura y homogénea, y aunque las proyecciones aspiran a «romper» la obra en momentos culminantes todo genera una impresión más elegante y complaciente que espectacular. El imaginario de Padrissa es cada vez más sintético y benévolo. Desde el estreno de la obra en 1798, se juzgó que «La creación» se concentraba en puntos culminantes que siempre fascinaron a los espectadores. Uno de ellos está al final de la introduccion, cuando en un inmediato e imprevisto fortísimo se hace la luz. La música modula instantáneamente poniendo término a la terrorífica introducción. Conviene recordarlo para comprender que el amable artificio de esta producción prefiere integrarse en la descripción de ambiental antes que en la ejecución momentánea y sorprendente del fenómeno, aun apareciendo en el ínterin de la composición astros y fenómenos naturales, planetas en globos de colores, animales reverenciados en formas deliciosamente dibujadas.

La sensación de sosiego es inevitable aunque quizá una versión musical de más calado pudiera llevar al espectador a experimentar en una dimensión mas profunda el gozo visual y lo que tiene de sublime. La categoría estética según definición de Kant significa algo capaz de «elevar las facultades del alma». Si aquí no se alcanza es porque se tropieza con una cuestión de ritmo, de pálpito. Los silencios a veces desproporcionados entre escenas que rompen la literalidad del discurso. La falta de deleite de tantas músicas encantadores deben muchos a que la Sinfónica de Bilbao ejecute con pereza y desabridamente. La polifonía, particularmente la emoción y energía que se deriva de tantos pasajes en fuga, se diluye en una magma instrumental sin pujanza. Todo ello da fe de un resultado pobre y cantando sin ilusión expresiva por voces de configuración potente. Y en su armadura sonora está la clave del éxito de esta interpretación donostiarra. Sobresale la hábil colocación vocal del barítono Thomas Tatzl, la resolución de la soprano Alicia Amo y, sobre todo, la contundente y bien dicha propuesta del tenor Gustavo Peña, ademas de la correcta aunque escasa presencia del Coro Haydn dels Baus. No es lo deseado, porque también la música debería ser una fuerza de la naturaleza. Haydn a través de «La creación» así lo quiso proponer.